13 de febrero 2026 - 17:41

Del "dónde" al "cómo", la cultura laboral entra en su etapa adulta

En 2026, la cultura laboral deja atrás el debate presencial vs. remoto. El foco pasa del formato al "cómo se vive" el trabajo: autonomía, confianza y experiencia.

La flexibilidad deja de ser política declarativa para convertirse en experiencia inteligente, diseñada en función de roles, momentos de vida y objetivos del negocio.

La flexibilidad deja de ser política declarativa para convertirse en experiencia inteligente, diseñada en función de roles, momentos de vida y objetivos del negocio.

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Si bien todos sabemos que los cambios de año son más una cuestión de calendario que de grandes transformaciones, resulta inevitable mirar hacia atrás, ver qué pasó durante los últimos 12 meses, sacar conclusiones y pensar o imaginar lo que vendrá en los siguientes que están por llegar.

Lo cierto es que después de un 2025 de pruebas, debates y ajustes, el mundo del trabajo empieza a consolidar cambios más profundos. En 2026, la cultura laboral dejará de girar alrededor del formato y se enfocará en la experiencia. Cómo se trabaja, cómo se lidera y cómo se cuida el vínculo entre personas, tecnología y negocio.

Durante años, la discusión sobre el trabajo estuvo dominada por una pregunta casi binaria: presencial o remoto. En 2026 esa dicotomía quedó atrás y la cultura laboral entra en una nueva etapa, más madura, donde el foco ya no está en el “dónde” sino en el “cómo se vive” el trabajo.

La flexibilidad deja de ser una política declarativa para convertirse en una experiencia inteligente, diseñada en función de los roles, los momentos de vida y los objetivos del negocio. Lo que fideliza talento no es el formato en sí, sino la posibilidad real de elegir y de sentir confianza. Las opciones cerradas, como siempre, duran poco.

Ese cambio implica también una redefinición profunda del vínculo entre personas y organizaciones. Las empresas que diseñan esquemas basados en autonomía, claridad y evidencia muestran mejores niveles de compromiso, menor rotación y climas más sanos. La cultura empieza a gestionarse con la misma seriedad que cualquier otra variable estratégica del negocio, dejando atrás decisiones intuitivas o puramente reactivas.

Nuevo copiloto

En ese contexto, la Inteligencia Artificial deja de ser solo una herramienta de eficiencia para convertirse en un verdadero partner estratégico, thought partner y copiloto cultural del negocio. En 2026, la IA se integra de manera casi invisible al trabajo cotidiano: no solo automatiza tareas, sino que acompaña el pensamiento estratégico, desafía supuestos, ordena información compleja y potencia la toma de decisiones. Ayuda a anticipar riesgos de burnout o desconexión, personaliza experiencias de desarrollo, mejora la colaboración en entornos híbridos y libera tiempo humano para lo que más valor genera: pensar mejor, crear con más impacto y vincularse con sentido.

Por eso, la discusión ya no es cuánta IA incorpora una empresa, sino para qué la usa y cómo la integra a su modelo de trabajo: si para controlar o para potenciar a las personas y el desempeño del negocio.

Lo que empezó a emerger en 2025 hoy se consolida. El año pasado fue, para muchas organizaciones, un laboratorio donde se probaron nuevos horarios, beneficios, roles y estilos de liderazgo. En 2026, el desafío es institucionalizar lo que funcionó: pasar del experimento a reglas claras, métricas consistentes y acuerdos sostenibles.

También madura la gestión de la experiencia del colaborador. Si en 2025 se multiplicaron las encuestas y espacios de escucha, en 2026 eso evoluciona hacia decisiones basadas en datos y trabajo más inteligente, para mejorar la experiencia y verla reflejada en resultados concretos del negocio.

Líderes con mayores capacidades

En paralelo, el liderazgo atraviesa una transformación más silenciosa pero profunda. Se habló mucho de empatía y cercanía. Ahora empieza a materializarse una nueva expectativa: líderes que diseñan contextos. Personas que intervienen sobre cargas, prioridades, rituales y formas de interacción para crear entornos donde se pueda rendir, aprender y vincularse mejor. Es decir, menos control sobre las personas y más diseño inteligente del trabajo.

En un contexto que se perfila como de crecimiento (lo dicen el FMI y consultoras privadas), el impacto en el clima laboral no es automático. El crecimiento trae oportunidades, orgullo y sensación de avance, pero también más ritmo y exigencia. La diferencia la marca cómo se lidera ese proceso. Se requiere claridad de rumbo, comunicación consistente y capacidad de priorizar. Cuando eso ocurre, el crecimiento se vive como progreso compartido y no como presión constante.

En ese marco aparece un factor cultural que, aunque externo al negocio, tiene un peso enorme en la vida organizacional: el Mundial de fútbol. Lejos de ser una anécdota, el Mundial funciona como un termómetro emocional dentro de las empresas. Genera conversación, expectativa, identidad y momentos compartidos que impactan directamente en el clima. Las organizaciones que lo reconocen y lo integran con criterio fortalecen la cercanía y la confianza. Ignorarlo o gestionarlo de manera rígida, en cambio, suele generar fricción y desconexión.

En síntesis 2026 consolida una idea clave: la cultura laboral no se declama, se diseña. Y se diseña todos los días, en las decisiones sobre cómo se trabaja, cómo se lidera y cómo se integran las personas, la tecnología y el contexto. Las organizaciones que entiendan eso van a lograr climas más sanos, equipos más comprometidos y una relación más sostenible entre crecimiento y bienestar.

CEO de Great Place to Work Argentina

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