23 de junio 2004 - 00:00

El déficit sólo es transitorio

Se oyen en los últimos días voces disonantes respecto de la conveniencia del Mercosur. Argumentos como el déficit comercial con Brasil o la composición sectorial del intercambio comercial intrabloque son esgrimidos para poner en duda las ventajas de la unión aduanera. En primer lugar, es miope mirar el saldo comercial de sólo un año, y más aún con un solo país, ya que se sabe que el resultado del intercambio depende de circunstancias coyunturales, críticamente del ciclo económico y secundariamente del tipo de cambio real bilateral, entre otras.

Que haya aparecido un déficit con Brasil después de diez años de superávit no parece alarmante, más aún si se considera que la Argentina tiene actualmente un superávit comercial con todo el mundo de 10% del PBI (u$s 14 mil millones en los últimos doce meses), con lo cual no hay compromiso macroeconómico de desequilibrio externo.


• Superávit

Tampoco la historia comercial reciente respalda la creencia de que naturalmente debamos aspirar a un saldo superavitario con Brasil: de los últimos veinticuatro años, sólo en once tuvimos superávit. De los once, tres fueron entre 1980 y 1994 (pre Mercosur, ya que la unión aduanera entró en vigencia en 1995), y ocho entre 1995 y 2003. En los quince años previos al Mercosur, el saldo bilateral fue deficitario en u$s 4.300 millones para la Argentina. En los nueve años posteriores, ese desequilibrio se transformó en un superávit de u$s 8.500 millones.

En suma, respecto de la situación pre Mercosur, la unión aduanera, lejos de provocar el déficit, sirvió para amortiguarlo y transformarlo en superávit. En el nivel de grandes rubros, las exportaciones también fueron sumando valor agregado: las manufacturas de origen industrial representaban 38% de las ventas a Brasil en el trienio 1992-1994, y ascendieron a 50% en el período 2001-2003.

Pero lo que es más importante, todo proceso de integración debe evaluarse bajo un prisma estratégico y no mercantilista.

El objetivo económico central es que el bloque sirva como plataforma de internacionalización de nuestros productos, que la competencia interna los prepare para ser competitivos en el resto del mundo
, que es la única manera de aspirar a un modelo de desarrollo sustentable y que provea bienestar a la región.

El comercio intrazona aumentó dos veces y media desde 1991. También la inversión en la región recibió un impulso notable tras la constitución del bloque (a principios de los años noventa, la región recibía 8% de la inversión extranjera directa destinada a países en desarrollo; a fines de la misma década, recibía 14%), que luego resultó menguada por la crisis macroeconómica de los dos socios mayoritarios (Brasil 1999, Argentina 2001).

Respecto del objetivo de internacionalización de nuestros productos, un dato auspicioso es que las exportaciones per cápita de nuestro país, en términos físicos (es decir, sin precios extraordinarios de la soja y del tipo de cambio) y extra Mercosur, son hoy exactamente el doble de lo que fueron en el trienio 1992-1994. Ante esta encrucijada, obviamente es genuino preguntarse si va a ser más fácil recorrer la otra mitad del camino desde el Mercosur o abandonando el bloque regional.

Se puede ensayar una respuesta con otras preguntas:

• Después de casi 10 años de unión aduanera « imperfecta» (como casi todas las que existen en el mundo),
¿con quién estaremos en condiciones de competir?

• Negociando en el ALCA y en la OMC, los acuerdos de libre comercio con la Unión Europea y con la Comunidad Andina, ¿tendríamos más poder de negociación solos o desde el Mercosur?

• Si recuperamos la soberanía arancelaria, desandando el camino de la unión aduanera hacia una zona de libre comercio, ¿tendríamos un arancel más alto o más bajo?

En definitiva, aun con sus contratiempos y falencias, desde su embrión constitutivo (en 1986), el Mercosur se ha transformado en una de las pocas políticas de Estado de las últimas dos décadas, sobreviviendo a la transición democrática de cinco presidentes (sin contar el fatídico final de 2001), hiperinflaciones, devaluaciones, default, recesiones. ¿Qué otra área de la política pública puede ostentar ese récord en los últimos dieciocho años?

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