4 de octubre 2005 - 00:00

"Flat-tax", nueva fiebre en Europa

La Unión Europea no pasa, institucionalmente, por uno de sus momentos más felices. Después del rechazo de los franceses y holandeses a la adopción de una nueva Constitución, ha sido incapaz de aprobar su presupuesto, y con la presidencia temporal británica parece haber entrado en una suerte de «período de reflexión».

Ocurre que sus estados miembros están divididos acerca de qué objetivos, de corto y mediano plazo, priorizar. Esto es, si defender la tradicional «economía de bienestar», que ha llenado a Europa de anemia económica; o mantener, a toda costa, la dañina Política Agrícola Común (PAC) como postulan los franceses, o su eliminación, o por lo menos su reducción sustancial, como pretenden los británicos; o si profundizar los esfuerzos en materia de investigación y desarrollo para tratar de recuperar el «eje» económico del mundo que se ha «desplazado» ya desde el Océano Atlántico al Pacífico. El debate está abierto e inconcluso.

No obstante, mientras todo esto ocurre, hay otras cosas que silenciosamente están afianzándose en otros rincones del andar europeo. Entre ellos en el de la política tributaria, donde los «vientos de cambio» parecen estar soplando fuerte. Curiosamente, desde el Este.

En efecto, mientras la Unión Europea habla de la necesidad de « armonizar» (en los próximos tres años) el tratamiento impositivo de las sociedades, de manera de crear un sistema impositivo común que evite que se mantengan asimetrías tributarias que pueden distorsionar las decisiones de inversión, la realidad parece caminar por otros andariveles, en una suerte de diálogo de sordos.

Lo cierto es que ha aparecido -en el Viejo Continente-un fenómeno nuevo al que alemanes y franceses, preocupados, denominan el del «dumping fiscal». El que supone competir por atraer la inversión y la actividad económica a través de ofrecer al sector privado menor presión tributaria a nivel nacional.

Pese a esa realidad, la Comisión de la Unión Europea todavía sostiene que no es necesario apurarse a igualar las presiones fiscales a las sociedades en todos los estados miembros. Porque ello -dice-«restringiría severamente las soberanías nacionales» y quitaría una cuota importante de flexibilidad al manejo de las políticas fiscales nacionales.

En nuestra opinión, esto inevitablemente cambiará. Tarde o temprano.

Para modificar el actual estado de cosas -en la Unión Europea-en este capítulo, el de la política fiscal, es necesario contar con la unanimidad de los estados miembros. Nada fácil, entonces.

Creemos -no obstante-que la Unión Europea terminará unificando sus patrones de presión fiscal, porque de lo contrario las asimetrías a las que hemos aludido, y las futuras, tenderán a hacerse cada vez más profundas, con los desequilibrios consiguientes, incluyendo los de naturaleza social.

•Una verdadera «revolución»

Paso a paso -lenta pero inexorablementedesde 1994 (cuando ella comenzara a manifestarse, en Estonia) toda una revolución en materia de política fiscal parece haberse abierto paso adquiriendo carta de ciudadanía en los países de Europa del Este. Esto es, entre la «nueva generación» de miembros de la Unión Europea.

Me refiero a la de las llamadas «
tasas impositivas planas» o «uniformes», o «fijas», más conocidas por su definición en inglés como la revolución del «flat-tax».

Cuando Estonia decidiera adoptar esta nueva estrategia impositiva, pocos creían en sus posibilidades de éxito. La idea fue que los ingresos, personales y corporativos, fueran gravados con una sola tasa: de 26%. Ella está ahora bajando 2% por año, para llegar a 20%. Estonia tuvo éxito y su estructura fiscal no sólo se transformó en más simple, sino en mucho menos «pesada».

•Seguidores

Por esto no sorprende que la siguieran -en el mismo camino-algunos otros países. Primero lo hicieron sus «rivales» regionales: Letonia (25% a las personas y 15% a las sociedades) y Lituania (con una tasa de 33%). Pero después también

Rusia (con una tasa de 13%), Georgia (12%), Ucrania (13%), Serbia ( 14%), Rumania (16%) y Eslovaquia (19%). La alternativa ha prendido « políticamente» y ya hay también quienes la están proponiendo en el escenario político polaco, para 2008.

Todas las experiencias parecen gozar de buena salud, lo que es el mejor «efecto demostración» de que esta opción puede transformarse en una nueva tendencia.

No hay duda de que aquellos que sostienen que la « recaudación» no debe ser el único objetivo tributario se escandalizarán recordándonos --hasta el cansancio-que los impuestos deben también cumplir una función « redistributiva». No sin una cuota de resentimiento. Pero lo cierto es que la « redistribución» se puede lograr por otras vías. Como la mucho más transparente del gasto público. Con menos costos operativos para la economía.

La nueva idea parte de definir una suma mínima de ingresos que estaría libre de impuestos (no imponible), traspuesta la cual todo ingreso se gravaría -siempre y para todos-con una misma tasa fija. Así de simple
.

Como los más ricos suelen tener asesores y estrategias a través de las que reducen sustancialmente su carga tributaria, no es demasiado sorpresivo descubrir que su contribución real al Tesoro de los respectivos países no se modifica esencialmente en el nuevo sistema.

La gran ventaja del nuevo sistema es su evidente simplicidad y la baja pronunciada de costos operativos que supone, tanto para el fisco -como administrador, fiscalizador y recaudador-como para los propios contribuyentes, cuyo manejo de la cuestión impositiva se simplifica fuertemente. Cabe apuntar que la administración de un sistema tributario « normal» como el nuestro normalmente consume entre 10% y 20% de los recursos que se recaudan.

Lo cierto es que una tasa «fija» no necesariamente es una tasa «baja» y cada economía puede «ajustar» su propia tasa a su realidad. La de cada momento, o de cada circunstancia.

En la administración de este nuevo sistema es necesario coordinar la política tributaria con la de la seguridad social, esto es la de los impuestos al trabajo. Si éstos son bajos respecto de los salarios, probablemente habrá una «fuga» en dirección al empleo por cuenta propia. Si, en cambio, son altos, todos tratarán de trabajar a través de esquemas corporativos.

Por esto, la relación de «parentesco» entre estos tipos de tributos no debe descuidarse al tiempo de diseñar la nueva estructura. Y debe ir calibrándose luego, en función de una realidad siempre cambiante y dinámica.

Las tasas «fijas» estimulan el quehacer económico y el trabajo. La gente, por lo demás, se desinteresa de las alternativas habituales utilizadas para evadir o eludir los impuestos. Es entonces un incentivo para trabajar y producir. Y para cumplir.

•Otras reacciones

La tendencia hacia disminuir la presión tributaria va más allá de la adopción de tasas «fijas». Irlanda, por ejemplo, ha decidido (en el marco de un esquema impositivo tradicional) bajar la tasa a las empresas a un nivel de apenas 12,5% de sus ingresos.

El gran proponente de esta modalidad tributaria en los Estados Unidos es
Steve Forbes, que acaba de publicar un libro esclarecedor: «Flat Tax Revolution» (Regnery Publishing, 2005). Lo cierto es que aunque ya hay en el Congreso norteamericano numerosas propuestas en esta dirección, de legisladores como Shelby, Specter, Tanzin, Linder, Gephart, Crane, Dorgan, Burgess o Fattah, el «flat tax» todavía parece un proyecto lejano en el país del Norte.

Siguiendo el ejemplo de los países del este de Europa,
también Grecia se prepara para adoptar un esquema fiscal simplificado, construido sobre el concepto de pocos impuestos, con « tasas planas», esto es, de un solo nivel. Así lo acaba de sugerir el ministro de Finanzas, Giorgios Alogoskoufis.

Según ha trascendido, en Grecia se adoptaría un esquema edificado sobre un mínimo no imponible del orden de los 15.000 dólares y una tasa uniforme de 25%, tanto para el Impuesto a las Ganancias como para el Impuesto al Valor Agregado. Hoy, la tasa corporativa para el primero de esos tributos es, en Grecia, de 35%.

Esta misma alternativa hizo -de repenteirrupción en la reciente campaña electoral alemana, donde la candidata democristiana, Angela Merkel, propuso bajar la tasa del IVA de 18% a 16% y las tasas de Ganancias, mínimas y máximas, de 15% a 12% y de 42% a 39%, respectivamente. Pero, de pronto, designó como su futuro ministro de Finanzas a Paul Kirchhof, un conocido proponente del «flat tax». Es evidente que si Alemania adoptara este sistema, el «contagio» del nuevo «modelo tributario» al resto de Europa estaría asegurado. Pero puede no ocurrir, porque éste es el tipo de «cambios» que espanta los votos de quienes están cómodos en el «estado de bienestar».

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