Héctor Huergo acuñó el término “soy power” —el poder de la soja— en una nota publicada por el suplemento Clarín Rural el 10 de enero de 2009. El concepto, sin embargo, había nacido al calor del conflicto de 2008 por las retenciones móviles, desatado por la Resolución 125.
La agroindustria brasileña se impone en la política: ¿"soy power" otra vez?
Un sector agropecuario competitivo a escala internacional y con mayor productividad convive con una industria que encuentra dificultades para competir y no genera la misma cantidad de divisas.
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Persiste la noción de sujeto agrario hegemónico.
Aquella nota planteaba que el centro de gravedad de la economía argentina se había trasladado a la zona central del país, sobre el eje Rosario-Córdoba, desde donde irradiaba una “fuerza creciente” asociada a la Segunda Revolución de las Pampas, la tecnología y la inversión. Del puerto de Buenos Aires al de Rosario: para Urquiza y Mariano Fragueiro, habría sido el escenario ideal.
Huergo sostenía cinco ideas centrales: que la soja, el maíz y el trigo se habían desacoplado de los índices financieros; que el campo y la agroindustria representaban el 40% de la mano de obra nacional y el 45% de los ingresos fiscales; que las exportaciones de productos primarios y manufacturas agropecuarias superaban el 60% del total; que la Hidrovía Paraguay-Paraná era una obra clave para la salida de granos; y que el conflicto de 2008 había sido el “bautismo de fuego político” del nuevo poder económico del interior.
El especialista agropecuario resumió así el contexto político: “Esta nueva Argentina tuvo su bautismo de fuego político en el 2008, cuando los del campo le pusieron la mano en el pecho a un gobierno que viene de las antípodas. Fue la primera expresión del nuevo poder económico del interior”. El 4 de julio de 2009, después de las elecciones legislativas, Huergo retomó el tema en “Ganó la Argentina verde y competitiva”. Allí afirmó que el resultado había sido “un triunfo contundente de la Argentina Verde y Competitiva. Ganó la soja”.
Para nuestra generación de jóvenes economistas, formada al calor de la crisis de 2001, comprender la Argentina no fue una tarea sencilla. La Cátedra Jauretche de Economía de la FCE-UBA era uno de los pocos espacios que ofrecían, a partir de textos originales, una formación complementaria en historia y pensamiento económico y político. Allí se recuperaban autores “no académicos”, desestimados por el mainstream y por una intelligentsia que presenta valores extranjeros como si fueran universales. Esa mirada suele aplicar recetas del pensamiento neoclásico —cuestionado por la crisis de 1929 y revitalizado por la revancha monetarista de las décadas de 1960 y 1970— sin terminar de comprender el país en el que opera.
En 2014 publicamos, junto con Martín Burgos y Andrea Medina, La soja en Argentina (1990-2013): cambios en la cadena de valor y nueva articulación de los actores sociales, documento de trabajo N.º 63 del CEFID-AR. Allí señalamos que la irrupción de nuevos compradores de Asia oriental y, en menor medida, de Medio Oriente modificó los flujos comerciales, desplazó a los clientes europeos tradicionales y configuró una nueva geopolítica de los alimentos. El cambio en el destino de las exportaciones también incidió sobre las decisiones de siembra: la soja pasó a imponerse como cultivo dominante. Al mismo tiempo, la mejora de los ingresos del comercio exterior fortaleció la recaudación fiscal mediante los derechos de exportación.
Esas transformaciones también tuvieron efectos negativos: desplazamiento de cultivos tradicionales destinados al mercado interno, problemas ambientales asociados al nuevo paquete tecnológico, deforestación vinculada con el encarecimiento de los arrendamientos y éxodo rural, en una actividad que requiere poca mano de obra. En conjunto, esas tendencias modificaron el paisaje agropecuario y profundizaron la concentración productiva en torno de la soja. El documento también describía el caso brasileño: entre 2002 y 2012, la superficie sembrada promedió 22 millones de hectáreas y la producción, 59 millones de toneladas. Aunque el área destinada a la oleaginosa creció en ocho millones de hectáreas durante ese período, su expansión era menos concentrada que en Estados Unidos y ocupaba menos del 6% de una superficie agrícola brasileña estimada en 400 millones de hectáreas. Las principales zonas productoras eran Mato Grosso, Paraná, Rio Grande do Sul, Goiás, Mato Grosso do Sul y Minas Gerais. Mato Grosso y Paraná concentraban, en conjunto, casi la mitad de la producción nacional. La gran distancia entre Mato Grosso y los puertos del Atlántico imponía, además, mayores costos logísticos.
En 2016, durante la gestión de Mauricio Macri, Gabriela Michetti, Federico Sturzenegger, Luis Caputo, Patricia Bullrich, Alfonso Prat-Gay y Hernán Lacunza, el CEFID-AR fue cerrado. La serie completa de documentos todavía puede consultarse en el Instituto Argentino para el Desarrollo (IADE).
Según la Sociedad de Acopiadores de Granos de la Provincia de Córdoba, “en este contexto, el voto de los principales estados agropecuarios y motores económicos del país fue clave y mostró un fuerte respaldo al candidato conservador y de derecha, con triunfos aplastantes tanto en la elección presidencial como en las gobernaciones”. Los principales estados agropecuarios brasileños —Mato Grosso, Paraná, Goiás, Rio Grande do Sul, Mato Grosso do Sul, Minas Gerais, São Paulo y Bahía— concentran buena parte de la producción nacional de granos, carne y cultivos industriales, como muestran los datos del CIED-UNLa. Estas unidades federativas también reúnen grandes núcleos de población, mayores niveles de PIB per cápita y menor desocupación. Allí, la representación electoral de Lula da Silva enfrenta límites evidentes. La pregunta es si podrá revertirlos.
¿Cuál es el nexo?
Marcelo Diamand lo explicó mediante la estructura productiva desequilibrada (EPD): un sector agropecuario competitivo a escala internacional y con mayor productividad convive con una industria que encuentra dificultades para competir y no genera la misma cantidad de divisas. Esas divisas resultan indispensables para sostener cualquier proceso de crecimiento y orientar una estrategia de desarrollo desde la política económica. Hay, sin embargo, un aspecto que Diamand no terminó de desarrollar: ¿por qué el tipo de cambio descansa sobre el agro? Esa pregunta es clave para comprender la EPD. En la Argentina actual, la respuesta aparece en las tensiones y concesiones del Gobierno destinadas a preservar los márgenes de rentabilidad del sector frente a la caída de los precios o al aumento de los costos internos. Una devaluación puede compensar esas pérdidas; también lo hizo la aplicación, por un día, de derechos de exportación en cero, una medida que benefició a Cargill, Bunge, ADM y Cofco.
La cuestión de fondo es cómo interviene políticamente el sector agropecuario: cómo se organiza y construye alianzas con actores de otras ramas de la economía, incluso con sectores antagónicos. No es un fenómeno reciente. Desde la formación de los Estados latinoamericanos, las elites agrarias y minero-petroleras intercambiaron recursos primarios por bienes de lujo y limitaron la industrialización a segmentos selectivos. Esa trayectoria puede pensarse a través de la noción de sujeto agrario hegemónico. Es “sujeto” porque disputa la política económica y, con ella, moldea la estructura productiva y social; es “agrario” porque los cereales y las oleaginosas de la región pampeana constituyen la principal producción exportadora de la Argentina; y es “hegemónico” porque impuso una idea de economía y de inserción internacional: agroexportadora, desregulada, con baja tributación, antiindustrialista y dependiente de la tecnología, el financiamiento y el comercio externos. Ese programa condiciona la posibilidad de que una economía periférica avance hacia una estructura central o desarrollada.
También es clave considerar la alianza entre exportadores y grandes productores. A la vera del Paraná se desplegó un entramado que va desde plantas de fertilizantes hasta puertos de ultramar y que dio origen a un poderoso clúster agroindustrial. Ese complejo exporta tanto productos básicos —trigo, cebada, maíz, sorgo y legumbres— como bienes de mayor elaboración y valor agregado: carne vacuna y aviar, lácteos, harina y aceite de soja, biodiésel y glicerina. En ese territorio, la expansión de la siembra directa tuvo como correlato la valorización de la tierra, aunque ese proceso se estabilizó después de 2014 y retrocedió en 2018 y 2019. Históricamente, el sujeto agrario hegemónico, asentado en la región pampeana o zona central, genera cerca del 70% de las divisas que sostienen el perfil exportador de alimentos de la Argentina.
En Brasil, esta articulación se expresa hoy en cuatro sectores estratégicos: soja, carne, petróleo y minería, todos impulsados por la demanda de los grandes centros económicos —China, Estados Unidos y Europa-. Con una consecuencia clara, según los datos de la CEPAL de exportación de materias primas, predomina la caída de las exportaciones de manufacturas. Frente a esa combinación de poder económico, territorio y representación política. Parece que algunos libros mantienen vigencia ¿Lo viejo “sigue” funcionando para analizar nuestra región? ¿Habrá que retomar el pensamiento estructuralista de Sunkel, Prebisch, Olivera, Furtado, Cardoso-Faletto o Ruy Mauro Marín? Para entender el SoyPower que se expreso en Brasil pero que tiene sus antecedentes en 2014.
(*) Docente e investigador del IDEPI-UNPAZ y del CIED-UNLa.
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