La intervención del Estado sólo redistribuye pobreza
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Milton Friedman
Cuando se establecen subsidios o transferencias forzosas debidas a la morbosa manía de la guillotina horizontal, se detraen factores productivos de actividades eficientes para entregarlos a áreas ineficientes con lo que se consume capital que, a su turno, desmejora salarios. Lo relevante no son las diferencias de rentas y patrimonios ni la consecuente dispersión del ingreso sino que todos mejoren sus situaciones respecto de las posiciones anteriores.
En campañas electorales es un lugar común prometer igualitarismos y redistribuciones (no del patrimonio del político en campaña, claro está, sino de los bolsillos de otros), pero estas medidas conducen al empobrecimiento de todos, especialmente de los más necesitados.
Supongamos que en la cúspide del poder se desea nivelar en la marca de 500. Los efectos inexorablemente serán bifrontes: por un lado se tenderá a no producir más de 500 si se sabe a ciencia cierta que los respectivos titulares serán expoliados por la diferencia. Por otra parte, los que se encuentran por debajo de la referida línea de igualación, esperarán infructuosamente que se los redistribuya puesto que no se produce por encima de la antes mencionada marca.
En cuanto a los precios internacionales de los alimentos, debe tenerse muy presente que dejando de lado los factores naturales como la sequía en Australia y la irrupción de India y China al mercado, debe subrayarse que estos productos son los que más están sujetos a intromisiones de los aparatos estatales a través de barreras aduaneras, subsidios, cuotas, cupos, cargas fiscales descomunales, además de cerradas oposiciones a adelantos tecnológicos como la de los transgénicos. Esa no es la manera de combatir la pobreza.
En resumen, la letanía de la redistribución de ingresos siempre vociferada desde un micrófono y recurriendo a la tercera persona del plural, nunca se concibe como una obra filantrópica realizada con recursos propios. Siempre consiste en arrancarle el fruto del trabajo al vecino y trasmitiendo la curiosa y paradójica lección en la que se declama que debe ser respetado el indigente con la condición que no mejore, porque si progresa hay que confiscarle sus bienes y denostarlo. Lo mismo ocurre con el «pequeño productor» cuyo sueño es ser grande, pero si logra el propósito hay que derribarlo... a menos que los recursos provengan de la política o de fuerzas de choque adictas al gobierno.
Los gobernantes deberían ser más pudorosos cuando se pronuncian sobre las formas de producir y más bien deberían centrar su atención en la razón elemental de sus funciones, es decir, la seguridad y la justicia. En materia comercial deberían tener en cuenta lo escrito por el premio Nobel en Economía, Milton Friedman: «Si a los gobiernos se les entregara el Sahara para su administración, pronto se quedará sin arena».
Es necesario contar con conocimientos básicos para gobernar porque como se ha dicho «cuando se comparte dinero con otro queda la mitad, cuando se comparte comida también queda la mitad pero si se comparte conocimiento queda el doble» (y, además, habrá más dinero y comida para todos).
El último libro del autor, anunciado por el Fondo de Cultura Económica de México para el mes próximo, se titula Estados Unidos contra Estados Unidos.




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