Hace algunos días advertimos cómo la administración socialista de Evo Morales había comenzado a destruir el estado de derecho en la crispada Bolivia, sometiendo al Poder Judicial a sus designios y pretendiendo imponer -por simple mayoría- una nueva Constitución, pese a que las normas legales vigentes disponen, con absoluta claridad, que para ello es necesario contar con los dos tercios de los votos de los constituyentes, que el MAS simplemente no tiene.
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Señalamos entonces que la situación en Cochabamba era peligrosísima. Hoy, desgraciadamente, varias muertes nos han dado la razón. Ellas ocurrieron después de que la ciudad se transformó en «tierra de nadie», en la que se produjeron durísimos enfrentamientos callejeros entre la población de la ciudad y los llamados « cocaleros» -y sus ocasionales compañeros de ruta-, que, transformados en peligrosa fuerza de choque (que fue desplazada, organizadamente, desde distintos puntos del departamento), la tenían sitiada y hasta seccionada en varios pedazos mediante una red de barricadas callejeras que transformaron la vida diaria de una población paralizada en un infierno.
La violencia cesó en las calles de Cochabamba, tan pronto se desplegó -tardíamente- el ejército del país hermano. Pero las cosas no mejoraron demasiado y continúan siendo todavía dramáticas.
Por una parte, las calles de la ciudad siguen en manos de todo un arco iris de «movimientos sociales», que han levantado (por ahora) el sitio externo a la ciudad y las barricadas interiores. Por la otra, los más radicales siguen ocupando el centro de la ciudad y luego de exigir la renuncia del prefecto local, Manfred Reyes Villa, lo « reemplazaron» (por aclamación) por Tiburcio Herradas Lamas, un extremista ex militante del Ejército Tupac Katami (conocido como «Comandante Loro») que asumió la presidencia de una «prefectura popular» de Cochabamba. Evo Morales ha desconocido -no obstante- esta ilegal «designación» y ordenado a sus «cocaleros» abandonar Cochabamba, para evitar que los que llamó « grupos radicales», que parecen haberlo desbordado, consoliden su poder.
Está claro que en la Bolivia de hoy las urnas parecen haber dejado de mandar, para ser reemplazadas por presiones organizadas por las llamadas «organizaciones sociales» que extorsionan -con violencia física- desde plazas y calles transformadas en «cajas de resonancia», en muchos casos digitadas desde el poder político y en otros, como en Cochabamba, aparentemente desbordadas por los más extremistas.
Así, el conflicto social se ha extendido y las prácticas fascistas también. Y si los prefectos «apretados» no renuncian, la amenaza desde las calles es la de pasar «de a malas», eufemismo que se utiliza para sugerir que habrá más violencia, es decir nuevos bloqueos, marchas, ocupaciones, palazos y dinamitazos. Todo lo contrario de la legalidad, por cierto.
Por esto, José Antonio Quiroga, un conocido escritor de izquierda que alguna vez fue candidato a compañero de fórmula de Evo Morales, en una entrevista concedida al «El Día» del 16 de este mes, no vacila en decir: «El MAS no es una organización democrática», porque su «negativa a reconocer la legitimidad de la demanda autonómica ha llevado a todo el país a un clima de confrontación que atraviesa horizontalmente a toda la sociedad boliviana».
Resistencia
Para Quiroga, «el autoritarismo (de Morales) llegó al momento más elevado. El MAS está yendo -afirma- al control absoluto del poder y va a tener una resistencia muy grande que lo hará fracasar». «Esta gestión política gubernamental es -sostiene- lamentable y va a llevar al MAS hacia el fracaso estrepitoso y podría llevar al país a un enfrentamiento que no hemos visto jamás en la historia contemporánea del país.» Toda una dramática predicción.
Según Quiroga, «el gobierno promueve la confrontación; esto no lo habíamos visto en ninguno de los gobiernos anteriores, tal vez sí en el gobierno MNR, en 1952».
«Bolivia está en una situación económica sin precedentes, pero nunca la gestión ha sido tan desacertada (...) Esto podría llevarnos -dice- a una confrontación ampliada, a un golpe de Estado propiciado desde el gobierno o en contra de él, a la fragmentación territorial o a la guerra civil.»
Todas son opciones tremendas, pero Quiroga -a la luz de los últimos acontecimientos-parece tener, desgraciadamente, razón y lo que sucede es efectivamente así: los jacobinos están en las calles. Esta vez no confrontan en francés, sino en un conjunto de distintos idiomas. Como antes, a los gritos y sin respetar a nadie. Ni a Evo, queda visto.
(*) Copresidente del Instituto de Derechos Humanos de la International Bar Association.
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