Los muertos que vos matáis gozan de buena salud. La economía de los EE.UU. hizo caso omiso a las penurias financieras y creció 3,3% en el segundo trimestre desairando, olímpicamente, todos los pronósticos de recesión. Las cifras revisadas de las cuentas nacionales, siendo contundentes, no pasan por alto las graves dolencias que se padecen. Así, la convulsión inmobiliaria se reflejó en una caída de 15,7% en la construcción de nuevas viviendas, lo que, a su vez, mochó más de medio punto (0,62%) del aumento del Producto Bruto. La recesión automotriz -que ocupa, en general, un plano más relegado en el mapa de las tribulacionesejerció, esta vez, superior influencia. La caída del consumo de vehículos equiparó la incidencia de la menor inversión residencial, pero el recorte en su fabricación se devoró un punto completo del Producto Bruto.
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¿Cómo es posible que una economía asediada por una doble recesión sectorial (inmobiliaria y automotriz) cuya presión no afloja, jaqueada por la incertidumbre, no sólo esquive con soltura un destino de violenta colisión sino que ensaye un crecimiento por encima de su potencial de largo plazo? La primera intuición de una respuesta hay que descartarla: lo que la economía produjo no se acumuló en depósitos como mercaderías sin vender. Todo lo contrario: las ventas finales aumentaron 4,8%. El tirón de la demanda se cubrió con el citado repunte de la producción y, en paralelo, con una digestión de inventarios equivalente a un punto y medio del Producto Bruto.
¿De dónde sacó la demanda bríos tan inesperados? De lejos, el sector externo emerge como el principal contribuyente. Las exportaciones crecieron 13,2% a caballo de un flujo de órdenes que todavía se conserva robusto. Las ventas externas explican por sí solas un crecimiento de 1,65% del producto. A su vez, la reducción de las importaciones (por tercer trimestre consecutivo) aportó otro 1,45% para completar el efecto expansivo del ajuste externo.
Pero las fuerzas favorables no se agotaron allí. El mismo consumidor que confiesa sus temores en alza a las encuestas de confianza, hizo de tripas corazón y, como de costumbre, se abocó con fruición al gasto. El consumo privado trepó 1,7%, sumando un avance de un punto y un cuarto a la cuenta del Producto Bruto.
Finalmente, el gasto público también añadió su grano de arena. Creció por encima de su media -3,9% versus 1,9% en 2006/2007- y aportó tres cuartos de punto al vértigo de la expansión.
Europa rasguñada
No deja de resultar curioso que la recesión que afilaba sus garras en los EE.UU. haya rasguñado, en el segundo trimestre, a Europa y Japón y dejado indemne a la presa obvia. Ninguna economía de la OCDE navegó estas aguas traicioneras con éxito comparable. El segundo mejor desempeño del G-7 lo protagonizó Gran Bretaña, que se estancó. Así, la zona del euro se hundió 0,8% (con caídas registradas en Alemania, Francia e Italia). Y Japón, por su parte, se retrajo 2,4%. Más aún, si se toman los últimos cuatro trimestres computados, ninguna de las economíaslíderes le hace sombra a los EE.UU. Mientras éste se las arregló para redondear un crecimiento efectivo de 2,2%; el nivel de actividad aumentó sólo 1,5% en la eurozona, 1,4% en Gran Bretaña y 1% en Japón.
¿Toca pues la hora de arriar los presagios de recesión en los EE.UU.? Desde ya que no. Sería, a todas luces, una imprudencia. La buena salud de los muertos en vida puede no ser duradera. La vigencia de los dos sostenes de la pujanza reciente -la demanda del resto del mundo y el aumento del ingreso personal disponible, cortesía del potente paquete fiscal de estímuloacarrea sus propios bemoles. En la medida que el mundo se acopla a la crisis, el sector externo, por añadidura, debería perder capacidad de tracción sobre la industria de los EE.UU. Por su parte, el programa de aliento fiscal, diseñado a la manera de una brigada de respuesta rápida, ya desplegó sus mayores efectos. Y, ausente su influjo, el consumo arroja indicios de perder vuelo peligrosamente. Si, por último, la Fed se mantiene en la tesitura esbozada en las minutas difundidas esta semana -allí se anticipa que el próximo movimiento de tasas será al alza-, tampoco la política monetaria despejará el terreno. Surge claro que los elementos más favorables tienden a disiparse mientras los componentes engorrosos del equipaje confirman su vocación de permanencia. No hay recurso a mano que pueda borrar del horizonte cercano las convulsiones inmobiliaria y automotriz ni los percances de la banca y su correlato de restricción crediticia. No corresponde confiarse. En este difícil camino de cornisa, la recesión sigue acechando detrás de la próxima curva, no importa cuántas se negociaron antes con acierto.
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