24 de enero 2006 - 00:00

Los obstáculos al diálogo en el mundo de la política

En momentos en que el gobierno de la Nación está enfrentado con la casi totalidad de las fuerzas políticas de oposición -tratando de imponer, contra viento y marea, una reforma del Consejo de la Magistratura que atenta contra la independencia e imparcialidad de nuestra Justicia, puede generar impunidad, y viola el artículo 114 de nuestra Constitución Nacional, por todo lo cual se «estigmatiza» sola- la reciente elección chilena es, en cambio, una demostración cabal de la manera en que un país maduro puede, a través del diálogo, alcanzar los consensos básicos que permiten definir un rumbo estratégico común, sin perjuicio de que se debatan -civilizadamente- las diferencias tácticas sobre la manera de alcanzarlo.

Ocurre que gobernar es mucho más que administrar el momento. Supone esencialmente definir estrategias; esto es, liderar la formación de consensos básicos. Y luego implementar la manera de alcanzar los objetivos compartidos. Para esto es necesario superar el plano superficial de las imágenes, tener propuestas y contenidos, y estar dispuestos a debatirlos. En una democracia pluralista, esto se hace mediante la confrontación ordenada de ideas. Con apertura mental. Dialogando, entonces, lo que incluye querer y saber escuchar. Esto es todo lo opuesto al discurso único: el del poder, que excluye a los demás de la declamada «transversalidad», para recluirlos en la «tangencialidad».

• Destierro

Los viejos rituales de la política resultan insuficientes para definir rumbos en un mundo globalizado. Sólo sirven, en realidad, para cabalgar una realidad que raras veces conforma. El diálogo es indispensable, pero no por ello fácil. Hay que enfrentar algunos obstáculos que se proyectan desde la realidad. Es necesario, primero, ayudar a conformar un clima mínimo de armonía y cooperación social bien distinto de la confrontación permanente.

Pero además hay que desterrar lo que Jimmy Carter definiera gráficamente como el «fundamentalismo» que parece haberse afincado en las conductas de algunos políticos. Aquellos que pretenden hacernos creer que siempre tienen razón y que cualquiera que no comulgue con el evangelio que ellos predican está simplemente equivocado, de movida nomás. Los autoritarios, entonces, en actitudes y conductas. Los que arremeten contra todo aquel que ose expresar un desacuerdo. Los que con frecuencia lucen airadamente «disgustados» contra todo aquel que -con opiniones- «interfiera» en la implementación de su agenda, a la que presentan como inconmovible. Los mismos que -ante el disenso- llegan rápidamente al abuso en el lenguaje y hasta en los gestos.

Los «fundamentalistas» tienen definiciones estrechas de todo. Las suyas, ciertamente. Se vuelven, además, fácilmente emotivos y hasta creen que cualquier cambio de dirección o negociación para acercar distancias o resolver diferencias es, para ellos, un signo de debilidad. Para distinguir a los « fundamentalistas» hay que buscar en ellos cuatro constantes, que los identifican: rigidez notoria en las concepciones, una actitud de dominación sobre los demás, una tendencia manifiesta a la concentración de poder y la exclusión de todos aquellos que disienten, a quienes ni siquiera reciben. Con su peculiar manera de ser, los «fundamentalistas» expresan, es obvio, una forma particular de totalitarismo.

Dialogar exige también advertir que en la sociedad en que vivimos -producto de la tremenda revolución en materia de información y comunicación- hemos reducido la cultura al mensaje corto. Por eso se cae siempre en lo simplista, cuando no en lo sensacionalista. Por esa misma razón la comunicación suele ser mezquina y, a veces, irresponsable, sino perversa.

A lo antedicho se suma la aparición de una nueva «obsesión política». La de seguir a la «opinión pública», por cambiante que ella sea, para «no equivocarse». Sin advertir que muchas veces ella se edifica sólo sobre emociones. Esto es dedicarse a buscar el « negocio político» de corto plazo. No es liderar. Es provocar la creciente apatía de muchos sobre la «cosa pública», en general. Es vivir en función de ruidos y tendencias. Es terminar capitulando fácilmente ante el tumulto y no ante a la verdad. Es navegar, según nos acaban de decir, «a los bandazos».

Pero hay más. Seguir esclavizadamente a la presunta «opinión pública» empuja al populismo. Porque se escucha prioritariamente a la indignación. Y porque hasta se cae en tratar de fabricarla, para luego aprovecharla. Sin advertir que no siempre detrás de la protesta hay reclamos justos. Ni que los decibeles excesivos pueden confundir y oscurecer las decisiones. Ni que, en todo caso, las protestas muestran los problemas y no los remedios. Gobernar es, en síntesis, mucho más que adaptar el discurso a las visiones y episodios circunstanciales. Es, como hoy parece suceder en Chile, tener y seguir un rumbo claro, con un consenso extendido, y saber mantenerlo.

• Las «relaciones peligrosas»

Hay también otro obstáculo al diálogo. El que generan aquellos que al hacer política privilegian, por sobre todo, el capítulo de la comunicación. Como consecuencia, tratan de «usarla» para evitar el diálogo. Para «formar opinión», la suya, ciertamente. Peor, hasta para disimular que están adaptando a sus designios las estructuras republicanas, deteriorándolas. Así, alterando los equilibrios de poder en su favor, en procura de controlar todo, las debilitan sin titubeos. Esto ocurre porque, alimentados por la distancia que a veces existe entre las opiniones y las instituciones, tratan de manipular a las últimas, terminando por pervertirlas. En este peligroso juego no advierten que la historia sugiere que no podrán dominar eternamente a la comunicación -ni a los comunicadores- sino que éstos, al final, se apoderarán de ellos.

Olvidan además, lo que es más grave, que la política se edifica sobre valores. Entre ellos, el respeto por la opinión de los demás, la tolerancia, y la civilidad. Esto sucede porque la actitud del «discurso único» rechaza conceptualmente al diálogo, porque desconfía de él. Lo que es, claro está, su característica más peligrosa, por anti-democrática, desde que, tarde o temprano, empuja hacia el autoritarismo. Y respecto del artículo 114 de la Constitución, la palabra «equilibrio» tiene, por lo menos, dos acepciones: « peso que es igual a otro y lo contrarresta» y «acto de astucia encaminado a sostener una situación». Me parece que la primera es la que en este caso corresponde, aunque advierto que la segunda también tiene sus cultores.

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