Los obstáculos al diálogo en el mundo de la política
-
Más de un tercio de las empresas en Argentina ofrece beneficios para el retiro
-
Drones, robots y algoritmos: así opera la nueva inteligencia empresarial
Dialogar exige también advertir que en la sociedad en que vivimos -producto de la tremenda revolución en materia de información y comunicación- hemos reducido la cultura al mensaje corto. Por eso se cae siempre en lo simplista, cuando no en lo sensacionalista. Por esa misma razón la comunicación suele ser mezquina y, a veces, irresponsable, sino perversa.
A lo antedicho se suma la aparición de una nueva «obsesión política». La de seguir a la «opinión pública», por cambiante que ella sea, para «no equivocarse». Sin advertir que muchas veces ella se edifica sólo sobre emociones. Esto es dedicarse a buscar el « negocio político» de corto plazo. No es liderar. Es provocar la creciente apatía de muchos sobre la «cosa pública», en general. Es vivir en función de ruidos y tendencias. Es terminar capitulando fácilmente ante el tumulto y no ante a la verdad. Es navegar, según nos acaban de decir, «a los bandazos».
Pero hay más. Seguir esclavizadamente a la presunta «opinión pública» empuja al populismo. Porque se escucha prioritariamente a la indignación. Y porque hasta se cae en tratar de fabricarla, para luego aprovecharla. Sin advertir que no siempre detrás de la protesta hay reclamos justos. Ni que los decibeles excesivos pueden confundir y oscurecer las decisiones. Ni que, en todo caso, las protestas muestran los problemas y no los remedios. Gobernar es, en síntesis, mucho más que adaptar el discurso a las visiones y episodios circunstanciales. Es, como hoy parece suceder en Chile, tener y seguir un rumbo claro, con un consenso extendido, y saber mantenerlo.
• Las «relaciones peligrosas»
Hay también otro obstáculo al diálogo. El que generan aquellos que al hacer política privilegian, por sobre todo, el capítulo de la comunicación. Como consecuencia, tratan de «usarla» para evitar el diálogo. Para «formar opinión», la suya, ciertamente. Peor, hasta para disimular que están adaptando a sus designios las estructuras republicanas, deteriorándolas. Así, alterando los equilibrios de poder en su favor, en procura de controlar todo, las debilitan sin titubeos. Esto ocurre porque, alimentados por la distancia que a veces existe entre las opiniones y las instituciones, tratan de manipular a las últimas, terminando por pervertirlas. En este peligroso juego no advierten que la historia sugiere que no podrán dominar eternamente a la comunicación -ni a los comunicadores- sino que éstos, al final, se apoderarán de ellos.
Olvidan además, lo que es más grave, que la política se edifica sobre valores. Entre ellos, el respeto por la opinión de los demás, la tolerancia, y la civilidad. Esto sucede porque la actitud del «discurso único» rechaza conceptualmente al diálogo, porque desconfía de él. Lo que es, claro está, su característica más peligrosa, por anti-democrática, desde que, tarde o temprano, empuja hacia el autoritarismo. Y respecto del artículo 114 de la Constitución, la palabra «equilibrio» tiene, por lo menos, dos acepciones: « peso que es igual a otro y lo contrarresta» y «acto de astucia encaminado a sostener una situación». Me parece que la primera es la que en este caso corresponde, aunque advierto que la segunda también tiene sus cultores.




Dejá tu comentario