Macri se hartó y no lo esperó a Shannon

Opiniones

Mauricio Macri comenzó a agitar el reloj a la espera de un Tom Shannon que no aparecía. «Era a las siete, y éste no aparece. Ya son las siete.» Su «canciller» Diego Guelar había convenido con el embajador Earl Wayne una reunión a solas en un salón del Palacio Bosch entre Macri y el visitante. Un privilegio que no había tenido -estar a solas con él- ni Cristina de Kirchner. «Esto no puede ser, yo soy puntual. Chau, me voy», dijo cuando lo enteraron de que el visitante estaba demoradoen la Casa Rosada. Se levantó del sillón, saludó a los dueños de casa, varios diplomáticos de segunda línea, y se fue. Antes, con aire de venganza, manoteó un lote de sándwiches de miga y salió de la embajada masticando a cuatro carrillos. Ganó puntos en antiimperialismo, una asignatura en la que tiene competidores que se perdieron ayer la oportunidad de demostrarlo (preferían rendirse ante el oidor imperial bajo los dorados techos oficiales).

Al final, con tanto insurgente revenido que hay en el país, el único que desairó la presencia de Shannon en la Argentina fue el jefe de Gobierno, que presume de liderar una liga conservadora como oposición al kirchnerismo. Se constituyó en hora en la Embajada de los Estados Unidos para compartir un cóctel con el enviado de George W. Bush. Cuando miró que la asistencia no superaba los cincuenta asistentes, tuvo el primer desánimo. Del gobierno nacional apenas la línea blanca (en el lenguaje de Luis D'Elía) de María Laura Leguizamón, Daniel Cameron, José Bordón, Beatriz Nofal, Marcela Losardo (viceministra de Justicia), el jefe de Gabinete de Jorge Taiana, Alberto D'Alotto.

De la oposición, los diputados Federico Pinedo, Francisco de Narváez, la senadora arista María Eugenia Estenssoro, y pocos más, entre ellos el ex canciller Adalberto Rodríguez Giavarini, y otro canciller sin cartera, el macrista Diego Guelar.

Fue una noche de desaires y malos modos. Grave, tratándose de una tenida diplomática, oficio en el que los gestos valen más que mil palabras. Llegó tarde Shannon y rescató el valor de su viaje, la buena onda de las reuniones con Cristina de Kirchner y sus funcionarios, y las promesas de un mundo de amor y paz. Gira con gesto episcopal, ligeramente inclinado -es un hombre alto- y pronuncia en su español Pitman: «Hemos tenido a un gran embajador». Sonríe Héctor Timerman, pero el elogio pasa de largo y pega en el pecho de José Bordón. «Pilo y Mónica (la esposa de éste) hicieron un gran trabajo como embajadores en Washington», remató filoso Shannon.

Estas palabras las dijo cuando terminaba el cóctel y los caldos habían subido al primer piso. Si no, no se justifica el remate del discurso que dijo Shannon: «La Argentina no puede vivir sin los Estados Unidos, y los Estados Unidos no pueden vivir sin la Argentina», una simpleza que festejaron los presentes con un embriagado aplauso.

En la ronda de los brindis, los opositores se le acercaron al enviado de Bush aislando al lote del oficialismo que miraba apiñado a varios metros. Le explicaron, cada cual a su tiempo, que ellos eran contradictores duros del gobierno Kirchner, pero que ponderaban que se normalizasen las relaciones con los Estados Unidos. «Eso está en marcha, eso está en marcha», repetía como un disco el visitante.

Entre los invitados, algún fotógrafo buscó que posasen Shannon, el dueño de casa y el nuevo embajador de Kirchner en los Estados Unidos. Timerman se endureció y, sin quererlo, hizo como que embozaba el rostro detrás de una carpeta. El embajador Earl Wayne, que es ya un modelo masculino -se saca varias fotos por díale apartó de la cara la carpeta que pudo arruinar la toma.

Timerman trataba de huir de las fieras, pero lo atracó Guelar, que lo precedió en la embajada peronista en Washington. En lenguaje críptico, de diplomá ticos cabalísticos, el asesor de Macri le susurró al oído: «¿Cómo anda Sócrates?». «Muy bien -replicó, escueto, Timerman-, te manda saludos». «¿Quién es Sócrates?», preguntó el general Roberto Bendini, quien no se apartó de la compañía de los otros jefes militares, Jorge Godoy y Jorge Chevalier. «Sócrates es el gato que llevó Guelar a la embajada en Washington para que terminara con las ratas», explicó Timerman, quien remató: «Es un gran gato».

El embajador Timerman se apartó, pero sufrió otro atraco. Se le acercó un señor que le disparó: «Nosotros tenemos que hablar».

Timerman: ... Bueno... no sé...

Señor: ... no sabés quién soy, no me registrás.

T.: No...

S.: Soy Daniel Cameron, secretario de Energía.

T.: ¡Claro, sí, sí que tenemos que hablar!

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