21 de abril 2005 - 00:00

Negativo: se expanden por "solidaridad" los conflictos laborales

Los conflictos colectivos, lejos de moderarse, se están expandiendo a niveles ya casi exóticos. Lo curioso es que todas estas medidas no sólo no son en la mayoría de los casos una huelga en el marco legal amparado por la Constitución nacional, sino que, además, producen daños que van mucho más allá del admitido por el sistema jurídico que se limita únicamente a no trabajar durante la medida de fuerza, y por ende, el trabajador pierde el salario y la empresa sufre las consecuencias de la paralización de la producción. Los ciudadanos, los usuarios de los servicios, los transeúntes y la comunidad en general se han convertido en rehenes de la multiplicidad de marchas, paros, protestas y hasta desmanes.

Uno de los fenómenos llamativos se genera a través de los mecanismos de solidaridad, por medio del cual varias medidas de fuerza se cruzan y apoyan recíprocamente, aun sin tener entre ellas ninguna conexión, ni a través del gremio ni por intermedio de los protagonistas
. Sin embargo, se apoyan mutuamente. Una desviación inesperada se da cuando una empresa en la que no existe ningún tipo de reclamo paraliza tareas o hace una asamblea, o genera un paro simbólico para apoyar a otra que está llevando adelante un reclamo y que ya está paralizada también. Otro tanto ocurre con actividades que son totalmente diversas y que terminan operando juntas, ya sea porque tienen simpatía por los reclamos, ya sea por casualidad. En algunos casos, «no los une el amor, sino el espanto», pero unidos producen efectos más notorios en la opinión pública, en los distintos bloqueos de calles o avenidas, o en las manifestaciones ante las autoridades nacionales o locales.

Otro fenómeno es el del lanzamiento del conflicto primero y después el reclamo, práctica que supone «colocar el carro delante de los caballos», ya que el proceso normal debería comenzar con un proceso de reclamo, luego una negociación y, finalmente, frente a que éstas puedan resultar infructuosas, se sigue con una medida de fuerza. Desde el ángulo de la secuencia de los conflictos, comenzar con una medida de fuerza y procurar resultados con la misma vigente, lejos de ser un ámbito apto para la negociación, se convierte en un medio de presión a veces irresistible que linda con la imposición.

Hay quienes sostienen que los conflictos se pueden tercerizar, cuando los grupos que integran las manifestaciones son parte de otros grupos que por una vía u otra brindan su apoyo. Grupos piqueteros, barras bravas de equipos de fútbol, personas que integran los planes sociales, agrupaciones barriales, grupos de jubilados integrados en una entidad afín, etc. integran los núcleos que conforman las manifestaciones, sostienen pancartas, hacen ruidos y distribuyen panfletos. La identificación es obvia; los bombos tienen escudos de clubes deportivos, o los bomberos portan casacas de su club favorito; los manifestantes no forman parte del plantel de la empresa ni integran los cuadros del gremio que promueve la medida. Hasta los fuegos de artificio, petardos y morteros con bombas de estruendo están organizados dentro de las movilizaciones. La quema de neumáticos o el armado de fogatas también tienen sus expertos.

En síntesis, hay hoy conflictos reales rodeados de ingredientes artificiales que, desafortunadamente, contribuyen a este inusual incremento de la conflictividad laboral. Finalmente, en el plano estrictamente legal, muchas de estas acciones comprometen a los trabajadores, no sólo en el derecho a trabajar, sino también en su deseo de cumplir con sus obligaciones, y hasta de sufrir consecuencias personales sin tener un rol protagónico explícito ni directo en los reclamos. Estas consecuencias se ligan también con enfrentamientos intersindicales, intragremiales, intereses sectoriales y hasta cuestiones de política partidaria. Hemos llegado hasta aquí; será muy difícil volver a la normalidad si estos conflictos se siguen potenciando.

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