Pobreza: causa, consecuencias, y el impuesto a los "ricos"

Opiniones

El dólar. La inflación. La negociación de la deuda externa. La reforma judicial. La ley del aborto. La inseguridad. Todos temas de enorme relevancia y actual discusión en nuestro país. Pero hay uno que sobresale del resto, la cantidad niños pobres en la Argentina.

El dólar. La inflación. La negociación de la deuda externa. La reforma judicial. La ley del aborto. La inseguridad. Todos temas de enorme relevancia y actual discusión en nuestro país. Pero hay uno que sobresale del resto, o por lo menos así debiera serlo. El más relevante, la raíz causal de mucho de lo mencionado previamente. El más doloroso, dado que conlleva las peores consecuencias para el futuro. Hace pocas semanas, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) indicó que, según sus últimas estimaciones (en base a datos del INDEC y pronósticos del FMI), entre diciembre de 2019 y diciembre de 2020 la cantidad niños pobres pasaría de 7 a 8,3 millones en Argentina (el 62,9% del total).

Por supuesto, el dilema no es exclusivo de nuestro país, sino que es sistémico y global. Según el mismo Organismo, se espera que para fin de año 672 millones de niños en todo el mundo vivan en hogares pobres. Desde la óptima más pesimista –diría la más realista– a estos números habría que agregarle aquellos millones de niños que sobreviven con un poco más de lo que denota el frío indicador de la línea de pobreza (con sus familias con ingresos de 3, 4 o 5 dólares diarios), en adición de quienes -para generar todavía un análisis con mayor precisión- pertenecen al núcleo de lo que se denomina la “pobreza multidimensional” (los niños que no poseen acceso a una salubridad apropiada, educación mínima, agua potable, infraestructura básica, etc.).

Más aún, la ONG trasnacional Save The Children, la cual trabaja codo a codo con UNICEF, agrega que ya antes de la pandemia dos terceras partes de los niños y las niñas del mundo carecían de acceso a cualquier forma de protección social, lo cual le impide a sus familias resistir las crisis financieras que perpetúan el ciclo vicioso de la pobreza intergeneracional. Por otro lado, en el informe titulado A Future for the World’s Children? realizado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la prestigiosa revista médica británica, The Lancet, se concluyó que la salud y el futuro de todos los niños y adolescentes del mundo –pero recalcan sobre todo de los más vulnerables- se encuentran bajo la amenaza inmediata de la degradación ecológica, el cambio climático y las prácticas de comercialización explotadoras que los empujan a consumir productos dañinos para su organismo. Por nuestros lares, Mónica Rubio, asesora en política social de UNICEF para América Latina y el Caribe indicó que “la mayoría de los niños de la región conviven en permanente riesgo de contraer enfermedades que se pueden hacer crónicas, suelen rezagar su educación –lo que los termina excluyendo del sistema-, y es tristemente común que padezcan períodos de hambre o malnutrición que, aunque sean cortos, pueden dejarles secuelas para toda la vida”.

Evidentemente, los niños que no poseen una calidad de vida digna en el mundo son –inmoralmente a esta altura del siglo XXI– demasiados. Porque un niño subalimentado es una tragedia. Miles de millones carentes es, directamente, un tácito genocidio intolerable.

La principal razón por la que esto ocurre es, indudablemente, la inequitativa distribución de los recursos a nivel global. Porque la creación de riqueza y la acumulación de capital –real o ficticia/financiera-, ha sido tendencialmente creciente desde la aparición del sistema capitalista tal cual lo conocemos. Y continuará siéndolo. Un estudio de los académicos James Davies, Rodrigo Lluberas y Anthony Shorrocks para el Global Wealth Databook de 2019 es esclarecedor: a finales del año pasado, 47 millones de personas adultas en el mundo (el 0,9% del total de los mayores de edad) tienen activos por más de 1 millón de dólares, acumulando el 43,9% de la riqueza global. Del otro lado de la pirámide, 2.883 millones de personas adultas (56,6% del total) poseen bienes por hasta 10.000 dólares, lo que en su conjunto representa solamente el 1,8% del patrimonio global.

La disparidad descripta es abismal tanto a nivel inter como intra-estatal. Los niños de Corea del Sur, Noruega o Australia tienen la totalidad de necesidades básicas satisfechas, como así también las mejores posibilidades de supervivencia y bienestar; como contraparte, la mayoría de los niños en Chad, Bangladesh o Haití son sumamente pobres y su futuro se podría describir, como mínimo, de lúgubre a desesperanzador. Por otro lado, endógenamente los países también tienen diferencias –a veces increíblemente abismales- entre las diferentes regiones o los sectores socio-económicos. Por ejemplo, en la región de Kampala en Uganda, la pobreza no llega al 6% de la población; mientras que en Karamoja, dentro del mismo país, la pobreza afecta al 96,3% de sus habitantes. Y en la India, mientras los hijos de las castas superiores se reciben de ingenieros en las más prestigiosas universidades del mundo, cientos de millones de Sudras (la casta inferior) sobreviven con enormes carencias de todo tipo.

Podríamos repreguntarnos y discutir interminablemente cómo llegamos a esta situación en nuestro país y en el mundo. Pero no. El tiempo es valioso y estamos urgidos de dar respuestas rápidas, efectivas, contundentes. Lamentablemente, no es tan sencillo de alcanzarlas; hay un sector no menor de la sociedad global, que trasvasa las clases sociales, que ya se hartó de tanto espacio para los reclamos colectivos, de tanta atención del Estado a los desvalidos (“con mis impuestos NO”), de aquellos desahuciados extranjeros que atentan contra la economía y la inseguridad. Un odio, una bronca contenida que anima conductas microfascistas que han sido visualizadas inteligentemente hasta su seducción, por candidatos que ofrecen una agenda represiva y ultraconservadora sin importar los costos.

Un discurso como el de Bolsonaro, Trump, Alternativa para Alemania o VOX en España, es una dulce melodía para aquellos temerosos de un futuro peor –más aún que la ya desgraciada actualidad– que promueve el fervoroso anti estatismo, el libre mercado en pos del individualismo, el bajar impuestos a los ricos ‘para que inviertan’, y el avanzar raudamente hacia la flexibilización laboral. Por supuesto, ello no alcanza: ya probaron –fallidamente- con la tibieza de la discusión democrática y los marginales avances progresistas; ahora es el turno del conservadurismo autoritario. Un deja vú al Thatcherismo más rancio, donde el “No hay tal cosa como la sociedad: hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias” sostenido por la dama de hierro, convivía con la opresión -y cuando no la represión-; ello se puede observar claramente a través de una diversidad de películas de época (como la afamada Tocando el Viento, del guionista y escritor Mark Herman) las cuales muestran, a través del drama, la comedia o la tragedia, un proceso de desindustrialización y tercerizaciones –involuntario para millones de trabajadores británicos- que marcaba un camino para la posteriormente salvaje globalización neoliberal de la década de 1990’.

Como buffer moral, el modelo ideológico descripto no predica nunca el egoísmo: descansa simplemente en una pedagogía implícita de respeto al prójimo como condición para el orden social. “Tu libertad termina donde empieza la de los demás”, una auto-emancipación generada dentro de un círculo de autonomía que nos rodea y que nadie debe traspasar. “Invadir”, sería la palabra acorde a un mundo donde reina la escases y prevalece la agresividad y la competencia desmedida. La apuesta es que cada uno cuide y proteja lo mucho (o poco) que posee: ya sea bienes materiales, afectivos, de salubridad, o la misma supervivencia. Aquí estoy tranquilo. El afuera siempre es peor. Lo muestran los medios de comunicación más poderosos y trascendentes, porque no creerles.

Bajo esta lógica fóbica, individualista y pro dios mercado, poco importa el otro, aquel ajeno a mi circulo de interés y control que no es un potencial consumidor. A quienes el marketing no les hace mella; no porque no lo desean, sino porque directamente no pueden acceder a lo que se les ofrece. Del otro lado del mostrador, se encuentran muchas Organizaciones Sociales, las cuales suelen ser positivas y voluntaristas, pero nunca tienen el poder –y sobre todo el dinero– que posee la única institución que coercitivamente obliga a contribuir con la riqueza generada, inclusive de aquellos que persiguen denodadamente el orden liberal. ¿Quién entonces puede dar respuesta, sino es otro que el Estado?

Sin embargo, difícil es contraponerse a un orden agresivo desde lo discursivo y lo represivo, si cuando los políticos que llegan al poder incumplen con las premisas de la eficiencia, la honradez, y la puesta en funciones de los hombres y mujeres más capacitados técnica y moralmente para poder generar el verdadero cambio que necesitan los millones de niños desahuciados. Porque la realidad indica que en el marco de lo visual, lo superfluo, lo inmediato –que prevalece en una sociedad inmaculada en el simplismo de la falta de comprensión y la mentira generada-, lo que se observa a primera vista es el fracaso: el incumplimiento de las promesas de los sucesivos gobiernos que han hecho de la cosa pública una gran “caja” de dinero; y no mucho más.

Como consecuencia, el escenario civilizatorio hoy se ha centrado, afianzado y solemne, en el totalitarismo del capital: la alianza de corporaciones, medios y políticos que ha decretado que no pueda existir ningún aspecto de la vida social fuera del mercado, que no subsista ningún lazo horizontal por fuera del imperio de su ley, que el individuo deba enriquecerse por sus propios medios sin mirar hacia el costado, el sufrimiento del otro. Donde el Estado, otrora centro de la vida de las sociedades, quedó relegado a una posición de debilidad secundaria, que solo refuerza su autoridad ante hechos catastróficos, como la pandemia de Covid-19 que estamos viviendo. Por ende, de la discusión vital y superadora se pasa a un reduccionismo que deriva en una bipolaridad de centro, donde lo único que desea el ciudadano medio es evitar lo que nos disgusta, lo ‘menos malo’. Por supuesto, esta agenda negativista se aleja de pro-positivismo que requiere tomar el toro por las astas para terminar con la pobreza, sobre todo la que afecta a los más vulnerables, nuestros niños.

Quisiera concluir con las palabras del Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, Director General de la OMS: “con demasiada frecuencia, los responsables de la toma de decisiones en el mundo están fallando a los niños y jóvenes de hoy en día: fallando en la protección de su salud, de sus derechos y de su planeta”. Ya no hay tiempo de mirar para otro lado ni desentenderse. Porque en rigor de la verdad, no hay tal cosa como los descriptos ‘círculos de autonomía’, que pudieran coexistir felizmente sin tocarse ni invadirse. Empezando por la comprensión, el voto racional, la empatía consiente, el seguimiento y contralor de quienes tienen responsabilidades ejecutivas. Los millones de empobrecidos niños de nuestro país nos lo están pidiendo a gritos.

(*) Economista y Doctor en Relaciones Internacionales. Autor del Libro “La Sociedad Anestesiada. El sistema económico global bajo la óptica ciudadana.”

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