Nunca los países vivieron aislados tanto como hoy
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Planes sociales y formación de capital humano
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Atención: el nuevo plazo fijo que le gana a la inflación todos los meses
Las expectativas de éxito de la inminente IV Cumbre de Mar del Plata pueden medirse en el hecho de cómo la prensa enfatiza a los subproductos porque consideran al producto central como inalcanzable.
Así, los medios destacan las posibilidades que tiene Lula da Silva de destrabar determinadas medidas norteamericanas en su cita con George Bush o de las de Néstor Kirchner para obtener más apoyo frente al FMI o su encuentro con Tabaré Vázquez para aliviar el conflicto con las papeleras. A su vez, cómo Bush espera aislar a Chávez congraciándose con Lula, Lagos y Kirchner. Y cómo el venezolano tratará de influir sobre el proceso interno boliviano y ecuatoriano, aprovechando la zona liberada que le facilitan la crisis de corrupción que paraliza a Lula y el notorio desinterés del presidente argentino por desempeñar un rol activo en la región.
Pocas veces la relación de los Estados Unidos con la región ha sido recíprocamente más autista y plena de desinteligencias. Los grandes escenarios internacionales se motorizan cuando los países rectores logran convencer a los más modestos para que los acompañen en sus cruzadas planetarias. La lucha contra el fascismo, contra el nazismo, contra el comunismo, han sido los casos más relevantes del siglo XX. Y, a cambio, los más pequeños consiguen que se los apoye en sus proyectos nacionales. De independencia, de democratización, de desarrollo, ésas han sido las contrapartidas por el apoyo en aquellos megaemprendimientos.
Mientras, nuestro enemigo de siempre es el atraso, el nuevo enemigo de Washington es el terrorismo trasnacional y no se perciben los términos en que la superpotencia y sus vecinos de continente pudieran tener un acuerdo mutuamente beneficioso. Lo malo no es que esa brecha exista. Lo verdaderamente malo es que no parece que desde ambos lados se esté trabajando convincentemente para cerrarla. Muchos mandatarios parecen más interesados en utilizar la Cumbre como vidriera para proclamar testimonios ideológicos, con destino al consumo interno de sus países, antes que en un trabajo efectivo de compromisos conducentes.
No será fácil. La opinión predominante en Washington, y no sólo en el gobierno, es la de aplicar prudencia en el auxilio económico masivo a una región crecientemente ganada por regímenes más afines al chavismo o al castrismo que al progresismo cooperativo del Chile de Lagos, el Brasil de Lula o el Uruguay de Tabaré Vázquez. ¿Puede esperarse, razonan, de aquellos gobiernos hostiles, un compromiso verdadero con el interés norteamericano por combatir el terrorismo y el narcotráfico? En ese marco, ¿es posible una interlocución que genere compromisos recíprocos que faciliten resultados satisfactorios para ambas partes?
La diplomacia argentina, como anfitriona y responsable de llevar adelante la agenda, está haciendo las cosas bien. Falta, sin embargo, lo más importante: que alguien de entre nosotros, o todos a una, enhebremos el grado de compromiso que estemos dispuestos a asumir con las prioridades norteamericanas para asegurarnos, a cambio, que el apoyo a nuestras propias prioridades termine siendo verdaderamente efectivo.
No se avizora quién pueda hacerlo. Canadá no es América latina, México está en otra cosa. Chávez hace la suya, Brasil padece una fortísima crisis de gobernabilidad y Argentina ha dejado de tener conducciones internacionales convocantes, liderazgos que sus vecinos respeten.
Con este panorama corremos el peligro de acentuar aún más nuestro creciente destino de marginación y desperdiciar, en nuestra propia casa, a una Cumbre de las Américas que termine como una sucesión de monólogos retóricos, en que cada parte desgrane sus letanías, corra a hacer sus valijas y se vuelva a su casa. No hay peor sordo que el que no quiere oír.




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