El reciente informe de la UNEPP —que representa a más de 3.000 empleadores PYME— pone palabras técnicas a lo que venimos diciendo hace años en redes, diarios y entrevistas: el sistema laboral argentino castiga al que da trabajo y luego se sorprende por la informalidad.
Reforma laboral: sin empresas no hay trabajo, sin trabajo no hay derechos
La Argentina discute reforma laboral como si fuera un debate moral. Discutimos ideológica y debemos discutir matemática económica y crecimiento del mercado laboral.
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Sin empresas no hay empleo, y sin empleo no hay derechos que valgan.
Las PYME generan el 80% del empleo formal, pero cargan con un régimen pensado para grandes estructuras, sindicatos únicos y un país que ya no existe. Contratar es riesgoso, no por contratar en sí, sino por la presión impositiva que pesa sobe la cabeza de los empleadores.
Celebrar el fin de la ultraactividad, la negociación por empresa y el corte de aportes compulsivos es correcto. Pero no alcanza. Si la reforma no se anima a tocar cargas sociales, enfermedades inculpables e indemnizaciones, seguirá siendo un parche elegante sobre una herida profunda.
Pretender que el empleador cubra enfermedades biológicas ajenas al riesgo empresario no es justicia social, es confusión conceptual. La seguridad social debe hacerse cargo de lo social.
Lo mismo ocurre con el sistema indemnizatorio. Un régimen que penaliza la movilidad laboral no protege al dependiente: lo encierra. El empleo sano requiere entrada y salida, previsibilidad y reglas claras. Nadie invierte donde no puede salir. Imponer de forma obligatoria, un sistema que impone un %, de los que ya tienen los empleadores, sumando a sus salidas de caja, es una locura. El Pyme no es despedidor, el Pyme despide cunado cierra la cortina.
Defender a los empleadores no es estar contra los dependientes. Es exactamente lo contrario. Sin empresas no hay empleo, y sin empleo no hay derechos que valgan.
La Argentina no necesita una reforma consensuada con quienes viven del statu quo. Necesita una reforma valiente, moderna y técnicamente honesta. Menos moralidad en el derecho laboral y más números. Menos dogma y más realidad.
El trabajo digno se crea, y para crearlo, primero hay que dejar de castigar a quienes lo generan.
Un país que demoniza al empleador se condena a la informalidad. Un país que le teme a la reforma y a la modernización tecnológica se resigna al estancamiento. Y un país que confunde justicia social con castigo al que produce termina empobreciendo a todos.
La Argentina no necesita proteger empleos que no existen. Y para eso, de una vez por todas, hay que animarse a decirlo sin rodeos: sin empresas no hay trabajo; sin trabajo no hay derechos; y sin modernización, no hay futuro.
*El autor es abogado, especialista en derecho del trabajo y políticas de empleo. Diplomado en IA aplicada a la gestión en entornos digitales, analiza el impacto de la inteligencia artificial sobre el empleo y la organización productiva. Investigador y analista del mercado laboral contemporáneo.
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