2 de octubre 2007 - 00:00

¿Sirve "democratizar" el Consejo de la ONU?

Como cabía esperar, los «autocandidatos» a ocupar nuevos asientos permanentes en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (en caso de que se acuerde esa reforma, presuntamente para conferirle mayor «representatividad») usaron el conocido podio de la Asamblea General -al inaugurarse su 62º período de sesiones para batir desde allí sus propios parches y señalar a todos por qué es conveniente (o indispensable) para la salud del mundo designarlos en el cuerpo que tiene a cargo nada menos que la delicada agenda de paz y seguridad internacionales.

Y «tanto va el cántaro a la fuente», que parecen creer (o están tratando de crear el «clima de inevitabilidad» que les conviene) que ya nada -ni nadie-puede ciertamente evitar que consumen sus respectivas «ambiciones nacionales», para transformarse en «potencias internacionales», por su propia gravitación, de la noche a la mañana. Pese a cualquier cosa, y a pesar de todos.

A lo que hay que agregar la larga siesta que, cediendo espacios y «evitando confrontar», durmiera la Argentina, de la que aparentemente acaba de despertar, a juzgar por el reciente mensaje presidencial ante la Asamblea de la ONU. En efecto, Néstor Kirchner dijo allí que la mejora de la representatividad del Consejo de Seguridad no se logrará sumando nuevos privilegios a los actuales. Así se coincide con México y Colombia, que tienen reservas respecto de la ambición brasileña en este sentido.

  • Hegemonía

  • El Presidente, en esto, tiene razón. En nuestro continente se generaría una hegemonía tan clara como innecesaria en materia de paz y seguridad, que nunca ha existido. Y la eficiencia del Consejo de Seguridad, cabe presumir, quedaría gravemente resentida tanto por (I) el número elevado de sus miembros, que haría difícil la gestión diligente de los distintos temas que están en manos del organismo; como (II) porque nuevos «vetos» podrían cercenar -aun más-la ya encogida «agenda» del Consejo. Piénsese solamente que, ante el drama de Myanmar (Birmania), el Consejo de Seguridad, la semana pasada, en su actual composición, no pudo siquiera emitir una «declaración de condena». Porque China (con fuertes inversiones en el sector hidrocarburífero de Myanmar)lo impidió, amenazando simplemente con vetarla.

    Al día siguiente, ante la indirecta confirmación de su impunidad, comenzó la cruenta represión militar contra los pacíficos monjes y monjas budistas (desarmados y vestidos humildemente con túnicas color azafrán y rosa, respectivamente) y el abierto saqueo de sus pagodas, con decenas de muertos y heridos.

    Pero hubo una sorpresa. Inesperada. Estuvo a cargo de George W. Bush. En efecto, el presidente del país del Norte había previsto anunciar (en la versión escrita de su discurso) que su país aceptaría a «otras potencias emergentes» como nuevos miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. No obstante, al pronunciarlo, cambió radicalmente el texto y sólo dijo que los Estados Unidos aceptarían a «otras naciones».

  • Exclusión

    Esto fue interpretado como refiriéndose tan sólo a Alemania y Japón, sin cambiar la posición que, desde hace rato, es la postura americana sobre esta cuestión y excluyendo, al menos por el momento, a Brasil, la India y Sudáfrica.

    Los abundantes casos de corrupción gubernamental denunciados en Brasil pueden, quizá, haber tenido más impacto externo que el pequeño que generaron en su interior.

    Lo mismo puede haber ocurrido con las acusaciones al propio jefe de la policía de Sudáfrica, Jackie Selebi, de tener vinculaciones con el crimen organizado.

    Nada de esto transmite la dosis de confianza que todos debiéramos tener en los eventuales nuevos miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

    Un balde de agua fría, entonces, para varios de los «autocandidatos» a integrar permanentemente el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
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