13 de abril 2005 - 00:00

Surge un nuevo instrumento de manejo político

Desde hace algún tiempo vengo observando, con interés, la evolución de lo que parece ser un nuevo «instrumento» de la política.

En los más diversos rincones del mundo entero. Me refiero al «uso de la calle» como herramienta mayor de la actividad política. Los últimos acontecimientos en Georgia, Ucrania o Kirguistán, por su notoriedad, me eximen de mayores comentarios. En todos ellos, sin excepción, la gente salió espontáneamente a la calle para «quedarse en ella» hasta que sus reclamos de libertad fueran satisfechos. El denominador común fue -en todos esos casos- la manipulación de las elecciones por quienes estaban dispuestos a falsear la voluntad popular para aferrarse al poder. En Kirguistán, como en Ucrania, una vez lanzada a las calles la gente se enfrentó primero con los «matones» del gobierno y los superó y -luego- con las fuerzas de seguridad las que -ante la inmensidad de lo que enfrentaban- terminaron desapareciendo, lo más velozmente posible de la escena.

Antes, la caída de Aznar, en España, había sido ya forzada por la gente en la calle, respondiendo a una tan «oportuna» como insistente convocatoria de los medios electrónicos.

Están, además, los «grupos de choque» que son conocidos con nombres diversos, como: «cero corrupción», en Ecuador; o «grupos bolivarianos» en Venezuela; o más recientemente los «nashis» (que quiere decir «los nuestros»), en Rusia.

Entre nosotros, el tremendo «final» de la presidencia de Fernando de la Rúa ocurrió, a su vez, en dos tiempos. Ambos con la calle como protagonista. El 19 de diciembre presumiblemente la clase media -harta- salió espontáneamente a las calles a decir «basta». Al día siguiente, en cambio, la calle estuvo -cabe sospechar- en manos de «activistas» prolijamente instruidos. Lo que es bien diferente.

Por todo esto, quienes hacen de la política una profesión están ahora conscientes de ese «riesgo»: el de ser -de pronto- desalojados por una espontánea reacción del pueblo, cansado del autoritarismo. Reacción que, por masiva, suele ser inmanejable, o más bien imparable.

LA RESPUESTA, DESDE LA POLITICA

Hace ya tres años, prologando un libro de un estudioso amigo, señalé que los disconformes con la caída de la utopía comunista estaban generando, también entre nosotros, algunas «novedades» operativas en el mundo de la política, a las que cabía estar atentos. Entre ellas mencioné el uso -y abuso- de la «calle» como vehículo de expresión política. Se trataba, sostuve, de reemplazar al diálogo y las urnas por el ruido, los gritos, y la repetición insistente de retóricos mensajes breves, de corte dogmático. Además, de proyectar intimidación, sugiriendo a todos por igual que la «calle» no es de todos, porque tiene sus «dueños» y puede ser, por ello, un sitio peligroso.

Esto, por dos tipos distintos de razones. Las «ofensivas», que tienen más que nada que ver con tratar de manipular desde la calle a la «opinión pública», en provecho propio, por supuesto. Y las « defensivas», que se refieren a tratar de evitar que la «calle» se llene de pronto de reales espontáneos, a la manera de lo sucedido reiteradamente entre nosotros en relación con la notable campaña pro seguridad encabezada por el ingeniero Blumberg. Por esto, precisamente, es que resulta necesario «llenarla», mantenerla «llena», e intimidar desde ella.

Desde los días de la que fuera llamada «batalla de Seattle», las técnicas utilizadas para esto son conocidas. Se trata de las descriptas como: «networking» y «swarming».

Las fuerzas políticas que tratan de controlar la «calle», manteniendo sus propios evangelios individuales actúan -no obstante- en conjunto. Convergiendo, de repente, en función de sus « denominadores comunes». Aquellos en los que coinciden y que, por ende, los unen. Y dejando -tácticamente- de lado las «diferencias», para ser resueltas más adelante, en instancias posteriores. Luego de haber instalado en la sociedad sus «denominadores comunes», naturalmente.

La observación de nuestra propia realidad parece confirmar lo antedicho. En una típica manifestación callejera desfilan ante nuestros ojos distintos «movimientos» de una misma vertiente política genérica, encolumnados -unos tras otros- en las consignas que son comunes. Caminan separados, a la manera de distintos escuadrones. Pero están físicamente juntos, lo que es «networking», o sea coordinación para la acción. Usando el «swarming», esto es una aparición puntual conjunta la que, concluida, devuelve a sus componentes a sus respectivos universos políticos e ideológicos. Allí donde están precisamente sus diferencias.

EL GRUPO COMO UNIDAD POLITICA Y SUS TECNICAS DE ACCION

Esto sugiere que -poco a poco- la noción de «grupo» parece estar desplazando a la de «individuo» y hasta, quizás, a la de «mayoría». Cada «grupo» tiene su «identidad» y hasta cree tener su propia «conciencia». Y trata de imponerlas en la oportunidad que cree propicia.

Así las propuestas se edifican monótonamente sobre dicotomías: opresores y oprimidos; ganadores y excluidos; privilegiados y marginados; triunfadores y víctimas. «Nosotros» y «ellos».

Siempre. Los opresores, claro está, cambian con las circunstancias. Pueden ser los varones, o los ricos, o los extranjeros, o los religiosos, o los blancos, o los judíos, o los heterosexuales, o los agricultores. Cualquiera. Los « buenos» y los «malos», entonces. Como si la diversidad y lo multicultural molestaran. Más aún, como si escuchar, dialogar, tolerar, o hasta respetar, fueran todas actitudes imposibles. Peor, como si convivir supusiera una lucha o enfrentamiento permanente entre partes de la sociedad. La vieja idea marxista de la «lucha de clases», aunque en una expresión algo más sutil. Como si la unión, o la paz social, fueran sólo objetivos de soñadores, o de hipócritas.

La equidad y la justicia sólo se logran -nos dicen- atendiendo a los reclamos de las víctimas. Sin pensar en la igualdad, o en los demás. Apuntando siempre a presuntas «preferencias igualadoras», al costo que sea. Se nos dice entonces que los valores tradicionales, incluyendo los religiosos, deben ser cambiados. De raíz. Para así poder incorporar contraculturas nuevas, «deconstruyendo» las anteriores.

UN DESAFIO A LA DEMOCRACIA

En un ambiente caracterizado por todo esto, hasta el paradigma de «nación» luce incómodo y las mismas tradiciones se vuelven molestas.

Este es probablemente un desafío serio a la democracia misma. Aquella que es representativa y respeta a las minorías. La que está compuesta por individuos que gozan de igualdad ante la ley, a la que todos respetan. La que asegura, a todos por igual, los derechos y garantías que protegen las libertades personales. Aquella en la que, juntos, todos conformamos el pueblo de una nación que, por ello, se autodefine como democrática.

Este desafío es grave. Porque la historia enseña, una y otra vez, que del otro lado de las utopías aparece generalmente el populismo. No sólo eso, también el autoritarismo. Para meditar, entonces.

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