23 de junio 2021 - 09:51

La UIA financiera, el Círculo Rojo y la incipiente autocracia libertaria

El Círculo Rojo normalizó el perfil que tienen los gerentes de sus propias corporaciones. Luego de haber insultado e imputado todos los males del país a la política, se han convertido en políticos.

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Agencia Noticias Argentinas

La financiarización de la economía terminó con el conflicto político entre el campo y la industria en 1977. Lo que sigue de nuevo es, el Gobierno de los industriales ligados a la meditación financiera. Es notable como la UIA en lugar de salvaguardarse industrialista, es una de las entidades filosóficamente más neoliberales del mundo emergente. Ya no significa un embarazo explicitarlo, se puede exponer en termino de designaciones. Eligió presidente a un abogado defensor de empresas (laboralista), dócil y diletante que no paga quincenas, no huele a metales, grasa, ni pintura y, nunca lució un overol. El círculo rojo normalizó el perfil que tienen los gerentes de sus propias corporaciones. Hasta logró tener un presidente de la Nación que recibió órdenes y las ejecutó sin objeciones por cuatro años. El sistema sigue teniendo aun, simples administradores para la mayordomía en las organizaciones empresariales.

Existe otra clase de recaderos, una enorme cantidad de economistas que se ha resignado a la imposibilidad de separar la política de la economía. Luego de haber insultado e imputado todos los males del país a la política, se han convertido en políticos. Definitivamente fracasaron otra vez y se tienen que poner a estudiar Ciencia Política, porque decir “zurdos de mierda” o “somos mejores estéticamente” los puede conducir al INADI. No existen dudas que no se ha dicho conscientemente o desde el conocimiento, pero no por ello es menos grave el fanatismo estigmatizante. Es inclusive muy peligroso para la democracia descuidar el eventual surgimiento de una incongruente autocracia libertaria.

La formación desmedidamente cuantitativista, la ausencia de gestión en empresas productivas y la influencia dogmatica de muchas universidades, han contribuido a una anémica condición intelectual de los macroeconomistas neo cuantitativistas (MNC). Hemos podido advertir Maestrías y Doctores en economía incultos, de lenguaje soez, autoritarios, sin ninguna noción de lo que es la vida en una republica democrática. La dominancia financiera sobre la política tuvo mucho que ver. Y no se trató de un fenómeno circunscrito a la Argentina. La década de los años noventa, caracterizada por el Consenso de Washington y las reformas económicas neoliberales en varios países del mundo, fue la década de los políticos tecnócratas. O technopols, como los denominó Jorge Domínguez (1997), hoy tenemos decenas en la Argentina. Ni siquiera son tecnócratas-sin pretender reivindicar a la tecnocracia, sino diferenciar entre dogmaticos y producidos-.

La tecnocracia o “gobierno de los técnicos”, definido por Putnam, se caracteriza por ciertas creencias y convicciones. Los tecnócratas creen que la técnica y la planificación racional deben reemplazar a la política de las negociaciones, los apoyos y las concesiones. Que el tecnócrata debe definir su propio rol, y estar libre de compromisos políticos. Profesan que el progreso o el bien buscado se consiguen mediante la despolitización, y desconfían de los valores, las ideologías y las lógicas de la política partidaria. El Estado, en la mentalidad tecnocrática, es un implementador de políticas públicas que debe colocarse “por encima” de los intereses sociales.

Se cumplen 20 años del desastre. El caso argentino en 2001 mostró los límites de los políticos tecnócratas. La ausencia de una base de sustentación política a las decisiones de política económica debilitó a un gobierno débil, y condujo al presidente al colapso. La solución a la crisis, posteriormente, no llegó de la tecnocracia sino de la reconstitución de la política y sus instituciones a partir de 2002 y duró hasta 2015.

Dos technopols (ministro de economía y presidente del BCRA) volvieron a fracasar en 2015-2019-. Al primer ministro de Hacienda que despidió Cambiemos ya lo había despedido el peronismo del BCRA, en pocos meses de gestión. No conformar al peronismo ni al anti peronismo es un record difícil de igualar. La poltrona del BCRA la ocupó el Vice ministro de Cavallo en 2001, el co-responsable del Megacanje que volvió a fracasar estrepitosamente con Cambiemos.

Hay material, pero existe una dimensión que debe ser estudiada más a fondo, es el rol que jugó la comunidad de lobistas de las entidades empresariales, asociada a los técnicos del establishment en las crisis argentinas. Ellos han sido los verdaderos artífices y portadores de la ideología dominante durante cuarenta y cinco años. En esta comunidad, existe un consenso muy extendido, hegemónico, e inamovible sobre las políticas económicas. Por lo tanto, para entender mejor lo que ocurrió es necesario profundizar en el conocimiento, no solo de la historia económica reciente, sino de esta red de personalidades influyentes y sus nuevos relevos.

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Cuarenta y cinco años pidiendo rebaja de impuestos financiados con baja del gasto público, cuando la educación, la salud y el gasto social se autofinancia con impuestos indirectos e inflación que pagan los sectores medios y de la base de la pirámide. Nunca han estado aportando nada que contribuya a mejorar la creciente desigualdad. Han sido muy picaros en detectar el malestar empresario, agitando el descontento y explotándolo para hacerse ricos vendiendo informes que sostengan el sesgo de confirmación corporativo. Nunca se han sentido incómodos al ser atrapados en errores de pronósticos o falsedades evidentes, han tenido un verdadero desdén por la ciencia. No la necesitaron, lo que hicieron fue posible porque lograron forjar una fachada de sensatez y conocimiento que sostuvieron hasta hace unos pocos años y aun cala en sectores indocumentados.

Las supuesta conjetura dominante impugnada por el FMI hace unos meses (cuando afirmó que la inflación no es solo una consecuencia monetaria, sino un fenómeno multicausal), ya había sido refutada por evidencias empíricas una y otra vez en la Argentina, mientras la deuda crecía desde u$s 7.300 millones (1975) a u$s 340.000 millones (2019), unas 48.5 veces, con formación de activos externos estimados en u$s 400.000 millones. No ha sido casual que el mayor déficit financiado con endeudamiento, maquinita + esterilización (sumando déficit cuasi fiscal con intereses) se diera durante periodos donde los ministros del sistema neoliberal eran MNC. Pontificaban que una vez que un país crecía, la desigualdad desaparecía con el mantra del derrame y otras ficciones. Aunque en los noventa el PBI y el PBI per cápita creció en la Argentina, la desigualdad se profundizó.

Hasta que los padres ideológicos de estos economistas hicieron la reforma financiera y la apertura incondicional de las importaciones, reprimiendo la democracia en la Argentina, teníamos una sociedad con una enorme clase media, niveles bajísimos de pobreza y desempleo. Fueron creando su influencia hegemónica en un país donde los que arreglaban baches comían “asadito” en el cordón de la vereda. Ahora no solo dejaron de comer carne, muchos reciben una tarjeta alimentaria de subsistencia.

Es que el déficit fiscal sostenido y la expansión monetaria reabsorbida pagando intereses leoninos, conducían a devaluaciones bruscas provocadas. Mas tarde o más temprano, las devaluaciones licuaban deudas en pesos, salarios, cargas sociales e impuestos y quienes las propiciaban-el club de la devaluación-ya se había llevado todos los dólares para regresar con menos y comprar más. Y la convertibilidad no fue una excepción, sino un descarrilamiento en “cámara lenta”. El impacto devaluatorio en la historia argentina, es y ha sido un formidable generador de inflación, crisis sociales, interrumpiendo rumbos macroeconómicos sin dejar que nada se consolide desde 1955, cuando la Argentina no era miembro del FMI. Desde 1976, afianzaron la decadencia con un enorme costo social, aumento geométrico de la pobreza y el desempleo, ingentes pérdidas de ingreso y transferencias desde los más pobres a los más ricos.

Hitler escribió: “…en la gran mentira hay siempre dosis de credibilidad; […] la gente suele ser víctima más fácilmente de las grandes mentiras que de las menores, puesto que ella misma dice a menudo mentirillas en asuntos menores, pero se sentiría avergonzada de recurrir a grandes embustes. Nunca se le ocurriría inventar mentiras colosales ni piensan que otros pueden ser tan imprudentes de distorsionar la verdad de manera infamante. Aunque los hechos probatorios pueden asomar claramente en sus mentes, seguirán todos dudando y vacilando y pensando que puede haber otra explicación. La mentira descarada siempre deja rastros, incluso cuando se ha concretado, un hecho que todos los embusteros expertos de este mundo, y todos quienes conspiran juntos en el arte del embuste, conocen bien”. (Mein Kampf, 1939)

Profesor de Posgrado UBA. Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, autor de 6 libros. @PabloTigani

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