«La tragedia de las democracias modernas consiste en que ellas mismas no han logrado aún realizar la democracia.»
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(Jaques Maritain, en «Cristianismo y democracia», París, 1942.) América latina, especialmente América del Sur, es un subcontinente de talantes contagiosos: las democracias y las dictaduras se nos aparecen en común, como un dominó que va y viene con las épocas. En los '80 y '90 todo el conjunto terminó, felizmente, por readquirir sus instituciones democráticas. Pero, como en todo período refundacional, abundó la euforia e ingenuamente creímos que con la democracia «se come, se cura, se educa...» y se progresa económicamente. Tengamos democracia y todo lo demás nos vendrá por añadidura. Desgraciadamente no es así.
La democracia es el mejor sistema de gobierno y ámbito impar para la transacción de intereses y la vida en comunidad. Pero para otros objetivos, como el desarrollo económico o la mejor distribución de la riqueza, la democracia ciertamente ayuda, pero hay muchas otras cosas que resulta necesario hacer. Con la democracia sola no basta.
Desde entonces hasta ahora, algunas de nuestras democracias han hecho las cosas bien, pero otras ingresaron ya o están ingresando en convulsiones sociales y quebrantos económicos de proporciones importantes. Y la misma gente que se esperanzó tanto con la democracia, comienza a mirarla como si fuera ella, y no nosotros, la responsable de esos padecimientos.
Todos podemos ingresar en el sitio de Latinobarómetroy comprobar cómo crece en la región el porcentaje (ya cerca de 50%) de quienes aceptarían perder la democracia a cambio de prosperidad económica. Todos sabemos que es una falacia, que a la larga, sin democracia, nuestros problemas se agudizan y no al revés, pero el desencanto inclina a mucha gente a favorecer cambios drásticos que por ahí produzcan el milagro. América del Sur no podrá nunca prosperar sin profundos cambios estructurales. Pero éstos requieren una etapa de sacrificios antes de exhibir resultados. Y la gente tiende aceleradamente a descreer en sus clases políticas como conductoras de ese proceso y distribuidoras equitativas de sus graduales beneficios. De allí la imperiosa necesidad de acuerdos básicos, de políticas de Estado que todos apliquen, no importa a quién le toque gobernar.
Cuando una sociedad carece de ese acuerdo básico, mucha gente es fácil presa de quienes le prometan progresos sin esfuerzos, abortando todo el proceso de cambio estructural. En América del Sur todos tenemos democracia. Pero sólo Chile, Brasil y Uruguay progresan económicamente. ¿Por qué? Porque además de democracia, tienen eso que hace falta: un acuerdo social y político que se mantiene a pesar de que van cambiando los gobernantes. Lagos continúa políticas de Frei, Aylwin y hasta de Pinochet. Lula profundiza la senda de Cardoso, y Vázquez ejercita una prudente moderación. Y son todos líderes de izquierda. Los argentinos estamos todavía lejos de la tormenta institucional que acaba de abatirse sobre Ecuador. Pero estamos igualmente lejos del acuerdo básico que nos garantice, al mismo tiempo, la perduración de la democracia y el progreso económico.
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