Absurdo
Una diferencia insalvable entre China y Japón terminó cerrando una absurda puja que distrajo a los gobiernos de la Argentina y de Brasil durante más de un año. No habrá aumento de sillas en el Consejo de Seguridad de la ONU, con lo cual se desnuda la fragilidad de esa pelea, que no dependía de la voluntad de Buenos Aires ni de Brasilia, sino de lo que decidían superpotencias que están lejos de estas costas, atribuladas por otros desvelos que sus gobernantes eluden solucionar. No era razonable que Néstor Kirchner y Lula da Silva dedicasen tanto tiempo a una diferencia que se resolvió tan distante de sus despachos.
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Aquellas palabras sobre liderazgo internacional parecen calcadas sobre las de quien fue el canciller de Cardoso, Luiz Felipe Lampreia, cuando habló de que el gobierno de Lula no debería hablar de liderazgo de Brasil. O las de otro amigo del ex presidente, Sebastiao do Rego Barros, quien fue su embajador en Buenos Aires y castigó hace poco más de 15 días la « obsesión» de la Cancillería de Celso Amorim por la banca en el Consejo de Seguridad. El ala diplomática del opositor PSDB saldrá entonces, comandada por Cardoso (quien también fue canciller durante el gobierno de Itamar Franco), a cobrar el traspié de Lula en una iniciativa principal de su gestión. La decisión de convertir en eje principal de toda una política el alcance de un objetivo que no depende de la propia pericia o voluntad, sino de las decisiones de otros actores en otros tableros (en este caso, Estados Unidos y China), se reveló desacertada en el caso de Brasil. Pero la oposición argentina al deseo de su socio de integrar el Consejo de Seguridad, que un ala de la Cancillería puso igualmente en primer plano, también resultó errónea. Durante meses Itamaraty y el Palacio San Martín hicieron de la posición brasileña en la ONU un motivo de conflicto que ahora se ve más ridículo que antes ya que se trató, como dijo alguna vez Borges, de «una pelea de dos calvos por un peine».
El gobierno argentino llevó el diferendo por el Consejo a sus conversaciones con el Departamento de Estado de los Estados Unidos (se tocó el tema específicamente durante la entrevista de Rafael Bielsa y Condoleezza Rice del 30 de marzo), provocó una declaración conjunta con el canciller de Paquistán (país que se opone al ingreso de su enemiga, la India) y provocó una campaña contra el deseo de Brasil en la ONU durante enero, cuando Bielsa ocupó, precisamente, la presidencia rotativa del Consejo.
Una lectura acertada del juego de las grandes potencias hubiera revelado -como se señaló en este diario varias veces- que la cuestión se volvería abstracta por decisiones que se toman en otros tableros. Sin ir más lejos, hace apenas días, comiendo en un exclusivo club de 60 y Fifth Ave., en Nueva York, un funcionario argentino escuchó al director de Foreign Affaire, Gideon Rose, explicar que jamás se reformará el Consejo de Seguridad sin un replanteo del rol de las Naciones Unidas en un mundo unipolar. Y que acaso, cuando llegue ese replanteo, los Estados Unidos ya hayan decidido apartarse de esa institución.
Ahora, el revés de Amorim sirve para mortificar al gobierno brasileño. Sin ir más lejos, el sábado «Folha de Sao Paulo» se burla en su editorial principal de que el fracaso de la política de Itamaraty provenga precisamente de China. Según el diario, fue por conseguir su respaldo en el Consejo que Brasil concedió a ese país el rango de «economía de mercado», lo que puede tener consecuencias negativas ante eventuales disputas en la OMC por abusos comerciales chinos.
Esta crisis de política exterior emerge en un mal momento para la situación del PT en el poder. Las encuestas más serias ya anticipan que hoy Lula no ganaría su reelección en primera vuelta. La base partidaria que lo sostuvo también se resquebraja, inquieta por las consecuencias ya muy visibles de una política económica recesiva, cuyo objetivo no negociable es no ingresar en una operación de reestructuración de la deuda y que ha hecho caer abruptamente la popularidad del presidente en pocos meses. Es ante este Lula que se para Cardoso, convertido de nuevo en candidato a presidente, en competencia interna con Geraldo Alckmin y José Serra, gobernador y prefecto de San Pablo, respectivamente.
Subrayar el fracaso de Lula en la conquista de un lugar de preeminencia para Brasil en la escena internacional es quitarle al presidente un argumento de seducción para una clientela como la del PT, con una imaginación nacionalista e insatisfecha con la sorprendente ortodoxia de la política económica.




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