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Carlos Zannini
La sala II de Irurzun-Luraschi-Cattani es bloque monolítico integrado y consolidado con el tiempo, no muy común de ver en la Justicia. El trío -que sabe de la alianza efímera entre Cavallo y Freiler- ha sabido aprovechar la distancia colando a un hombre de su confianza. Fruto de estas cuestiones humanas, el juez Farah se topó un cargo de importancia y de una forma que siempre se emparienta con el dedo al que el oficialismo suele recurrir con frecuencia cuando se trata de dar cargos que les interesa manejar desde la política.
Habrá sido complicada la pelea interna entre los camaristas porteños que la terna enviada al Consejo de la Magistratura llegó sin un orden de prelación. Los nombres fueron acomodados alfabéticamente: Delgado Sergio, juez nacional en lo criminal de instrucción; Farah Eduardo, juez federal; y Gorini Jorge, juez de Ejecución Penal. Los consejeros/jueces se convirtieron en encargados de destacar los presuntos méritos del ascendente juez federal que no figuraron en la lista de nominados que envió la Cámara Federal.
El nombre de Farah ya estaba instalado en el consejo de jueces porque está concursando para ocupar un cargo en la Cámara Federal de San Martín donde obtuvo el primer puesto y para un Tribunal Oral Federal, donde aparece en segundo lugar en la terna que el plenario tratará el jueves próximo para enviar al Ejecutivo.
Farah comenzó su carrera en 1985 y desde allí tuvo un paso vertiginoso por varios tribunales. En la época de los «carapintadas», estuvo en la Cámara Casación y varios años después fue nombrado juez de Lomas de Zamora. Luego en 2004 fue designado juez federal de Mar del Plata.
Tuvo en sus manos una causa que involucró a Felipe Solá en los temas de permiso de pesca y también, la causa «Pescado Blanco» que fue montada e investigada desde Europa por el tráfico de casi 500 kilos de cocaína.
Farah oportunamente se excusó en varias causas judiciales. La más llamativa fue la del faltante de droga en el Tribunal Penal Oral marplantense, aduciendo motivos de ética.




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