Alegría, ayer, al arribar el matrimonio Duhalde al país proveniente de Uruguay. Carlos Ruckauf y Alfredo Atanasof, también sonrientes detrás de Chiche Duhalde y el Presidente, a quienes ampara de la lluvia José Luis Gioja.
En contra de lo que muchos pueden desear o suponer, no está entre los objetivos de Eduardo Duhalde controlar el gobierno de Néstor Kirchner. Aunque esté muy preocupado por las primeras reacciones temperamentales del presidente electo, Duhalde se muestra cauteloso y prescindente frente a los primeros pasos de su ahijado, que considera torpes o atolondrados, según lo que escucharon ayer sus interlocutores durante la estadía en Montevideo. Celoso del liderazgo político, el Presidente no mira el organigrama de su sucesor con demasiadas pretensiones, a tal punto que los duhaldistas que formen parte del equipo lo harán por selección libérrima de Kirchner. No por sugerencia de Duhalde, quien no quiere correr la suerte de la nueva gestión, encargada de una agenda de la que él mismo decidió apartarse.
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No es la suerte del equipo de Felipe Solá, receptor de una especie de «regreso a las fuentes» del duhaldismo que, entre otras cosas, supone desembarcos en los ministerios de La Plata. El más notorio es el de Alfredo Atanasof, quien se encargará del área de Seguridad (es un hecho que Solá relevará a Juan Pablo Cafiero para ubicarlo en una zona de la administración menos delicada) o de Producción.
El cargo de Atanasof, la Jefatura de Gabinete, casi seguramente lo ocupará Julio De Vido, arquitecto de 53 años, el hombre de mayor confianza de Kirchner.De Vido es el ministro de Gobierno de Santa Cruz y fue hasta ahora el encargado de organizar equipos para la campaña electoral de su amigo el presidente electo.
En cambio, no habrá duhaldistas puros en el gabinete de Kirchner, al menos por lo que se conocía hasta anoche. No lo es Roberto Lavagna, claro; tampoco Ginés González García, quien ocupa el Ministerio de Salud por sus propios antecedentes más que por un afecto duhaldista que nunca se le conoció demasiado. En cambio, otra podría ser las suerte de Aníbal Fernández y no porque Duhalde quiera recomendarlo, sino porque Kirchner le ha encontrado una virtud inigualable: la de controlar a los piqueteros controlables, esos que forman -como dicen graciosamente-la Agrupación Aníbal Fernández, por parodiar a la Aníbal Verón, menos numerosa. Kirchner no quiere tener cerca -lo confesó- a los piqueteros ligados a partidos de izquierda, en general trotskistas. Pero le encantaría controlar a los menos combativos y, en ese sueño, hasta estaría dispuesto a entregarles el Ministerio de Trabajo. Kirchner tiene una relación admirativa con Víctor De Gennaro, quien desde la CTA ejerce el control de la agrupación de los matanceros Luis D'Elía y Juan Carlos Alderete. De Gennaro es para el nuevo presidente una especie de Lula de cabotaje ideal para combatir a los «burócratas» de la CGT «gorda».
Para los piqueteros, el Ministerio de Trabajo es un recurso clave: allí se realizan las «altas» y «bajas» de los planes Jefas y Jefes de Hogar, que se administran desde la ANSeS y se multiplicarían en adelante al infinito.
Esta posibilidad inquieta extraordinariamente a la CGT de los «gordos» del mismo modo que a Juan Manuel Palacios y a Hugo Moyano. Ellos no creen que la adhesión que siempre tuvieron a Duhalde implique un compromiso con su sucesor. Palacios ya confesó a varios amigos: «Me siento liberado de cualquier disciplina porque esto que se está instalando no es peronismo». Así como desde varios sectores de la política y la economía se ejercen tests sobre el nuevo esquema de poder, en el caso del sindicalismo ya comenzaron las reuniones para organizar una CGT unificada y, por lo tanto, más combativa. Tampoco en este campo Duhalde se mostrará activo en favor de su pupilo y dejará que se mueva cómodo «haciendo su experiencia», como le dijo ayer a uno de los funcionarios que lo fueron a esperar a su regreso desde el Uruguay.
La ductilidad de los Kirchner para manejarse con el sindicalismo es desconocida. Pero puede generar alguna sorpresa. Si en los últimos tiempos al presidente electo se lo conoció por sus propensiones progresistas, no todo fue de ese color en el pasado. Todavía se recuerda en Río Gallegos el homenaje que le hicieron Néstor y Cristina Kirchner a Rodolfo Ponce, aquel gremialista ultraortodoxo del sindicato de Recibidores de Granos que fue acusado por Raúl Alfonsín, junto con el resto de las 62 Organizaciones, de tejer un «pacto sindical-militar» en 1983. Llevado por el entonces cuñado de Kirchner, «Bombón» Mercado (un hombre de Diego Ibáñez), Ponce fue desagraviado en Santa Cruz por la nueva pareja presidencial, que se encontraba todavía en los primeros peldaños de su «cursus honorum».
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