Más complicado llega el festejo del Día del Ejército, al cual prudentemente eligió desertar -para usar términos castrenses- el comandante en jefe, Néstor Kirchner (lo que no hizo, en cambio, con la celebración del Día de la Armada). Mañana, en el campo de polo de Palermo, mientras el mandatario en jefe pernocta en Santa Cruz, el jefe del Ejército, Roberto Bendini, será el responsable de los actos con una tribuna de simpatizantes de la fuerza (familiares, amigos y espontáneos) que, tal vez, no compartan el mismo criterio del militar. Se estima que ese presunto riesgo fue la razón por la cual Kirchner decidió ausentarse.
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Varias fueron las causas que antecedieron a ensombrecer el clima del festejo (no aumento de salarios, juicios inminentes a militares por obra de la Corte Suprema que cambiará de opinión, episodios internos como el pase a disponibilidad del general Wellington -ver Ambito Financiero de anteayer-), turbión que se incrementó en las últimas horas por una rareza que incomoda más al jefe del Ejército y a uno de sus hombres más cercanos, el titular del Cuerpo III en Córdoba, Alejandro Beverina.
Este general de Caballería, igual que Bendini, seguidor hasta en los actos más cuestionables a su jefe -tambien él descolgó cuadros en Córdoba, como el del general Luciano Benjamín Menéndez-, casi un kirchnerista con uniforme que parecía elegido para sucederlo (siempre y cuando, la Justicia de Santa Cruz decida procesar a Bendini por una causa flotante por anomalías administrativas o desvíos de fondos), parece que el lunes pasado expresó opiniones y reveló actitudes que lo contrariaron con la Jefatura.
• Mensajes cruzados
Beverina se molestó con su jefe porque había pasado por Buenos Aires, y éste no lo notificó ni le advirtió de la sanción que le aplicó al general Wellington (pase a disponibilidad por haberle puesto el nombre de un camarada muerto naturalmente, también de la Caballería, en la década del '70). La presunta indignación de Beverina se acentuó más porque él preside un centro especial del arma -en ese tema, los de Caballería son especialmente celosos de su logia-y, por lo tanto, merecía -a su juicio-algún tipo de comunicación. Así, en apariencia, se lo manifestó a su estado mayor cordobés y, consciente de que quien no comparte la política militar del gobierno debe irse de la actividad, así lo planteó. La novedad llegó a Buenos Aires y empezaron a cruzarse los mensajes.
Sensible, Beverina -casado con una Patrón Costas, casi como corresponde a alguien de Caballería-apartó por un momento su indignación por el castigo a Wellington y pareció dispuesto a escuchar ofertas. Como el Día de la Patria se conmemoró en Santiago del Estero, área de su jurisdicción, como seguía en actividad y no pedía la baja, asistió a la ceremonia y por supuesto luego dialogó con Bendini. Se supone que éste lo debe haber provisto con argumentos razonables, finalmente a él también le debe haber costado sancionar a su compañero Wellington por haber homenajeado a otro compañero -el de la cancha de polo-al cual Bendini también quería. Por lo tanto, se supone que el jefe del Ejército se habrá referido a las necesarias condiciones de estoicismo que deben aceptar los soldados a favor de la institución que integran (además de la solidaridad exigida entre hombres de una misma arma que pretende no perder la titularidad de la fuerza).
Esta historia de cuartel, por supuesto, ya es moneda corriente en todo el Ejército y sin duda no alienta a mejorar el clima dentro de una fuerza que tal vez pase su día en paz, pero atormentada por desencuentros y posibles hostilidades.
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