¿Campaña sucia? La actual es sólo un diálogo de señoritas

Política

Se ha establecido, casi como un dogma, que la disputa electoral en curso excede las normas de buena vecindad a las que se acostumbraron los ciudadanos argentinos gracias a la cultura de sus políticos. Se puede pensar en cualquier adjetivo para calificar el proselitismo actual: ramplón, disparatado, patético, hasta cómico. El único rasgo que no le corresponde a la campaña es el de «sucia» o «agresiva». Siempre y cuando se tengan en cuenta los niveles anteriores de violencia verbal de la política argentina.

En un país que conoció estrategias electorales como la de las legislativas de 1985, en la que Raúl Alfonsín dispuso el estado de sitio y mandó a la cárcel a varios periodistas para prevenir un golpe imaginario, que Cristina Kirchner hable de Francis Ford Coppola y su film «El padrino», sin animarse siquiera a nombrar a Eduardo Duhalde, parece parte de una discusión suiza. Sólo la vehemencia gestual de la candidata podría engañar con un contenido más o menos asertivo.

En 1991, Jesús Rodríguez y su Ateneo del Centenario lanzaron a la calle, en plena campaña de renovación legislativa, un afiche titulado «La banda del 'golden trafic'», referido a las acusaciones sobre lavado de dinero que pesaban sobre Amira Yoma. Aprovechaba Rodríguez la fama de la entrega televisiva «La banda del 'golden rocket'» y mostraba, en una caricatura de Andrés Cascioli, a funcionarios del gobierno como la cuñada del presidente, el empresario Jorge Antonio y la jueza María Servini de Cubría subidos a un auto de época en actitud casi mafiosa. Se los pintaba como traficantes, claro.

¿Qué puede reclamar, frente a esa mordacidad, la apagada Chiche Duhalde, que cuando piensa romper todas las barreras del desenfreno verbal dice: «Miente el Presidente al decir que le dejamos un país en llamas». O Aníbal Fernández, afirmando que «vio cosas», en una especie de homenaje cifrado a Carlos Reutemann, quien para rechazar la candidatura que le ofrecían los Duhalde insinuó haber presenciado escenas irreproducibles de ese matrimonio.

Golpes bajos eran los de antes. El país recuerda campañas que merecían en serio el nombre de «sucias». ¿O Luis Barrionuevo no pedía la autopsia de «el Negro» Bujía, secretario privado de Duhalde, mientras se insinuaba que había muerto entreverado en un caso de drogas? Faltan muchos Flacos Kunkel para alcanzar siquiera 10% de ese tipo de agresiones. Sin mencionar, por macabros, episodios mucho más osados de ataque político: Duhalde, en Pinamar, al día siguiente del asesinato de José Luis Cabezas, diciendo «me tiraron un muerto» es sólo una foto que obliga a corregir todo el escándalo que se está montando hoy alrededor de una campaña mediocre hasta en los ataques.

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En un país donde el gobierno que más le pagó al Fondo Monetario Internacional en toda la historia todavía se beneficia con la imagen de duro e implacable que le proveen algunos medios de prensa, es lógico que se hable de «campaña sucia» en un proceso electoral en el que, en el colmo de lo insólito, Elisa Carrió anuncia que ya no hará más denuncias hasta el día de las elecciones. ¿Las hacía hasta aquí por obligación moral o por táctica marketinera? Por otra parte: ¿a qué denuncias insoportables se refiere? ¿A mencionar a Julio De Vido como «el cajero»? Antonio Cafiero ya lo había hecho con Nicolás Gallo, durante el gobierno de Fernando de la Rúa, y el cruce sólo mereció una aclaración en privado. A Carrió todavía le queda investigar a empresas como BTU, compraventas como las del fueloil «venezolano» o las razones por las que permanece abierta la consultora Ecolatina, de la familia Lavagna, para poder proclamar el fin de su etapa de denunciante. ¿O se quedará sólo en insinuaciones?

A Alberto Pierri, en 1993, le hicieron estallar un caso de negociaciones con empresas italianas de gas que se realizaron en la Cámara de Diputados que él presidía, por cuenta de otros legisladores. Ese año él compitió contra Federico Storani por las diputaciones bonaerenses. Unos meses después, Chacho Alvarez y Aníbal Ibarra destrozaron a Matilde Menéndez filmando el reparto de sobres con «retornos» que se distribuían desde una asociación de prestadores del PAMI. Hasta ahora esta campaña no ingresó en ese tipo de cinematografía, ni siquiera por las menciones de Cristina al gran Marlon Brando. Apenas se escucha a Ricardo López Murphy, quien por toda acusación señala que «Duhalde es la sucursal de Kirchner». Mirá cómo tiemblo. Hay una causa federal sobre cómo se financió la campaña presidencial de 2003, que por obligación cívica el candidato de Recrear debería aunque más no sea hojear. Salvo que su asesor ecuatoriano insista con que no debe enojarse con un presidente con los niveles de popularidad del santacruceño. A Menem le tocaron otros brebajes: hasta debió desayunar una mañana con la foto de su hijo extramatrimonial en la tapa de una revista de fin de semana. Esos temas, en la Argentina de hoy, afortunadamente son inimaginables.

Con refunfuñar y levantar la voz, Kirchner sólo logra despistar sobre inflexibilidades de fantasía, del mismo modo que le ocurre en tantos otros terrenos, sea el de las finanzas internacionales o el de las grandes empresas de servicios públicos. Hasta ahora no se animó a decir más que «Dios quiera que no se hayan malgastado el Fondo del Conurbano». Casi el exabrupto de un maestro de novicios, al lado de otros desenfrenos recientes. Como el del propio Duhalde, sin ir más lejos, que mandó a encarcelar a su antiguo socio Domingo Cavallo cuando su primer jefe en la SIDE, Carlos Soria, le hizo notar que con esa prisión, además de acercar a Carrió, se calmarían siquiera un poco las fieras del «corralito». El mismo caudillo de Lomas, siendo gobernador, se lanzó contra Armando Maradona y puso preso a otro Coppola (Guillermo), para encontrarle la puerta a Ramón Hernández, el secretario de Menem y amigo de la noche de aquel dúo. «A gente así jamás la recibiríamos en Olivos», dijo Chiche, cuando todavía tenía sangre en las venas.

Campañas sucias eran las de antes, no este diálogo de señoritas. O señoras.

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