28 de julio 2004 - 00:00

Captación de masa en el pasado reciente argentino

Captación de masa en el pasado reciente argentino
Pocas discusiones de las que se llevan adelante hoy en la Argentina tienen la artificialidad -¿habría que decir cinismo?- que exhiben los reproches del duhaldismo al gobierno sobre el modo, ciertamente complaciente, de tratar a los piqueteros. La Argentina es un país con alta tasa de desocupación desde hace una década. Y carece de un seguro de desempleo moderno y transparente. Lo caracteriza, en países serios, con indispensables redes de asistencia social en épocas críticas, que el beneficiario cada 3 o 6 meses debe mostrar pruebas de haber intentado obtener empleo. Por ejemplo, papel sellado de empresa, donde buscó sin éxito. Apenas se inventaron instrumentos rudimentarios, como los planes Trabajar o Jefas y Jefes de Hogar, concebidos ya con el virus de la marginación y el clientelismo. No hay fuerza política de las que tienen hoy vigencia en la Argentina que no haya estado involucrada, directa o indirectamente, con la administración de estas prestaciones.

A esta deficiencia se le agregó, en los últimos años, una desviación. Se trata de la decisión de convertir a los caudillos zonales piqueteros en canales para que esa asistencia social llegue a los que perdieron el trabajo. Eso les dio enorme ascendiente político. Hay muchos países con desempleo en el mundo, sobre todo en las sociedades modernas, en las que el crecimiento ya no está en relación directa con la creación de puestos de trabajo. Pero Estados que delegan la atención de los desempleados en organizaciones de activistas que cortan las rutas como forma de protestar hay uno solo: el Estado argentino.

Esta triste peculiaridad se inauguró durante el gobierno de la Alianza. Un ex concejal de La Matanza ligado al Frepaso, Luis D'Elía, se asoció con un intendente peronista, Alberto Ballestrini, para que, para levantar un corte en la Ruta 3, el gobierno acudiera hacia ellos y removiera ese "peaje" con asignaciones del Ministerio de Trabajo. El secretario privado de Fernando de la Rúa, Leonardo Aiello, y la ministra laboral de aquel momento, Patricia Bullrich, dieron ese paso. La relación entre Ballestrini y D'Elía quedó dañada un minuto después de esa "conquista", cuando no se pusieron de acuerdo sobre la proporción de los fondos obtenidos que les correspondía a cada uno.

Desde la provincia de Buenos Aires, un joven funcionario lleno de picardía, Aníbal Fernández, miraba la escena. El imaginó que a los piqueteros no había que padecerlos sino conducirlos y administrarlos. Desde el Ministerio de Trabajo bonaerense le ofreció a su jefe de entonces, Carlos Ruckauf, un método para lograr ese objetivo. Estableció un régimen de relaciones opacas, que saltó a la luz cuando Carlos Reutemann lo acusó con nombre y apellido de estar utilizando a esos grupos piqueteros como factor de desestabilización del gobierno de Santa Fe.

Entre aquellas donaciones de Aielo y estas acusaciones de Reutemann se produjeron algunos cambios. Por ejemplo, cayó el gobierno de la Alianza. Fernández llegó a la Secretaría General de la Presidencia gracias a que Duhalde alcanzó la Presidencia de la Nación. ¿Cuánto tuvieron que ver los piqueteros ligados al Estado en esos progresos? ¿Cuánto intervinieron en la coproducción del golpe bonaerense contra el gobierno De la Rúa? Son preguntas que bien podría contestar el diputado Miguel Bonasso, quien llevó reducida a un libro la teoría conspirativa ya expuesta en los diarios según la cual entre el duhaldismo, el aparato bonaerense del PJ, más un ala radical antidelarruista, un grupo de piqueteros y un sistema policial complaciente se volteó un gobierno democrático. Pero Bonasso ahora camina del brazo de D'Elía, sin pensar demasiado en lo que pasó y tampoco en lo que puede pasar.

Con el gobierno de Duhalde, Aníbal Fernández le dio una entidad de sistema a lo que en La Plata era apenas un ensayo. Encontró las condiciones ideales: un presidente deprimido y aterrorizado por las muertes de Kosteki y Santillán en Avellaneda. Y un movimiento piquetero que abría sus fauces en busca de más recursos. En esas circunstancias se dio un paso más hacia la deformación actual. Ahora se convertiría a las organizaciones de piqueteros en los canales a través de los cuales se accedería a los planes Jefas y Jefes de Hogar. El actual ministro del Interior acaba de recordar este paso gigantesco al decir que desde la muerte de Kosteki y Santillán el duhaldismo cambió de enfoque ante el problema piquetero y le encargó a él el trato con esas organizaciones. Con el manejo de esa llave, Aníbal Fernández va construyendo una ascendente carrera política. ¿Lo llevarán los piqueteros ahora a la Casa de Gobierno de La Plata, como él sueña? Digresiones.

A lo que hay que prestar atención es a esa decisión del gobierno de Duhalde por la que los piqueteros se convirtieron en prestadores. Porque es a partir de esa resolución que se incubó el problema que hoy padece el país: la identificación entre piqueteros y desocupados. Cuando el Estado decidió, por orden del duhaldismo, delegar la atención del drama urgente de la desocupación en organizaciones de activistas políticos o sociales, entregó una dosis de poder que ahora resulta muy difícil recuperar. ¿Cómo reprimir a aquellos a los que el propio gobierno reconoce como la voz de los desempleados hasta el punto de encargarles la atención de esa calamidad social?

Los militares de los años '60 (Onganía, Levingston, Lanusse) se vieron también acosados por organizaciones que amenazaban con desbordarlos. El Cordobazo fue una experiencia tan traumática para aquella dirigencia "de facto" como los desbordes de los años 2001 y 2002 lo fueron para la clase política actual. Atemorizados, aquellos militares del '60 pusieron en las manos de los sindicalistas que dialogaban con ellos un dispositivo estratégico en la organización de cualquier sociedad: la administración de la salud. Esta cesión otorgó a los gremialistas un poder impresionante, del que están destinados a gozar por mucho tiempo. Es una peculiaridad a la que el país ya se acostumbró, que el sindicalismo trate un tema ajeno a sus fines tradicionales, como es la salud. Y al solo propósito de darles "caja". ¿Habrá que acostumbrarse también a que la desocupación la atiendan los piqueteros, a cambio de una "cuota social" que ellos descuentan de cada plan Jefas y Jefes...? El país está dando este paso y podría ser luego tan difícil de erradicar como lo es hoy sacar las manos sindicales de la salud.

El aporte de Kirchner a este proceso de deformaciones ha sido la politización abierta de estas organizaciones de activistas. La intervención de estos grupos en la campaña electoral y en la realización misma de los comicios fue prácticamente nula. Ni Duhalde se animó a más. Tal vez innovar de este modo hubiera significado desplazar a esa trama de dirigentes y punteros en la que él afinca su poder suburbano. Pero el Presidente sí dio ese paso.

A Kirchner se le reprochan hoy dos conductas en relación con este tema. La primera es renunciar a su rol de garante del imperio de la ley y el Estado de Derecho, permitiendo sin intervención alguna que se invada la propiedad privada, se tomen locales comerciales en una nueva modalidad de " saqueo administrado", se capturen casillas de peaje y, en el paroxismo, se tomen comisarías y desmonten sedes legislativas.

Para justificar su negligencia, el Presidente dio una explicación que agrava el problema. Dijo que no podía reprimir "con esta Policía de gatillo fácil". Esa excusa fue casi una orden de no intervención a las fuerzas del orden ante cualquier delito. ¿Qué agente policial va a desenfundar su pistola ante un robo o un copamiento si la autoridad máxima del Poder Ejecutivo la amenaza, "ab initio", de ser susceptible de un juicio por violación a los derechos humanos?

En esta postura, el Presidente tiene un solo atenuante. Es un atenuante de naturaleza política que está en el corazón de su drama: ¿cómo reprimir a aquellos que, por iniciativa de sus antecesores y de él mismo, han sido ubicados en el rol de representantes de los desposeídos? ¿Cómo podría tolerar la sociedad que se castigue a los desocupados? Este enfoque aberrante es la consecuencia de aquellas concesiones que fueron realizando, progresivamente, De la Rúa, Duhalde y, ahora, Kirchner, hasta dotar a los piqueteros de una representatividad excesiva e inadecuada.

El otro reparo que cabe en el comportamiento del Presidente es la consagración de un sector de los piqueteros como facción interna de la lucha político partidaria. Ese paso fue dado por el gobierno cuando envió tres de sus ministros a un acto político en el que D'Elía hacía su lanzamiento contra el duhaldismo en la provincia de Buenos Aires. Se trató de un error del que Kirchner deberá arrepentirse: porque ese reconocimiento y consagración política de los piqueteros terminará por devorarlo a él, como ya comenzó a suceder. Porque a D'Elía le importó poco tomar una comisaría cuando desde hacía una semana se lo había consagrado como el representante de un gobierno democrático. El daño de su conducta afectó especialmente a Kirchner. O, dicho en otros términos, la jerarquización que le concedió el Ejecutivo no fue correspondida con un cambio de actitud de estas organizaciones. Los piqueteros están decididos a seguir cortando rutas, atacando empresas y tomando comisarías -como dijo Hebe de Bonafini con el aplauso de D'Elía a su lado- y será legítimo imputarle al gobierno la complicidad con esos delitos hasta que retire la bendición extendida en Parque Norte hace un mes.

Se podría esperar que Kirchner vuelva atrás de ese desacierto grave de asociar políticamente su gobierno a un grupo con comportamientos ilegales. Al cabo de una semana, esa alianza lo afectó a él antes que a Duhalde, contra quien estaba dirigida. Existen, sin embargo, algunos datos desalentadores para esperar esa corrección. El primero es que cuando ejercía el poder en Santa Cruz el actual elenco gobernante ya recurrió a los militantes políticos del Frente para la Victoria como fuerza de choque, sobre todo en los enfrentamientos con "caceroleros" en los años 2001-2002. ¿Se estaría ahora en presencia de una nacionalización inquietante de ese método? El segundo dato es que lo que está ocurriendo se corresponde con una matriz muy íntima del PJ. El peronismo nació en los años '40 como una forma de absorción desde el Estado de los sindicatos dispersos que ya no dominaban ni socialistas ni anarquistas y buscaban más reconocimiento de los gobiernos, para lo cual reclamaban unirse. Esto fue una tentación para aquel coronel astuto e innovador. Esos sindicatos, eran organizaciones disociadas (en esa calidad realizaban las protestas que, en 1919, dieron lugar a
"La Semana Trágica»), como son hasta ahora los piqueteros. Perón las convirtió en parte del aparato del Estado y las politizó hasta llamarlas "columna vertebral del movimiento".

En los años '60 y '70, se produjo el mismo fenómeno pero ahora con las organizaciones armadas, integradas a una fuerza política para la recuperación del poder. Es cierto que el Perón de los '70 no actuó como en sus dos anteriores períodos presidenciales, el segundo frustrado por la revolución militar de 1955. Resistió la demanda de las organizaciones guerrilleras de convertirse en parte del sistema estatal y las expulsó de la Plaza cuando desafiaron su poder.

Hoy el país tiene ante los ojos un proceso con llamativos rasgos de familia con aquellos otros dos experimentos peronistas. ¿Echará Kirchner a los piqueteros de su plaza? ¿O insistirá en incorporarlos, ya no al aparato del Estado sino a su propia organización política como " columna vertebral del movimiento"? Esa es la disyuntiva que deberá resolver.

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