9 de agosto 2004 - 00:00

Casi un único tema para un diálogo Kirchner-políticos

Pero hay algo que podrían dialogar bien el gobierno y la principal oposición, la democrática, desde ya: asumir una declaración conjunta contra el accionar violento de los piqueteros. Allí el gobierno no arriesga en un diálogo y pierde ante la sociedad el que lo rechazara. Esos democráticos hablan de no reprimir con violencia y está bien que sea así; pero aun defendiendo el derecho a circular y no permitir toma de edificios, públicos y privados, con policías sin armas y sólo con elementos disuasivos antimotines pueden sobrevenir hechos de sangre. En La Plata se vieron policías ensangrentados pero ningún piquetero lastimado. Ni siquiera detenido más de un día. Pero no siempre será así.

Un gobierno tiene derecho, como sucede en las democracias consolidadas, a exigir a su oposición no especular con determinados hechos de Estado y la violencia piquetera hoy lo es. En España, el Partido Popular y el Socialista nunca hicieron especulación política en la lucha contra el terrorismo de ETA. En EE.UU. John Kerry ataca la política de su rival George Bush en Irak pero jamás dice que retiraría las tropas norteamericanas de ese país. En la política siempre debe haber códigos y éstos surgen de diálogos y dan fuerza, sin maridarse gobierno y oposición.

La frase más comentada del fin de semana fue la del presidente Néstor Kirchner en el acto de Florencio Varela el jueves pasado: «No convocaré a aquellos que se muestran para dialogar y después tratan de que al gobierno le vaya mal».

Es lógica la preocupación por la frase, aun cuando los discursos presidenciales no parecen tener mucha meditación previa -siempre son pronunciados en estado de agresividad y muy frecuentemente son luego sometidos a aclaraciones o directamente a rectificaciones-.

Si el Presidente quiso referirse a los que desean que al gobierno le vaya mal, aunque se perjudique al país, está perfecto en no recibirlos. Sería el caso de aquel político radical Federico Storani que, hará 10 años, dijo: «Aunque por eso no arregle el país, yo quiero que no le vaya bien a Menem».

Pero podría tener otro sentido la frase presidencial: que no quiera recibir a los que desean que le vaya mal al gobierno, pero electoralmente, o sea en los próximos comicios. Si éste fue el sentido -y es muy posible que lo haya sido-preocupémonos por el país porque en toda democracia (seria) el o los partidos opositores en forma natural desean que al que posee el poder le vaya mal en elecciones para sustituirlo. Es obvio.

Hay otra derivación. Si Kirchner va a convocar al diálogo a los que desean que al gobierno le vaya bien en una elección como la legislativa de 2005, o es gente hoy sin votos para ganar comicios -tipo los radicales Leopoldo Moreau y Raúl Alfonsín-o se reunirá el Presidente sólo con su «minimesa» (como Menem tenía su «minicarpa», aunque ésta se usaba más para gestiones y negocios); con su esposa, Cristina Kirchner; Alberto Fernández; Julio De Vido, y Carlos Zannini.

Los gobiernos suelen convocar al «diálogo nacional» cuando están al borde del abismo -por caso, Fernando de la Rúa el 17 y 18 de diciembre de 2001, sin eco, por lo que debió renunciar el 20-. Pero normalmente mantienen diálogos partidarios. En cambio, este gobierno ha despreciado a los políticos y hasta a los partidos tradicionales. No es bueno porque, además, es una gestión personalista: quien no vio a Kirchner parece que en el gobierno no vio a nadie. No hay hoy en este gobierno alguien que cumpla las funciones antes de un Carlos Corach, un Chrystian Colombo, un «Coti» Nosiglia. Alberto Fernández se acerca a ese rol pero lo desautorizan hasta cuando opina que la influencia de la cumbia villera sobre robos y droga es mala.

No es pensable que Ricardo López Murphy o Mauricio Macri lo vayan a acompañar al gobierno tras un diálogo con el absurdo de enfrentar al Fondo Monetario (aun cuando López Murphy sea el argentino más amigo de Rodrigo Rato, nuevo titular del Fondo), tal como bastante alocadamente plantea hoy Roberto Lavagna al ver que llega a su fin su pésima teoría de «demorar, siempre demorar».

• Desaire

Elisa Carrió quizá -aunque ahora esté girando hacia el liberalismo-lo acompañe en ese repudio pero lo destrozaría en todo lo demás, aparte de que al opinar hiere mucho sin aportar soluciones y ansiaría decir que sí a la Rosada y luego dar un portazo para desairarla. Jorge Sobisch y los partidos del centro en provincias serían más útiles en diálogo. La CGT no le sirve: viven sólo para sus bolsillos los sindicalistas y ahora quieren arrancarle al gobierno $ 30 mensuales para darle obra social a cada uno del millón setecientos mil titulares de los planes para desocupados (o sea que quieren recibir unos 50 millones de pesos mensuales, nada menos).

Pero hay algo que podrían dialogar bien el gobierno y la principal oposición, la democrática, desde ya: asumir una declaración conjunta contra el accionar violento de los piqueteros. Allí el gobierno no arriesga en un diálogo y pierde ante la sociedad el que lo rechazara. Esos democráticos hablan de no reprimir con violencia y está bien que sea así; pero aun defendiendo el derecho a circular y no permitir toma de edificios, públicos y privados, con policías sin armas y sólo con elementos disuasivos antimotines pueden sobrevenir hechos de sangre. En La Plata se vieron policías ensangrentados pero ningún piquetero lastimado. Ni siquiera detenido más de un día. Pero no siempre será así.

Un gobierno tiene derecho, como sucede en las democracias consolidadas, a exigir a su oposición no especular con determinados hechos de Estado y la violencia piquetera hoy lo es. En España, el Partido Popular y el Socialista nunca hicieron especulación política en la lucha contra el terrorismo de ETA. En EE.UU. John Kerry ataca la política de su rival George Bush en Irak pero jamás dice que retiraría las tropas norteamericanas de ese país. En la política siempre debe haber códigos y éstos surgen de diálogos y dan fuerza, sin maridarse gobierno y oposición.

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