Apoltronado frente altelevisor en su casa de Núñez, Carlos Menem, con el control remoto en lamano, alternaba anoche entre el programa de Susana Giménez y «Polémicaen el bar». En el primero, Cecilia Bolocco reconocía su relaciónpasional con él y reconocía haberse rendido al sortilegio de su mirada. En elotro, los panelistas bromeaban con el uno a uno del clásico del domingo.Cuando, en el segundo bloque de Susana apareció Django cantando,el ex presidente se quedó definitivamente con la mesa de Gerardo Sofovich.Al fin, se fue a su cuarto privado a acicalarse: a las 22.30 debía llevar acenar a Cecilia a Señor Tango, donde terminaron esa jornadalluviosa.
En «Telefé», Cecilialo había dicho con acento de chilena enamorada: «Los ojos, me inspiransus ojos. Tiene un ángel particular, único. No es alto, pero irradia unaenergía tan potente». Y, una y otra vez, volvió sobre su arma de seducción:la mirada. «¿No te mandó flores?», le preguntó Susana. «No, nome mandó nada. Pero me miró a los ojos, y fue suficiente».
Vaticinio
La ex Miss Mundo,estrella de la TV chilena y, según también la llamó ayer Susana,eventual futura primera dama, compartió anoche emociones con su anfitriona en«Telefé»: la chilena, por reconocer en cámaras la relación sentimental con elex presidente; la segunda, porque lo haya dicho por primera vez en su programa.
Una asistente, veloz,les alcanzó en un momento una caja de papel tissue para enjugar lágrimas. Hayquienes dicen que la producción pagó 30.000 dó-lares por la exclusiva de laconfesión, el mismo valor --agre-gan-que cobró Susana por una apariciónen la TV de Chile. Pero el encuentro se vio tan espontáneo, que el dato hastapodría ser pasado por alto.
El capítulo familiar notardó en aparecer: «Ayer cenamos en casa de Eduardo (Menem), y fue una nochemuy especial para mí. Me sentí en familia. No sé qué me pasa últimamente porqueestoy muy sensible. Me siento querida. Eso que no lloré ni siquiera cuandoenterraron a mi hermano, pero cuando la gente te abre el corazón, me conmueve.Así me siento yo hoy», decía Cecilia, quien sin embargo no mencionónunca por su nombre a «Carlos».
Pero Susana,claro, debía continuar destrabando enigmas. «¿Qué hacen, son case-ros,juegan a las cartas, miran televisión?». Una sonrisa cruzó el rostro de Cecilia,acorralada con detalles de entrecasa. «Mira, la verdad es que no tenemosmucho tiempo. Cuando nos encontramos aprovechamos para conversar, ir a cenar,conocernos. Bueno, sí, y a veces jugamos a las cartas». «¡Qué bueno!»,explotó Susana. «Ninguna pareja deja de jugar a las cartas. Claro,además de hacer otras cosas, pero jugar a las cartas, siempre». Las cartassí, pero no el golf: «Ultimamente, sólo acarreo palos» comentó Cecilia,sin -claro-alusión alguna a ningún maltrato. Por el contrario, agradeció a laprensa, la chilena y la argentina, la relación que habían tenido con ella. «¡Perodeben estar muertos de curiosidad!, contá algo más», suplicaba Susana,antes de llegar a otros temas sensibles. Como la hija. «Zulemita va aentender esto», dijo Cecilia, sin que una sombra fugaz dejara deempañar su felicidad. «Entiendo a Zulemita. La relación con su padre es lamisma que yo tengo con el mío. Pero ella debe tener la certeza de que nada deeso va a cambiar. Yo vengo de una familia muy unida, y en casa de Eduardo mesentí de la misma manera.» Cuando Susana se enteró de que ambas nose conocían, le restó importancia: «Se van a llevar bárbaro».
Igual que como sellevan ellas: luego de decirse, una a la otra, lo dulce que eran, Susana sedesahogó: «Me encanta que nos podamos decir todas esas cosas después de laspavadas que se publicaron. Dijeron que vos me ibas a reemplazar, que no nosllevábamos bien y todas esas cosas.
Pero no hablemos deeso sino de la felicidad de ustedes dos»,cortó Susana.
En los planes de felicidad figura, desde luego, la posibilidadde ser primera dama en el 2003: «No lo sé, no es momento para hablar de eso.Ahora quiero estar cerca de la genteque amo», se explayó Cecilia. «¡Epa!», irradió Susana.«¡Estás contestando todo!».Y Cecilia, cuya destreza en




Dejá tu comentario