Barrionuevo, Palazzo y los jarrones chinos de la CGT

Política

El armado que por ahora contiene a los “gordos” y suma al sector de Moyano deja interrogantes acerca del dirigente que más detesta y al que más respalda Cristina de Kirchner.

El principio de acuerdo para reunificar la CGT desde el Congreso interno pautado para el 11 de noviembre parte de un consenso generalizado para alumbrar una nueva conducción colegiada, con otro triunvirato por ahora reservado para Héctor Daer, Pablo Moyano y Antonio Caló como anticipó este diario, y abre otros interrogantes sobre dirigentes que cuentan con estructura propia y lugar incierto en el futuro armado. En particular, el gastronómico Luis Barrionuevo y el bancario Sergio Palazzo, exponentes de dos polos internos en apariencia ubicados en extremos opuestos de la central obrera y a quienes la pretensión unionista obliga a designarles un espacio de relieve.

Es que ninguno de los dos encaja en el entendimiento que alcanzaron los “gordos” de los grandes gremios de servicios y los “independientes” de buen diálogo con cada gobierno con el sector de Hugo Moyano pero, por diferentes razones, ambos son insoslayables. En el caso del gastronómico, porque a pesar de estar al frente de un espacio en continua merma fue vital para sostener el dúo integrado por Daer y Carlos Acuña que se apresta a finalizar un mandato de un lustro entre dos gobiernos.

El bancario, por su parte, arrastra el pecado original de ser radical y no debe lealtades a ninguno de los grupos con mayor poder pero al mismo tiempo es el preferido de Cristina de Kirchner y fue su mayor beneficiario en el reparto de candidaturas para las legislativas con el cuarto lugar en la lista para diputados nacionales por la provincia de Buenos Aires.

Camionero

El diseño provisorio sobre el que se trabaja para el Congreso de renovación de autoridades contempla la continuidad de Daer, el ascenso del hijo mayor de Moyano y la vuelta de Caló al máximo sitial de la CGT, un cargo que ya ocupó cuando la central se desdobló en tiempos de Cristina de Kirchner y el camionero quedó con la sede central pero sin el sello, que la entonces Presidenta le reservó al metalúrgico en alianza con los “gordos” y los “independientes”. De este último sector el borrador prevé otro mandato como adjunto para el estatal Andrés Rodríguez (UPCN), en Internacionales para Gerardo Martínez (albañiles, Uocra) y en Previsión para José Luis Lingeri, tres de los inamovibles.

Como novedades está pautado que la secretaría Gremial quedará para un alineado con Moyano, entre los que se nombra al adjunto de los mecánicos del Smata, Mario Manrique, y la de Interior para quien designe Caló. Otro histórico como Armando Cavalieri (Comercio) que ocupa la actual secretaría de Relaciones Institucionales, analiza dejarle ese lugar a su delfín, Carlos Pérez, quien capitanea la poderosa obra social Osecac. Nadie discutirá la permanencia de otros referentes como Amadeo Genta (municipales porteños), Sergio Romero (docentes, UDA) o Rodolfo Daer (Alimentación) en sus cargos en el Consejo Directivo.

Otra premisa es que la variedad de sellos y subsellos que componen la vida interna de la CGT estará en su totalidad, por ahora, representada en el futuro Consejo Directivo. Así, la ingeniería que ya contiene lugares reservados para siglas como la CATT (gremios del transporte), o Csira (industriales) deberá sumar espacios para la Catheda (organizaciones de la energía), el Semún (Sindicatos en Marcha por la Unidad Nacional, del ferroviario Sergio Sasia), el MASA (Movimiento de Acción Sindical) o el Núcleo del MTA. También, para Roberto Fernández (colectiveros, UTA) y Omar Maturano (maquinistas de trenes, La Fraternidad), automarginados de la CATT una vez que Moyano se hizo del control de ese sello a principios de octubre.

En principio habrá espacio para todos por dos razones: a los actuales 35 cargos del Consejo Directivo (25 secretarías y 10 vocalías) se sumarán ocho secretarías (cuatro nuevas y otras tantas que desdoblarán sus incumbencias). Además en cada uno de los cargos (excepto en la Secretaría General y la Tesorería) deberán repartirse labores un hombre y una mujer del mismo sindicato. Ese armado abre chances para cobijar a todas las escuderías.

Más difusa es la situación de la otrora independiente Corriente Federal de Trabajadores (CFT), que en 2016 impulsó el bancario Palazzo junto al gráfico Héctor Amichetti y el piloto aeronáutico Pablo Biró cuando renunciaron a integrarse al Consejo Directivo que tendría al frente al trío Daer, Carlos Acuña y Juan Carlos Schmid. Con el tiempo y las diferencias aquel grupo perdió relieve interno aunque de allí surgieron dos diputados nacionales, Vanesa Siley (judiciales del Sitraju) y Walter Correa (curtidores), ungidos como tales por Cristina de Kirchner. De ese deshilache parten las dudas por el espacio que obtendrá Palazzo, a quien sus rivales internos le endilgan haberse salido del acuerdo de 2016 cuando le negaron la secretaría adjunta de la central.

Impensado

El caso de Barrionuevo es similar y opuesto al mismo tiempo. Es el dirigente que más detestan la vicepresidenta y La Cámpora pero mantuvo hasta ahora a su alfil, Acuña, como garante de la unidad interna con “gordos” e “independientes”. Alguna vez al frente de la denominada “CGT Azul y Blanca”, que contabilizaba una treintena de sindicatos de servicios de mediano porte a chico, el gastronómico vio reducirse su estructura a media docena de organizaciones pero todavía da pelea: días atrás sentó a Alberto Fernández en un escenario de su gremio (Uthgra) para el lanzamiento de un programa de reconversión de planes sociales en empleo dentro de la actividad. Una foto impensada en un Gobierno peronista desde que en 2003 sus seguidores corrieron a huevazos a Cristina en una visita a Catamarca.

Si bien Barrionuevo ocupa una silla del Consejo Directivo mediante Argentino Geneiro, responsable de Capacitación de la Uthgra y de la CGT, lo más delicado de la negociación de este mes será el futuro de Acuña. Ante cada consulta el jefe de los estacioneros alega no tener mayores apetencias personales pero en ninguna de ellas reniega de la posibilidad de continuar por cuatro años. Cumple con la máxima del sindicalismo peronista: nadie renuncia a un cargo si no es por un destino más apetecible. Y, en su caso, quien juega su prestigio y capacidad de resiliencia es el gastronómico.

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