Comentarios políticos de este fin de semana
(Categorización: Imprescindible, Bueno, Regular, Prescindible)
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Despidos en el Servicios Meteorológico: crecen dudas (y sospechas) por plan de "modernización"
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Reforma laboral: a pedido de un gremio minero, la Justicia volvió a frenar parte de la ley
Aníbal Ibarra y Cristina F. de Kirchner
«Clarín».
«La Nación».
GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».
Regular. El ensayo de ayer está referido a la necesidad que se presentará, según Grondona, de una especie de acuerdo de La Moncloa argentino para después de las elecciones de octubre. Una iniciativa de la que ya se ha comenzado a hablar en algunos cenáculos políticos y que expuso en Ambito Financiero la semana pasada el peronista Ricardo Romano. ¿A qué se refiere Grondona con esta idea? A que existen ya razones poderosas que configurarán una nueva crisis en el mediano plazo. La más importante de esas razones es la falta de inversión, la falta de atractivo que presenta la Argentina para quienes buscan hacer negocios en el mundo. Este problema de medianoplazo, sugiere el ensayista, debe ser advertido a tiempo. De lo contrario, la miopía nacional nos hará tropezar con la misma piedra que en la crisis de 2001/2002: ese colapso ya estaba inscripto en el desajuste fiscal que comenzó a pesar gravemente sobre la convertibilidad a partir de 1997. La exposición de Grondona es correcta. Lo sería más si consignara algunas observaciones adicionales. Por ejemplo, la fenomenal crisis financiera internacional de 1997, que se prolongó desde el Sudeste Asiático hasta Brasil y la Argentina, demostrando que la onda expansiva del capitalismo posterior a la implosión del «socialismo real» iba a ser más corta de lo que todos los pronósticos preveían. Tampoco apunta la nota algo que algunos analistas destacan todavía en forma difusa: hay una lógica explosiva en los regímenes de tipo de cambio fijo, siempre. No sólo porque ceban la financiación porque disponen de un seguro de cambio sino, también, porque nadie sale de ellos en el mejor momento, que es cuando más se disfruta de sus beneficios políticos. Cuestiones que dejan de ser históricas por un detalle que Grondona sólo sugiere al pasar: pasamos del 1 a 1 al 3 a 1, dice, sugiriendo que la actual política cambiaria de Kirchner/Lavagna es mucho más familiar a la convertibilidad de los '90 que lo que sus autores están dispuestos a aceptar.
VERBITSKY, HORACIO.
« Página/12».
Prescindible. El columnista se gana la jornada cumpliendo el mismo rol que los cronistas reales con los reyes de antaño: darles coherencia ideológica y sentido histórico a gobiernos que son el resultado de una mezcla de sonido y de furia, producto de la reacción intuitiva y repentina a los problemas de la hora. Es lo que hace Verbitsky en su panorama de ayer, parecido a lo que intentaba hacer un Jorge Castro para Carlos Menem, tratar de ponerle lustre dialéctica a la improvisación. Si hay un gobierno sin plan ni ideología es el de Néstor Kirchner, que se alimenta de la tradicional forma de acumular fuerza de los gobiernos peronistas: masacre al adversario, «verdugueo» a la propia tropa y buscar el mejor « posicionamiento» frente a las cuestiones del día. Eso es lo que traduce el método Kirchner de la prueba y el error: arrancó con garantismo en seguridad pero la administra con blumberismo, prometió palos al FMI y le paga como ninguno, agita nueva política y se mueve con el geriátrico partidario que hereda del PJ, el Frepaso y hasta la UCR en algunos distritos. Esa fórmula tumultuosa la traduce Verbitsky para sus lectores -especialmente de la Casa de Gobierno, que a veces no entienden ni lo que ellos mismos hacen- como el cumplimiento de un plan cuidadosamente pensado. Por ejemplo, cuando dice que la pelea con Eduardo Duhalde es irreversible porque obedece a diferencias de fondo, cuando la razón de ese divorcio entre quienes piensan igual en los temas fundamentales es por la única razón por la cual se confronta en política, por decidir poder, por resolver quién de los dos manda. Por eso ésta es una pelea sucia, casi de alcoba, arrojándose las cacerolas que compraron juntos o les regalaron sus parientes el día de la boda, y no una confrontación política entre adversarios que piensa distinto... Con estos prejuicios se echa Verbitsky a difundir los mismos pronósticos que los demás cronistas amigos del gobierno de ayer: que Cristina aplasta a Chiche y que eso es necesario porque Kirchner necesita la legitimidad que no le dieron las urnas en 2003. Con desparpajo, repasa el mapa celebrando cómo planea el gobierno instaurar un sistema hegemónico: desplazarlos a Duhalde y a Menem, neutralizarlo a Jorge Sobisch en Neuquén y tratando de mejorar la mala performance de Rafael Bielsa en la Capital Federal. Despachando viejas cuitas setentistas, Verbitsky mortifica al canciller candidato por las expresiones desopilantes del reportaje de «La Nación» de hace una semana, donde Bielsa habla de apariciones de la Virgen y también discurre sobre el parecido entre él y Cristina de Kirchner con Liz Taylor y Richard Burton. Verbitsky omite decir que en ese reportaje Bielsa derrama elogios desmesurados (e incomprensibles) sobre la figura del fallecido jefe montonero Rodolfo Galimberti, que dedicó sus últimos años a tratar de demostrar en la Justicia las responsabilidades de Verbitsky en algunas escaramuzas de la banda terrorista que compartieron. Como siempre, lo personal pesa en las expresiones de este columnista, y al garrotazo a Bielsa, sigue la descalificación de sus demonios particulares: Aníbal Ibarra, a quien le pide que le ponga fecha al plebiscito de revocatoria de mandato, a Daniel Scioli (sólo por ser quien es...) y a Felipe Solá, a quien no le perdona, como al resto de los aliados de su jefe Kirchner, que haya estado al lado de Eduardo Duhalde.
También Roberto Lavagna se lleva su descalificación de este asesor presidencial. Claro, al ministro le cabe el pecado de contigüidad: no tuvo mejor idea que presentar un libro con el cardenal Jorge Bergoglio, otro de los condenados en la divina comedia semanal de este columnista (dicho esto con el mayor de los respetos por Alighieri, claro). Por suerte el patrullero Verbitsky decidió dejar las armas. A Lavagna le imputa, por ejemplo, la calidad política o moral de los concurrentes al acto, que el ministro no invitó (se ensaña especialmente con el padre dominico Aníbal Fosbery, que en una muestra de tolerancia llamativa concurrió a escuchar a dos jesuitas). A Bielsa, para finalizar, lo llama nuevo monstruo que pretende suceder a Menem en su afán por complacer a Washington. Novedoso género el que inició Verbitsky con este gobierno, práctica fascistoide que podría denominarse «escracho para la corona».




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