12 de septiembre 2005 - 00:00

Comentarios políticos de este fin de semana

(Categorización: Imprescindible, Bueno, Regular, Prescindible)

Aníbal Ibarra y Cristina F. de Kirchner
Aníbal Ibarra y Cristina F. de Kirchner
VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».

Prescindible. El columnista dedica mitad de su nota a sostener la tesis de que, si Néstor Kirchner no consigue imponerse en Capital Federal y Santa Fe, para los próximos comicios de octubre, cualquier victoria bonaerense será menguada. Analiza después los dos distritos. Sobre todo el santafesino, de donde Van der Kooy es oriundo. Allí, dice, hay infinidad de razones para que gane el socialismo. Pero sobre todo una: en Rosario Hermes Binner le estaría sacando al ignoto Agustín Rossi 20 puntos de distancia, casi imposibles de descontar en el resto de la provincia. Respecto de Capital, la nota se muestra escéptica con las posibilidades de Rafael Bielsa, otro rosarino. Sintetiza el problema central de la campaña del canciller, tal como lo explican en la Casa Rosada: no quiere abrazarse a la figura de Néstor Kirchner. La nota, sin embargo, no dice una sola palabra sobre un tema crucial para evaluar la suerte del gobierno con el electorado metropolitano: la irrupción del caso Cromañón en plena campaña, tanto por los movimientos del fiscal de la causa como por la polémica desatada en torno al dictamen de la comisión investigadora de la Legislatura.

Sólo se recuerda un detalle: que Bielsa habló a favor de ese dictamen que condena a Ibarra. Termina Van der Kooy con dos lugares comunes de estos días. Describe el cerco de Aníbal Fernández sobre la Plaza de Mayo y sugiere, sin llegar a decirlo del todo, que el objetivo del operativo es aislar a los piqueteros de la sede oficial más que garantizar el derecho de los vecinos a transitar por la Ciudad. De los piqueteros Van der Kooy pasa a la cumbre marplatense de noviembre. Quita dramatismo -enmendándole la plana a la nota de Joaquín Morales Solá de la semana pasada- a las dificultades para coincidir en un documento colectivo y también asegura la presencia de George W. Bush en la reunión. Con la misma serenidad, el columnista del monopolio afirma que la salida de Suez de Aguas Argentinas carece de importancia para Kirchner y su gobierno, ya que tendrá un año para reemplazar a ese inversor y, además, le permite no anunciar aumentos de tarifas antes de las elecciones.


MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación».

Prescindible. El columnista dedica su nota a dos temas que ya había tratado anteriormente. La salida de Suez de Aguas Argentinas y la Cumbre de las Américas en Mar del Plata. Sobre el primer tema dice que la decisión de romper la negociación fue de Néstor Kirchner y que para tomarla no consultó con nadie de su gobierno. Morales Solá defiende los intereses de Francia que, dice, no deberían haber recibido una respuesta destemplada.

Afirma, además, que el gobierno negoció con el sindicato de Aguas y con un banquero argentino -al que no menciona- para que se hagan cargo de la empresa. Se queja también de esa modalidad, diciendo que los sindicalistas y los banqueros deben beber agua, no servirla. Sensato en el primer caso, increíble en el segundo: ¿o no es la Caixa de Cataluña la dueña de las principales compañías de servicios públicos de España, a las que tantas veces el columnista ha defendido? Después Morales Solá se sumerge en un problema que él mismo creó la semana anterior: las dificultades que encuentra la Embajada de los Estados Unidos para que la cumbre de Mar del Plata satisfaga su política regional. Al parecer, habría un documento común. Esta cuestión permite que la nota se refiera a algunos detalles de la política regional norteamericana. Por ejemplo, que Roger Noriega fue reemplazado por Tom Shanon como subsecretario para Asuntos Hemisféricos por su fracaso en la neutralización de Chávez. También dice Morales Solá que Bush debería estar en Mar del Plata para no aparecer más aislado de lo que está. Llama la atención que el periodista escriba sobre el presidente de los Estados Unidos y su política internacional sin consignar siquiera la doble Nelson que le han aplicado la desastrosa política de seguridad interior frente al huracán Katrina y las enormes dificultades tácticas de su política exterior, agravadas este fin de semana por las vengativas declaraciones de Colin Powell, quien dijo que la defensa que realizó de la intervención en Irak en la ONU es una mancha en su carrera. Pésimo presente para un Bush que debe presentarse esta semana en ese organismo internacional.

GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».

Regular.
El ensayo de ayer está referido a la necesidad que se presentará, según Grondona, de una especie de acuerdo de La Moncloa argentino para después de las elecciones de octubre. Una iniciativa de la que ya se ha comenzado a hablar en algunos cenáculos políticos y que expuso en Ambito Financiero la semana pasada el peronista Ricardo Romano. ¿A qué se refiere Grondona con esta idea? A que existen ya razones poderosas que configurarán una nueva crisis en el mediano plazo. La más importante de esas razones es la falta de inversión, la falta de atractivo que presenta la Argentina para quienes buscan hacer negocios en el mundo. Este problema de medianoplazo, sugiere el ensayista, debe ser advertido a tiempo. De lo contrario, la miopía nacional nos hará tropezar con la misma piedra que en la crisis de 2001/2002: ese colapso ya estaba inscripto en el desajuste fiscal que comenzó a pesar gravemente sobre la convertibilidad a partir de 1997. La exposición de Grondona es correcta. Lo sería más si consignara algunas observaciones adicionales. Por ejemplo, la fenomenal crisis financiera internacional de 1997, que se prolongó desde el Sudeste Asiático hasta Brasil y la Argentina, demostrando que la onda expansiva del capitalismo posterior a la implosión del «socialismo real» iba a ser más corta de lo que todos los pronósticos preveían. Tampoco apunta la nota algo que algunos analistas destacan todavía en forma difusa: hay una lógica explosiva en los regímenes de tipo de cambio fijo, siempre. No sólo porque ceban la financiación porque disponen de un seguro de cambio sino, también, porque nadie sale de ellos en el mejor momento, que es cuando más se disfruta de sus beneficios políticos. Cuestiones que dejan de ser históricas por un detalle que Grondona sólo sugiere al pasar: pasamos del 1 a 1 al 3 a 1, dice, sugiriendo que la actual política cambiaria de Kirchner/Lavagna es mucho más familiar a la convertibilidad de los '90 que lo que sus autores están dispuestos a aceptar.

VERBITSKY, HORACIO.
« Página/12».

Prescindible.
El columnista se gana la jornada cumpliendo el mismo rol que los cronistas reales con los reyes de antaño: darles coherencia ideológica y sentido histórico a gobiernos que son el resultado de una mezcla de sonido y de furia, producto de la reacción intuitiva y repentina a los problemas de la hora. Es lo que hace Verbitsky en su panorama de ayer, parecido a lo que intentaba hacer un Jorge Castro para Carlos Menem, tratar de ponerle lustre dialéctica a la improvisación. Si hay un gobierno sin plan ni ideología es el de Néstor Kirchner, que se alimenta de la tradicional forma de acumular fuerza de los gobiernos peronistas: masacre al adversario, «verdugueo» a la propia tropa y buscar el mejor « posicionamiento» frente a las cuestiones del día. Eso es lo que traduce el método Kirchner de la prueba y el error: arrancó con garantismo en seguridad pero la administra con blumberismo, prometió palos al FMI y le paga como ninguno, agita nueva política y se mueve con el geriátrico partidario que hereda del PJ, el Frepaso y hasta la UCR en algunos distritos. Esa fórmula tumultuosa la traduce Verbitsky para sus lectores -especialmente de la Casa de Gobierno, que a veces no entienden ni lo que ellos mismos hacen- como el cumplimiento de un plan cuidadosamente pensado. Por ejemplo, cuando dice que la pelea con Eduardo Duhalde es irreversible porque obedece a diferencias de fondo, cuando la razón de ese divorcio entre quienes piensan igual en los temas fundamentales es por la única razón por la cual se confronta en política, por decidir poder, por resolver quién de los dos manda. Por eso ésta es una pelea sucia, casi de alcoba, arrojándose las cacerolas que compraron juntos o les regalaron sus parientes el día de la boda, y no una confrontación política entre adversarios que piensa distinto... Con estos prejuicios se echa Verbitsky a difundir los mismos pronósticos que los demás cronistas amigos del gobierno de ayer: que Cristina aplasta a Chiche y que eso es necesario porque Kirchner necesita la legitimidad que no le dieron las urnas en 2003. Con desparpajo, repasa el mapa celebrando cómo planea el gobierno instaurar un sistema hegemónico: desplazarlos a Duhalde y a Menem, neutralizarlo a Jorge Sobisch en Neuquén y tratando de mejorar la mala performance de Rafael Bielsa en la Capital Federal. Despachando viejas cuitas setentistas, Verbitsky mortifica al canciller candidato por las expresiones desopilantes del reportaje de «La Nación» de hace una semana, donde Bielsa habla de apariciones de la Virgen y también discurre sobre el parecido entre él y Cristina de Kirchner con Liz Taylor y Richard Burton. Verbitsky omite decir que en ese reportaje Bielsa derrama elogios desmesurados (e incomprensibles) sobre la figura del fallecido jefe montonero Rodolfo Galimberti, que dedicó sus últimos años a tratar de demostrar en la Justicia las responsabilidades de Verbitsky en algunas escaramuzas de la banda terrorista que compartieron. Como siempre, lo personal pesa en las expresiones de este columnista, y al garrotazo a Bielsa, sigue la descalificación de sus demonios particulares: Aníbal Ibarra, a quien le pide que le ponga fecha al plebiscito de revocatoria de mandato, a Daniel Scioli (sólo por ser quien es...) y a Felipe Solá, a quien no le perdona, como al resto de los aliados de su jefe Kirchner, que haya estado al lado de Eduardo Duhalde.

También Roberto Lavagna se lleva su descalificación de este asesor presidencial. Claro, al ministro le cabe el pecado de contigüidad: no tuvo mejor idea que presentar un libro con el cardenal Jorge Bergoglio, otro de los condenados en la divina comedia semanal de este columnista (dicho esto con el mayor de los respetos por Alighieri, claro). Por suerte el patrullero Verbitsky decidió dejar las armas. A Lavagna le imputa, por ejemplo, la calidad política o moral de los concurrentes al acto, que el ministro no invitó (se ensaña especialmente con el padre dominico Aníbal Fosbery, que en una muestra de tolerancia llamativa concurrió a escuchar a dos jesuitas). A Bielsa, para finalizar, lo llama nuevo monstruo que pretende suceder a Menem en su afán por complacer a Washington. Novedoso género el que inició Verbitsky con este gobierno, práctica fascistoide que podría denominarse «escracho para la corona».

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