24 de diciembre 2001 - 00:00

Con ingenio, se votará con lemas sin necesida de aprobar una nueva ley

La imaginación infinita de un grupo de abogados produjo el milagro de que el país elija presidente el próximo 3 de marzo sin que haya sido sancionada una ley, imponiendo ese extravagante método que se bate el retiro de la legislación electoral de todo el mundo. Lo que terminó votando la Asamblea Legislativa no es una ley, y por eso se logró por mayoría simple, sino un manual de instrucciones que salvó el punto más flojo del acuerdo interno que había sellado el peronismo para la transición post De la Rúa. Ese pacto, cerrado el jueves a la madrugada en Merlo, San Luis, tenía tres ingredientes: elección ya, transición de Rodríguez Saá por dos meses y ley de lemas para evitar las elecciones internas en el peronismo.

Con la idea de convertir en ley ese pacto de los gobernadores y los caciques partidarios es que Ramón Puerta llamó a la Asamblea para las 19 del sábado. Con ánimo pacífico, repasó la agenda de ese encuentro en un almuerzo que empezó ese día más tarde que lo común. Fue en el comedor del área presidencial donde Puerta pasó 40 de las 48 horas de su mandato provisional. Allí llegaron los gobernadores de a uno, adelantándose, como suele ocurrir en esas convocatorias a las que todos van sospechando que los van a madrugar. El más precavido fue el formoseño Gildo Insfrán: se presentó a las 10.30, cuando la cita estaba prevista para las 16.

En ese repaso de los tantos para la Asamblea, apareció el principal escollo: si enviaban un proyecto de ley de lemas al Congreso, el peronismo no tenía el quórum para arrancar la sesión en diputados (la mitad más un legislador).


José Manuel de la Sota escuchó ese problema y estalló: creyó que arremetía de nuevo el Frente Federal con su vieja idea de que no hubiera elección con el argumento, ahora, de que la ley de lemas no se podía votar. El mismo, junto con Carlos Ruckauf, había enfrentado ese proyecto de los «federales» de dejar a un presidente de la transición hasta 2003 con una violencia poco usual: amenazaron varias veces con que, si no había elecciones ya mismo, partían los bloques PJ del Congreso y se iban del partido. Como el acuerdo previo era que las decisiones se harían por unanimidad, habían logrado desde el viernes imponer la fórmula que el resto rechazaba. De la Sota extremó los tonos hasta lo insoportable: «Acá ha habido un complot, se han reunido a mis espaldas y quieren tirar todo atrás. Si esto no va, que se quede Puerta hasta 2003 y no Rodríguez Saá», gritó con el propósito claro de quebrar a los «federales» con el fantasma de una pelea Puerta-Adolfo.

El misionero Puerta se levantó de la mesa, caminó hacia la derecha, donde está la puerta de salida, y contraatacó: «Acá nadie me va tomar por zonzo; o se cumple lo pactado o mañana a las 13 (por el sábado) que se prepare Eduardo Camaño para asumir la Presidencia». Se congeló el ambiente, y Puerta remató: «El peronismo es la única institución política que está en pie; si nos peleamos, sonamos, y sonó el país». Con un gesto de mano, lo señaló a De la Sota. «Vení, 'Gallego'», y arrastró al gobernador de Córdoba a su despacho. A solas las dos, De la Sota se quejó de nuevo de que le querían hacer un complot para postergar las elecciones y que los «federales» se habían reunido a sus espaldas para revertir la situación y quedarse con el gobierno hasta 2003. Puerta lo calmó con argumentos claros. Le contó que Felipe González le había expuesto -en la visita que le hizo el viernes junto con el petrolero Carlos Bulgheroni-la necesidad, de interés de las empresas españolas con capitales en la Argentina, de que no se expusiera al país a una elección en plena crisis.

Puerta le respondería que él había pensado en algún momento en eso, y más si él pudiera haber sido el presidente de la transición, pero que las consultas con sus amigos de los EE.UU. -entre ellos, James Walsh-lo convencieron de que sin elección no había legitimidad para un nuevo mandatario.

Un hombre de De la Sota, el constitucionalista Juan Carlos Maqueda, llegó con la solución: no aprobar una ley, sino un manual de instrucciones para la elección del nuevo presidente.

Con ese expediente, se evitaba la falta de quórum en Diputados, conocida ya la oposición de menemistas, duhaldistas, radicales, aristas y provinciales.

Puerta pidió consejos. Maqueda le acercó al peronista Alberto García Lema (ex funcionario de Antonio Cafiero). Cuando leyó la minuta, ante la mesa de gobernadores ya recompuesta con un De la Sota más calmado, la aprobó. «Necesito un radical», señaló Puerta. Le acercaron el teléfono con una voz conocida en Casa de Gobierno, Jorge Reinaldo Vanossi. Pidió el proyecto por fax, se lo enviaron y respondió de inmediato. «Es impecable», dicen que dijo. Le pidieron reaseguros. «Si quieren; hablo con Raúl», expresó confiado el constitucionalista radical. A Puerta le gustó, pero quería más. Pidió por Héctor Masnatta. Lo encontró cenando en un departamento de amigos en el barrio de Palermo. «Está en los poderes implícitos del Congreso», sancionó el constitucionalista. Puerta, que es ingeniero, se entusiasmó con ánimo de abogado y anunció que había ley de lemas, sin ley, pero con votos.

Comenzó a hacer circular el texto del proyecto con sus modificaciones, y le acercaron otro teléfono. Era Alfonsín, que simuló ira: «¡Cómo van a votar esto, señor Presidente!». Puerta le explicó lo que había entendido, el apoyo de un radical como Vanossi. El ex presidente le recordó que este abogado había apoyado el pacto de Olivos en diciembre de 1993, pero que en 48 horas se había desdicho para convertirse en un encendido opositor. «¿Qué quiere que pase, presidente?», se endureció Puerta. Alfonsín hizo un silencio y cerró el diálogo: «Nos vamos a oponer, ingeniero, pero quédese tranquilo, que en ésta juego de paloma».

La mesa festejó con risas y aplausos. José Luis Manzano apareció por otro teléfono y tranquilizó a Puerta. «Están los votos para arrancar la sesión.» El misionero le había encargado personalmente al «Cototo» mendocino (llamado «Chupete» por quienes no lo conocen) que le hiciera un recorrido de voluntades dentro del peronismo. Fruto de esa auditoría había sido un llamado que Puerta ocultó a todos, de Carlos Menem, que le insistió en una idea y en una recriminación: es malo llamar a elecciones, pero, si el peronismo lo decide por mayoría, los menemistas van a apoyar. La recriminación fue: «Ramón, tratá de quedarte vos los dos meses, que si te va bien después no hay quién te saque», y el presidente provisional le agradeció con una sonrisa y una oferta. Por eso, Daniel Scioli, que más que un funcionario parece una política de estado, pasó a ser secretario del nuevo gobierno. El riojano, antes de darle la feliz Navidad a Puerta, intentó levantarle el ánimo: «Métanle a fondo que la cosa está que arde. Me acaba de llamar por teléfono desde Venezuela Hugo Chávez, preocupado por el país. Cómo estaremos como para que Chávez esté inquieto».

Maqueda esperó el final de las firmas y partió al Congreso. La minicrisis ya estaba en las pantallas de algunos canales de cable, que decían que Puerta podría reemplazar a Rodríguez Saá.

Este, inquieto, se ocupó de llamar a dos propietarios de emisoras pidiendo «fair play». «Por favor, no nos presionen con operaciones», pidió desde un teléfono manos libres junto a Puerta. El sanluiseño, cuando se levantaban los gobernadores para salir de la Casa de Gobierno, le pidió a Puerta ayuda. «Necesito un aguantadero en el Senado, ¿me prestás la oficina?» Recibió consignas, llaves y acompañantes para que montaran, en la sede de la presidencia del senado que ejerce este cacique, los «federales» del PJ un dormitorio de urgencia donde el «Adolfo» terminó pasando la noche junto con su familia hasta la mañana de ayer. Dormitaba sobre un sillón, sin siquiera desanudarse la corbata cuando un ujier lo desperezó: «Tiene que jurar, Adolfo».

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