15 de noviembre 2002 - 00:00

"Conocí a Menem en el avión de Perón", recordó Cafiero

"Conocí a Menem en el avión que traía de regreso a Perón" a la Argentina, contó Antonio Cafiero, al recordar los 30 años de aquella jornada del 17 de noviembre de 1972. Carlos Menem sería electo gobernador de La Rioja por primera vez al año siguiente y presidía el PJ riojano por esa época. No imaginaba Cafiero que 16 años más tarde ese riojano le ganaría la candidatura a presidente. Aunque hubo invitaciones pagas, la mayoría de los 156 seleccionados para acompañar a Perón se pagó su propio pasaje. Tanto que el Banco Sindical -del Sindicato de Comercio, por entonces en manos de Florencio Carranza-otorgó más de 40 préstamos para solventar los pasajes, entre ellos el de Nilda Garré.

Anoche esta diputada contó que «nos alojamos en un viejo hotel en Roma que no recuerdo el nombre pero que estaba sobre el viale 20 de settembre». Estaban cerca del Grand Hotel donde se alojó Perón, Isabel, Cámpora y otros jerarcas del peronismo. Chunchuna Villafañe -por entonces una rutilante modelo-, otra de las viajeras, no tuvo que pagar el pasaje de Alitalia, más barato por tratarse de un vuelo charter, porque de él se hizo cargo el jefe de la UOM y las 62 Organizaciones, Lorenzo Miguel. José «Nene» Sanfilippo, crack y goleador de San Lorenzo, también viajó invitado por Miguel. Y necesitó un permiso especial del club porque debía ausentarse de los entrenamientos. « Pero cuando salía a la cancha me ovacionaban, y hasta mis adversarios les decían a sus arqueros: 'Dejálo hacer un golcito al 'Nene' que es peronista'».

• No le da el cuero

«Si Perón necesita fondos para financiar su venida, el presidente de la República se los va a dar. Pero aquí no me corren más a mí, ni voy a admitir que corran más a ningún argentino, diciendo que Perón no viene porque no puede. Permitiré que digan: porque no quiere. Pero en mi fuero íntimo diré: porque no le da el cuero para venir.»
El general Alejandro Agustín Lanusse presidía el país aquel 27 de julio de 1972, cuando hizo esta frase desafiante en un acto en el Colegio Militar. Fue el prólogo del regreso a la Argentina de Juan Domingo Perón pocos meses después -el 17 de noviembre de ese año-, del que se cumplen este domingo 30 años.

Se había iniciado un juego en el que los protagonistas usaban cartas marcadas. El gobierno anunció la intención de convocar a elecciones. El 3 de octubre del '72, sanciona la Ley electoral 19.862 poniendo un tope para estar presente en la Argentina a los candidatos.

El ex presidente desde Madrid predicaba la unidad, pero practicaba el caos. Decía Perón: «Es dentro de la confusión donde mejor nos mane-jamos, y si no existe, hay que crearla. El arte de un político no es gobernar el orden, sino el desorden». Y alentaba a todos: a Jorge Daniel Paladino, que mantenía contactos con el gobierno; al Frejuli y el Frecilina después de hablar con Arturo Frondizi y con Vicente Solano Lima; y a las «formaciones especiales» volcadas a la izquierda. «Vuelvo en prenda de paz; para la violencia, siempre hay tiempo», repetía y sonaba amenazador desde Puerta de Hierro. Más aún cuando reemplazó a Paladino por Héctor Cámpora. La mo-vida de Perón dejaba un único terreno común a todos los peronistas: Lealtad al conductor.

El 22 de abril visita a Perón en Madrid un enviado de Lanusse, el coronel Francisco Cornicelli, llevando la promesa de juego limpio. Perón lo escucha y, más tarde, cuando le preguntan, lo ridiculiza diciendo con sorna que lo visitó «un coronel Vermicelli». Poco tiempo después, una reunión secreta reúne a Perón con el entonces embajador en Madrid, el brigadier Jorge Rojas Silveyra. Como prueba de la buena voluntad del gobierno, éste le promete que le sería pagada la pensión de general como retirado desde setiembre del '55, cuando fue derrocado; que el busto como presidente sería instalado, junto con el de Frondizi, en la Casa Rosada; que la acusación por estupro que pesaba sobre él sería levantada; y que sería publicitado el levantamiento de la excomunión negociada con el Vaticano. Le adelanta que le sería devuelto el cadáver de Eva Perón que había estado sepultado en un cementerio religioso en Milán bajo el nombre de María Maggi.

• «Es Evita»

Esto se hace efectivo el 23 de setiembre a las 21, cuando se presenta en Puerta de Hierro Rojas Silveyra junto con el coronel Manuel Cabanillas. Perón estaba acompañado de Isabel, Paladino, López Rega y dos monjes franciscanos. El «Colorado», con un soplete, fundió un sello metálico y con una barreta abrió la tapa de metal, lastimándose un dedo. Perón, sin emoción alguna, sólo dijo: «Es Evita». La túnica que la cubría estaba mojada y sucia, y el cuerpo mostraba algunos deterioros. Mientras llevaban el ataúd al segundo piso, se escuchó decir a Perón: «Pasé muchos años felices con esta mujer».

Con pasaporte paraguayo, de cuyo ejército era general honorario, Perón viaja en un vuelo privado el 14 de noviembre de Madrid a Roma, donde es recibido por el primer ministro italiano
Giulio Andreotti. Se dijo que la Fiat pagó todos los gastos. Otra versión apuntó a la Logia P2, por la influencia de Giancarlo Elía Valori, un hombre vinculado a Frondizi y Frigerio que fue condecorado por Perón. En la misma fecha, emprenden viaje hacia Europa los más de 150 peronistas seleccionados para acompañarlo, la mitad ya fallecidos. José María Castiñeira de Dios, Oscar Bidegain, Carlos Mugica, Marilina Ross, Juan Carlos Gené, Guido Di Tella, Vicente Solano Lima, Martha Lynch, Hugo del Carril, Manuel de Anchorena, Leonardo Favio y Sergio Villarruel fueron algunos de los seleccionados.

Puntual, por orden de Perón, el blanco DC-8 de Alitalia, «Giuseppe Verdi» -cuyo vuelo supervisó el brigadier
Arturo Pons Bedoya-, aterrizó a las 11.15 de ese 17 de noviembre de 1972 en Ezeiza. Afuera diluviaba. Temprano, un alud de gente había intentado llegar a pie por la autopista, afrontando esa mañana gris y desapacible. Alrededor de 35.000 efectivos del Ejército que dependían del I Cuerpo a cargo del general Tomás Sánchez de Bustamante, con apoyo de blindados y artillería de campo, lo impidieron. Tres helicópteros de la Fuerza Aérea y el Ejército revoloteaban por el lugar. En Ezeiza aguardaban 300 espectadores seleccionados y otros tantos periodistas. Después de 17 años y 52 días, Perón llegaba al país.

• Saludos

«Buenos días, señor», se presentó a bordo del DC-8 el jefe del aeropuerto, un uniformado oficial superior de la Fuerza Aérea. «Buenos días, brigadier», contestó Perón, en mangas de camisa y desde su asiento de primera clase. «Comodoro, señor», fue corregido Perón; siendo informado que lo aguardaba un auto para llevarlo hasta el hotel internacional del aeropuerto. «Muchas gracias, brigadier», insistió Perón. «Comodoro, se-ñor», reiteró el oficial. A los 77 años, el anciano ex presidente pisó suelo argentino -un solícito José Ignacio Rucci se coló por la valla y lo cubrió con un paraguas negro-y subió a un Ford Fairlaine -dicen que blindado-color crema que lo llevó al hotel. De allí recién podría partir esa noche a la casa de Gaspar Campos, en Vicente López. Eran las vísperas de una romería de gente que atronó con bombos y gritos ese lugar, y a la que Perón, cada hora -«ahora aparece el cucú», bromeaban-, aparecía por una ventana para saludarlos. Las vísperas de multipartidarias reuniones en el restorán Nino y de un publicitado encuentro con el jefe del radicalismo, Ricardo Balbín.

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