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«Si Perón necesita fondos para financiar su venida, el presidente de la República se los va a dar. Pero aquí no me corren más a mí, ni voy a admitir que corran más a ningún argentino, diciendo que Perón no viene porque no puede. Permitiré que digan: porque no quiere. Pero en mi fuero íntimo diré: porque no le da el cuero para venir.» El general Alejandro Agustín Lanusse presidía el país aquel 27 de julio de 1972, cuando hizo esta frase desafiante en un acto en el Colegio Militar. Fue el prólogo del regreso a la Argentina de Juan Domingo Perón pocos meses después -el 17 de noviembre de ese año-, del que se cumplen este domingo 30 años.
• «Es Evita»
Esto se hace efectivo el 23 de setiembre a las 21, cuando se presenta en Puerta de Hierro Rojas Silveyra junto con el coronel Manuel Cabanillas. Perón estaba acompañado de Isabel, Paladino, López Rega y dos monjes franciscanos. El «Colorado», con un soplete, fundió un sello metálico y con una barreta abrió la tapa de metal, lastimándose un dedo. Perón, sin emoción alguna, sólo dijo: «Es Evita». La túnica que la cubría estaba mojada y sucia, y el cuerpo mostraba algunos deterioros. Mientras llevaban el ataúd al segundo piso, se escuchó decir a Perón: «Pasé muchos años felices con esta mujer».
Con pasaporte paraguayo, de cuyo ejército era general honorario, Perón viaja en un vuelo privado el 14 de noviembre de Madrid a Roma, donde es recibido por el primer ministro italiano Giulio Andreotti. Se dijo que la Fiat pagó todos los gastos. Otra versión apuntó a la Logia P2, por la influencia de Giancarlo Elía Valori, un hombre vinculado a Frondizi y Frigerio que fue condecorado por Perón. En la misma fecha, emprenden viaje hacia Europa los más de 150 peronistas seleccionados para acompañarlo, la mitad ya fallecidos. José María Castiñeira de Dios, Oscar Bidegain, Carlos Mugica, Marilina Ross, Juan Carlos Gené, Guido Di Tella, Vicente Solano Lima, Martha Lynch, Hugo del Carril, Manuel de Anchorena, Leonardo Favio y Sergio Villarruel fueron algunos de los seleccionados.
Puntual, por orden de Perón, el blanco DC-8 de Alitalia, «Giuseppe Verdi» -cuyo vuelo supervisó el brigadier Arturo Pons Bedoya-, aterrizó a las 11.15 de ese 17 de noviembre de 1972 en Ezeiza. Afuera diluviaba. Temprano, un alud de gente había intentado llegar a pie por la autopista, afrontando esa mañana gris y desapacible. Alrededor de 35.000 efectivos del Ejército que dependían del I Cuerpo a cargo del general Tomás Sánchez de Bustamante, con apoyo de blindados y artillería de campo, lo impidieron. Tres helicópteros de la Fuerza Aérea y el Ejército revoloteaban por el lugar. En Ezeiza aguardaban 300 espectadores seleccionados y otros tantos periodistas. Después de 17 años y 52 días, Perón llegaba al país.
• Saludos
«Buenos días, señor», se presentó a bordo del DC-8 el jefe del aeropuerto, un uniformado oficial superior de la Fuerza Aérea. «Buenos días, brigadier», contestó Perón, en mangas de camisa y desde su asiento de primera clase. «Comodoro, señor», fue corregido Perón; siendo informado que lo aguardaba un auto para llevarlo hasta el hotel internacional del aeropuerto. «Muchas gracias, brigadier», insistió Perón. «Comodoro, se-ñor», reiteró el oficial. A los 77 años, el anciano ex presidente pisó suelo argentino -un solícito José Ignacio Rucci se coló por la valla y lo cubrió con un paraguas negro-y subió a un Ford Fairlaine -dicen que blindado-color crema que lo llevó al hotel. De allí recién podría partir esa noche a la casa de Gaspar Campos, en Vicente López. Eran las vísperas de una romería de gente que atronó con bombos y gritos ese lugar, y a la que Perón, cada hora -«ahora aparece el cucú», bromeaban-, aparecía por una ventana para saludarlos. Las vísperas de multipartidarias reuniones en el restorán Nino y de un publicitado encuentro con el jefe del radicalismo, Ricardo Balbín.




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