Cristina Kirchner tendrá, como de costumbre, su propia agenda neoyorquina durante la semana próxima. Acaso más vistosa e interesante que la del Presidente, abocado a reuniones de Estado con mandatarios y a desanudar problemas enojosos, como los de la deuda con los privados, los acuerdos con el Fondo o las inversiones brasileñas.
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La primera dama, en cambio, irá a Manhattan por lo que más le interesa. Ella cultiva el rol de militante por los derechos humanos, que en los círculos intelectuales de Nueva York es lo que más se aprecia en un viajero sudamericano. Por eso el objetivo principal de este viaje es colectar proyectos, argumentos conceptuales y estéticos, asesoramiento institucional y hasta aportes económicos para una de las obras que Cristina quiere dejar concluidas, antes de que termine el mandato presidencial, en 2007 (recordar que a íntimos y ajenos la senadora jura que su marido no querrá hacerse reelegir ese año). Esa meta es la inauguración del Museo de la Memoria. Se trata de la institución que conmemora a las víctimas de la represión de los años '70 para la que se destinó el predio de la Escuela de Mecánica de la Armada.
La esposa del Presidente ha asumido para sí una especie de madrinazgo informal sobre esta institución y recorrerá varias ONG dedicadas a la militancia por los derechos humanos para buscar asesoramiento y apoyo. Entre ellas estará, seguramente, Human Rights Watch, instituto que contribuyó a fundar Héctor Timerman, el cónsul que, seguramente, la acompañará en su raid en favor del Museo de la Memoria.
Eso sí, Cristina tratará de mantenerse al margen de la competencia electoral que electriza a los Estados Unidos, acaso escaldada con los reproches que le valieron su incursión en la convención demócrata. Claro, ahora que John Kerry está en baja, exageran su desacierto con tanta crueldad que hasta parece que el challenger de Bush comenzó a perder la carrera por culpa de ella.
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