En los Estados Unidos, desde hace mucho tiempo, se sabe que el primer martes de noviembre el pueblo elige a su presidente; hay reglas de juego que ninguna necesidad del oficialismo de turno puede alterar.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
En nuestro país, sabemos que todo se hará en función de las necesidades del oficialismo.
En la Ciudad de Buenos Aires el jefe de Gobierno, Aníbal Ibarra, posterga, al punto de violentar la Constitución, la aprobación en la Legislatura de la ley para constituir las alcaldías y los consejos barriales por la simple razón de que teme que, en la Alianza, los radicales le impongan sus candidatos en comicios internos y a su vez evitar un test electoral sobre su gestión a fines de este año.
A su vez, el gobierno nacional planea dividir el cronograma electoral para disimular el resultado, votándose en cuatro o cinco fechas distintas en grupos de provincias.
En 1999 tuvimos fechas distintas, pero en ese caso se trataba de un desdoblamiento para separar los comicios de gobernadores de los presidenciales y legisladores nacionales, igualmente el gobierno anterior fue poco serio pues el desdoblamiento se aplicó solamente donde podía favorecer las chances del justicialismo para retener gobernaciones.
Cuando se habla de las listas sábana, muchas veces con notoria superficialidad, se hace hincapié en la parte vertical de la boleta, es decir la larga lista de candidatos de arriba abajo, detrás de algún nombre que «arrastre» problemas básicamente de la provincia de Buenos Aires, Ciudad de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, pues en el resto de las provincias se eligen entre dos y cinco diputados por elección así que, en ese caso, nadie puede alegar que vota por desconocidos.
En cambio, no se le ha dado la suficiente importancia a la lista sábana horizontal, esa boleta bien ancha separada por líneas de puntos donde se eligen simultáneamente presidente, diputados nacionales, gobernador, senadores provinciales, diputados provinciales, intendente, concejales y consejeros escolares.
Por eso la reforma política que necesita imperiosamente nuestra democracia debe contemplar la adopción de un calendario electoral permanente y estable y el desdoblamiento de los comicios nacionales de los provinciales y municipales. Por ejemplo, el último domingo de octubre para las elecciones de presidente y de senadores y diputados nacionales con boletas separadas para presidente y legisladores nacionales con colores distintos. Las elecciones provinciales y municipales deben ser convocadas por las provincias con la única salvedad de que nunca deben coincidir con las nacionales.
Supeditar el cumplimiento de la Constitución a problemas de política partidaria, como está haciendo Ibarra, es un agravio muy serio a las instituciones y al pueblo de la Ciudad.
Las picardías que se planean en el gobierno nacional tampoco ayudan a la recuperación de un poco de prestigio de la política y los políticos.
Dejá tu comentario