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Cristina de
Kirchner en
el momento
de emitir su
voto ayer,
en la
escuela
Nuestra
Señora de
Fátima de
Río
Gallegos (izquierda). Cristina, en sus días de juventud en
La Plata (derecha).
En Diputados fue vicepresidenta de la Comisión de Educación y ya en 1999 presidía la Bicameral Especial de Investigación sobre los atentados a la AMIA y la Embajada de Israel, y poco después en 2000 llegó un punto clave en su carrera. Eran los tiempos que la primera dama era más conocida en la Capital Federal que su marido, como ella suele repetir ahora para justificar su posición dentro de la sociedad política de los Kirchner.
Pero ninguno de esos cargos le trajo tantas preocupaciones como el que llegaría en 2000, cuando Elisa Carrió consigue que el gobierno de Fernando de la Rúa apruebe la creación de la Comisión especial para investigar el lavado de dinero, poniendo a la chaqueña en la jefatura.
Carrió vivió esos meses con frenesí casi irresponsable. Llegaron desde el Comité Especial de Investigaciones del Senado estadounidense las famosas «cajas» con documentación que en Washington habían utilizado para investigar operaciones del Citi Bank de entonces, las relaciones con Gran Cayman y con la financiera Mercado Abierto de Aldo Ducler. Cristina de Kirchner integró esa comisión e hizo alianza inmediatamente con Lilita. Fue el único «verano» que existió en la relación entre ambas.
A medida que avanzaban las denuncias públicas y el informe que preparaba Carrió sobre el tema, se fueron distanciando. Todo estalló cuando Carrió intentó hacerle firmar un despacho final de la investigación a libro cerrado. Cristina, entonces, se acercó a otros miembros de la Comisión como Daniel Scioli y terminó presentando un dictamen propio que respetaba el espíritu de lo investigado pero no todas las denuncias y los nombres que Carrió había incluido. Nunca volvieron a dirigirse la palabra, como no fuera por meros saludos. En 2001 es elegida nuevamente senadora por Santa Cruz, y ya con la crisis final de De la Rúa es nombrada presidenta de la Comisión de Asuntos Constitucionales, desplazando de ese cuerpo al riojano Jorge Yoma.
Cuatro años después es ya otra persona. Con su marido en la Casa Rosada el alejamiento del mundo que la rodeaba fue total. En 2005 cuando salta de Santa Cruz a la senaduría de Buenos Aires ya era temida en el recinto del Senado. Sus cruces violentos con los radicales Ernesto Sanz y Gerardo Morales fueron memorables, y la Comisión de Asuntos Constitucionales se convirtió casi en una prolongación de su carrera política.
Pero el cierre definitivo frente a la prensa llegó poco después. En el Senado se sostiene que recién cuando su esposo definió que ella sería su sucesora, Cristina de kirchner optó por encerrarse definitivamente. Hasta entonces, todavía se dignaba a hacer alguna pasada por la sala de prensa y se animaba inclusive a cruzar algunas palabras con el periodismo.
Su relación con Néstor Kirchner tanto en público como en la privacidad de los despachos pareció ser siempre la misma. Se la recuerda llamándolo por el apellido o el cargo que él ocupaba: «Llamame al gobernador», le ordenaba a su secretaria cuando el santacruceño aún atendía en Río Gallegos y quería comunicarse con él, lo que hacía varias veces por día. Después pasó a ser «el Presidente» o «este hombre», pero nunca «mi marido», dejando en claro que su rol en ese momento era el de integrante de esa sociedad política, un «proyecto», como aún repite.
Difícil saber quién primó sobre el otro en la relación política. Esa situación cambia de acuerdo con los tiempos y con la cuestión a decidir. El mito la puso siempre en el lugar de la mujer dominadora, pero hay anécdotas sobre las veces que su marido la hizo callar en público sólo con la mirada y otras que prueban su influencia sobre el Presidente. Como fuera, desde que llegaron a Buenos Aires para quedarse ocupa el primer lugar en el círculo más íntimo de decisiones de Kirchner.
Más anécdotas existen aún sobre su obsesión por la belleza. Se conoce ahora más su devoción por las carteras de Louis Vuitton o la ropa importada, pero ésos son quizás efectos del deslumbramiento que le provocaron sus primeros contactos con el exterior. No puede olvidarse que el matrimonio presidencial sólo había viajado a Miami en una ocasión antes de iniciar ya en el gobierno visitas a Europa y Nueva York, primero. Esa ciudad le provocó un antes y un después a la primera dama. Desde entonces ni los estadounidenses fueron lo mismo para ella, ni el mundo pareció tan lejano, como se lo veía desde Río Gallegos, donde el concepto de lujo y buen estándar de vida no esta marcado por los mismo cánones que en el resto de la Argentina.
Esa fijación por la apariencia no se limitaba al gusto por las joyas que siempre tuvo la primera dama, también por su aspecto personal. Se cuenta en Santa Cruz que una noche, en medio de un accidente minero, despertaron al gobernador en medio de la emergencia. Kirchner se puso un sobretodo sobre el piyama y amagó con salir a la calle: «Un momentito, hasta que no me maquille no salgo», lo frenó ella.
Fue la misma actitud que tuvo en 1982 cuando un accidente de auto en Río Gallegos la dejó con un fuerte golpe en un ojo.
Tirada sobre una camilla y sangrando sólo atinó a exigirle al médico que le acercara un espejo: temía un daño irreparable en su cara, algo que no ocurrió.
La presidenta -el género en la palabra es una exigencia suya que hizo desde el escenario en lanzamiento de la fórmula Cristina Kirchner-Julio Cobos- nació el 19 de febrero de 1953 en La Plata. Su padre, Eduardo Fernández, no fue exactamente un empresario del transporte, como se suele afirmar, sino un caso clásico de propietario de colectivo que asciende comprando móviles o participaciones. Su madre, Ofelia Wilhem, era el motor de la casa: una militante política que trabajó como administrativa en el Sindicato de Trabajadores de la provincia de Buenos Aires y que actúa en el Club Gimnasia y Esgrima.
Así, el peronismo le prendió pronto a Cristina en medio de una ciudad como La Plata que a fines de los 60 se caracterizaba por la bohemia de la militancia, guitarreadas y el avance constante de movimientos como la Juventud Peronista o Montoneros.
Cristina eligió la rama izquierda de la JP, pero no hay acuerdo entre quienes la conocieron en esa época sobre la profundidad de su militancia. Nunca pasó a la clandestinidad, como sí lo tuvieron que hacer muchos amigos de esa época de los Kirchner.
Entre sus novios conocidos, antes del definitivo con el Presidente, está el rugbier Raúl Cafferata. Los que la recuerdan de esa época afirman que fue un amor verdadero. Por eso el martes pasado hubo cruces de miradas en el Salón Blanco de la Casa Gobierno cuando Kirchner se sinceró ante el equipo de Los Pumas que fue a visitarlo tras su llegada al país desde Francia. «Quiero ser honesto, mucho no entiendo de esto, la que sabe es Cristina», les dijo mirando a Agustín Pichot. «A mí me gustó toda la vida el rugby, mucho», replicó enseguida Cristina.
En 1974 esos noviazgos eran pasado: conoció entonces a Néstor Kirchner cuando estudiaba derecho en la Universidad Nacional de La Plata y el 9 de marzo de 1975 se casaron. 1976 es el año del mayor cambio para la pareja: «Se fueron a vivir a Río Gallegos, donde abrieron su estudio jurídico», dice la síntesis de la biografía que publica con fotos el sitio oficial de la primera dama. Ocurrió a finales de ese año, no con el golpe militar. Debió volver a La Plata dos años después, según informó hace un mes el rectorado de esa universidad para recibirse de abogada, según explicó un cuidadoso rector.
Comienza entonces una de las etapas menos conocidas no sólo de Cristina de Kirchner, sino también de su esposo. Ella misma resumió las expectativas previas que tenía el matrimonio antes de partir de territorio bonaerense en medio de la represión del ya instalado gobierno de la dictadura: «Néstor me dijo: quiero ser gobernador y para eso tenemos que ganar plata», dijo en el acto de lanzamiento de su candidatura a senador bonaerense, un reto que tomó más que personalmente y con la furia que sólo puede aportar el querer terminar de derrotar a un enemigo como el duhaldismo, que dos años antes lo había bendecido a su marido para alejar cualquier de posibilidad de acceso de Carlos Menem a la Casa Rosada.
Entre 1977 y 1982 consiguieron amasar una importante cantidad de dinero, producto de la especialidad que había tomado el estudio jurídico de los Kirchner: los derechos reales, o para ser más exactos, el cobro ejecutivo de deudas. La maldad de las lenguas santacruceñas les adjudica haberse beneficiado de los remates a deudores que habían quedado dentro de la Circular 1.050 que Domingo Cavallo puso en marcha cuando presidió el Banco Central durante la dictadura.
En esa época registran el ingreso a su patrimonio de la mayoría de las 21 propiedades que declara el matrimonio Kirchner tener en la provincia (a la que suman dos autos, dos inmuebles en la Capital Federal y cinco en El Calafate, el lugar en el mundo de la señora). Para entonces ya tenían a uno de sus hijos, Máximo, y luego llegó la segunda, Florencia.
De esa etapa, que terminó definitivamente en 1987 cuando Néstor Kirchner asumió la intendencia de Río Gallegos, quedaron algunas heridas, pero sólo en la provincia. Para muestra, hace dos años un taxista galleguense recordaba: «Cómo no lo vamos a querer a Néstor, si Santa Cruz pasa a existir para el país desde que es Presidente. Pero yo no puedo olvidar cuando vino a embargar la casa de mi padre».




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