De Telerman a Díaz Bancalari: raro kirchnerismo sin Kirchner

Política

La fama de verdugo de Néstor Kirchner no requiere de demasiados ejemplos para quedar confirmada como uno de sus principales rasgos de personalidad. Desde que resultó electo, antes de asumir su cargo, ya exhibió esa irascibilidad que lo lleva a castigar a sus víctimas de manera a veces irrefrenable. En más de una ocasión el Presidente debió arrepentirse de esa alevosía. Por ejemplo cuando, presa de esos estados de indignación en los que se ve envuelto, debió ausentarse de los funerales de Juan Pablo II. O al quedar expuesto como instigador de los ataques de los piqueteros a las estaciones de Shell en represalia por un aumento en el precio de los combustibles. Los casos se multiplican hasta convertir esas escenas en algo rutinario. Pero la agresividad de Kirchner puede ser más sutil y elaborada. Es lo que se pone de manifiesto cuando la víctima no es un disidente, alguien que puede ser señalado con claridad como un conspirador. El látigo también se aplica sobre quienes ofrecen una sumisión inconveniente. No es el látigo del odio sino el de la indiferencia. La superficie de la política ofrece ejemplos cada día más frecuentes. Es lógico. Hasta las elecciones de octubre pasado, nadie sabía a ciencia cierta hasta qué punto la política, sobre todo en el peronismo, ofrecía un espacio distinto del que regentea, implacable, Kirchner. Las fantasías de resistencia parecían más razonables. Superados esos comicios y, sobre todo, conocido su resultado en la provincia de Buenos Aires, muchos dirigentes que imaginaban un margen de supervivencia bajo la sombra de Eduardo Duhalde no vieron otro destino que el de entregarse al único poder visible dentro del PJ: el de Olivos. Por eso desde octubre es más frecuente que desde la Presidencia se ejecute más el rechazo que el ataque.

Una figura ejemplar de este drama sobresale en la primera fila: Jorge Telerman. El «intendente», como gusta llamarse, ya ofreció un sinfín de reportajes declarando su sumisión a la Casa Rosada, su condición de oficialista y su vocación para hablar con Kirchner. Ya no encuentra forma de profesar su fe ante el periodismo, pero, cuanto más manifiesta su deseo, más visible es la indiferencia con que le contestan desde el otro extremo de la Plaza de Mayo.

  • Brebaje

    Con cierto sadismo, allí ofrecen al jefe de Gobierno un brebaje que ya probaron con anterioridad militantes de las segundas o terceras líneas del PJ. Helio Rebot, el defenestrador de Aníbal Ibarra, consigna: «Soy kirchnerista pero no albertista» (por Alberto Fernández). Si para demostrarlo debiera exhibir una foto con Kirchner le sería difícil mantenerse en esa religión. Su mentor capitalino, Jorge Argüello, atraviesa el mismo trance. Ya le avisaron que no renovará su banca en las próximas elecciones. ¿Será porque proviene del macrismo? Alienta la hipótesis Juan Pablo Schiavi, otro peronista porteño que espera que le abran la puerta del palacio antes de que llegue el invierno. Todos estos repudiados podrán sumarse a Rebot y alegar que quien los mantiene a raya es el jefe de Gabinete, Fernández, no el Presidente. Pero el argumento supone que Fernández cuenta con un poder propio, no delegado. Y eso no es cierto, se sabe.

    En el mismo caso que estos militantes metropolitanos se encuentra un sector del sindicalismo. El de los « gordos». Armando Cavalieri, su principal exponente, adhirió ya a todo: la reelección de Kirchner, la jefatura de Carlos Zannini, la plaza que sea. Se cansó de ofrecer rebajas en Parque Norte para piqueteros y santacruceños ignotos. Pero sigue sin conseguir el retrato anhelado que, por lo menos, genere alguna cuota de duda en los jueces laborales que tienen que determinar sobre los afiliados que Hugo Moyano, envuelto en la bandera K, le arrebata aquí y allá.

    El inventario porteño y sindical de esta forma tan refinada de la humillación que consiste en reclamar un homenaje para, después, recusarlo públicamente, resulta exiguo al lado de lo que se verificó la semana pasada en la Cámara de Diputados. El bloque que, por comodidad clasificatoria, se conocía como « duhaldista», se dividió. Un grupo, encabezado por Jorge Sarghini abandonó a José María Díaz Bancalari y pasó al campo decidido de la oposición. Hasta el miércoles pasado, estos diputados (Juan José Alvarez, Francisco de Narváez, Eduardo Camaño, entre otros) aportaban a su bancada un matiz disonante, capaz de justificar que los legisladores comandados por Díaz Bancalari no se sumaran, ya plegadas sus banderas, al oficialismo neto de Agustín Rossi, jefe parlamentario del Frente para la Victoria.

    Con la secesión de Sarghiniy los suyos se volvió evidente lo que era discutible: los peronistas de Díaz Bancalarison «kirchneristas sin Kirchner». No porque se propongan, como Vandor con Perón, levantar las banderas sin aceptar la jefatura. Ellos quieren someterse a todo pero en el altar de la Rosada devuelven sus ofrendas.

    Porque ¿cuál es la razón por la cual Carlos Ruckauf, Alfredo Atanasof, Graciela Camaño, Oscar Rodríguez, Luis Barrionuevo o Mabel Müller no arrastran sus bancas hacia el lote que encabeza Rossi? Sencillo: no los aceptan. Por eso deben inventar una etiqueta ilógica, «kirchnerismo federal», como si el del Frente para la Victoria fuera metropolitano u opositor. Esa aversión al sometimiento de los nuevos conversos resulta estratégica para Kirchner. Es el último resabio de una presunción que va demostrando su inconsistencia: la de su vocación por renovar la política, si no en sus reglas, por lo menos en su personal. Homenaje menor para la clase media cacerolera que lo supuso un instrumento del «que se vayan todos», el santacruceño sigue sin sacarse una foto con aquellos que ya trabajan para él, votan sus leyes y aportan a su reelección. Delicado cambio de registro para una misma agresividad que pasó del zamarreo público a una ofensa más dolorosa: la del amor no correspondido.
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