15 de agosto 2001 - 00:00

Desopilante flanco de Urso, ¿es un hombre de Derecho?

Jorge Urso, magistrado que saltó a la fama por la detención de Carlos Menem --ilegítima, según sus abogados-, ha sido cuestionado por enriquecimiento ilícito (su caso está en el Consejo de la Magistratura), y le reprochan irregularidades cometidas en el proceso (es demoledor en ese sentido el trabajo de los abogados Salvi y Roger), tanto que hasta se sospecha de prevaricato por haber falseado algunos hechos. Sin embargo, hay un flanco desopilante del juez que tal vez merezca un análisis epistemológico, especializado, debido a la extravagancia de su lenguaje. Su fallo, hasta ahora observado y criticado desde el ángulo jurídico, también debe interesar por otros contenidos. Fatigosa tarea ya que a veces no resulta sólo ininteligible, sino que induce a revisar su personalidad pues sus expresiones revelan un pensamiento alambicado, confuso, más propio de quien desea iniciarse en la literatura para no vender siquiera un libro a los familiares que de un hombre de Derecho.

Pero en lugar de juzgar --esfuerzo que le corresponderá, hay que insistir, a un lingüista-, vale rescatar algunos párrafos de Urso en el procesamiento a Menem, casi una antología sin clasificación para los poco expertos:

Una las primeras joyas literarias, envidiadas por algún hermético como Mallarmé, dice: «Una rudimentaria aproximación al epicentro del interlocutorio, puesto que su apogeo habrá de conseguirse entrado en el análisis pormenorizado de cada uno de los puntos del mismo, anuncia la modalidad inédita orquestada, su geografía catapultadora, los mecanismos predispuestos elegidos y aquellos presupuestos que alineados en términos adecuados moldearán su eficaz existencia en el mundo, insertándose en la realidad cotidiana».

Redacción

Se plantea en otra parte, como si ésa fuera la misión de un juez, «la exigencia de fomentar una redacción didáctica y de sencillo acceso, como aspecto indispensable para apaciguar el interés público concentrado con la ambición de aniquilar desde la judicatura la maraña y confusión interpretativa instaurada, acorde a múltiples juicios apresurados, pensamientos indigentes y creencias precipitadas».

No se ahorra elogios por haber desentrañado «un conglomerado histórico complejo» tras «agotadoras e ininterrumpidas jornadas laborales, responsables hoy de la cohesión cosechada y de la prosperidad procesal alcanzada». Es, como algunos diputados, de aquellos que han pasado muchas horas sin dormir.

Tal vez por el insomnio llegó a cierta ensoñación cuando habla de «un ramillaje humano grupal, plurisubjetivo, gobernado por ideales uniformes que, armonizados desde la abstracción, descienden terrenalmente encarando roles y competencias diversas que en un conjunto propulsan la ejecución de la ingeniería planificada en sus comienzos». Se ruega no leer en voz alta ni ante testigos.

Más de la colección: invita a hacer una «prolija reflexión ante la prospectiva columbrada y en el entusiasmo de despejar interpretaciones fútiles y superficiales que acarreen confusiones estériles» (¿habrá confusiones útiles o necesarias?) ya que «la dispersión explicativa subsiguiente, presupone un dispositivo que cubre dogmáticamente su decurso silogístico, evitando apuestas hermenéuticas desordenadas que consagren en última instancia un virtual anarquismo intelectivo». ¿Cuál es el postgrado en filosofía que los abogados se han perdido, es exclusivo para ciertos jueces?

No menos atractiva es la lectura en que hace referencia a «la dinámica importante que nutre y solventa la vivencia constante del círculo organizativo que requiere la tipología punitiva (artículo 210)» a la que completa con una imperdible reflexión que «lubricándose sin pausa con inyecciones mutativas que sirven al propósito de perseverar la matriz conspirativa fundada para el logro de los objetivos ilícitos propuestos».

Pionero

Ya convertido en esclarecido comentarista del código señala el «rompecabezas totalitario que atrapa los preceptos del artículo 210 del Código Penal» para agregar una perla del descubridor: «No escapa al suscripto el carácter pionero del decisorio que acomete habida cuenta que los acontecimientos anoticiados y los actores intervinientes, así como el marco precursor conglobante, le imponen una tajante vivisección en aras de espantar posiciones destructoras».

Esta prosa que, se supone eligió para su fallo protagónico e inolvidable, se mantuvo y acrecentó cuando restringió el régimen de visitas a Menem. Entonces expuso que «el esquema silogístico que enarbolará los párrafos que suceden...» para añadir «proyectado desde ese paredón legal, que abarca un detalle casuístico de inagotables variables humanas posibles de ocurrencia diaria».

Casi orgulloso debe sentirse un detenido frente al juez que lo castiga cuando éste escribe: «Una pauta hermenéutica elemental que despeja y allana el camino a emprender, determina una flexibilización del norte rígido y simétrico que catapulta el marco citado, para acondicionar, al amparo de criterios sensibles y matizados por excepcionales circunstancias, un diagrama de algunas directivas fundamentales para su evolución cotidiana y desarrollo periódico, tendiente a prevenir frustraciones legislativas y situaciones de fractura, generadora de hipotéticas revisiones producidas por desarmonías coyunturales, que comprometa en última instancia la subsistencia del instituto». Algunos militares retirados del pasado golpista añorarán un escriba de este fuste para explicar algo.

Para el final se transcribe otro retazo memorable: «Elasticidad que aun cuando la naturaleza intrínseca de la matriz alternativa aplicable decanta en términos propios sus manifestaciones globables y emblemas radiales, conmina algún señalamiento exacto y prolijo sopesando el escenario sumarial».

Uno no quiere pecar de Fouché, aquel policía de Napoleón que se atrevía a condenar a cualquiera con sólo tener una carta de amor y extraerle algunos párrafos, pero ciertamente introducirse en la verborragia escrita de Urso -aunque sea en parte-permite suspicacias de todo tipo sobre su personalidad.

Borges decía -al comentar el «Martín Fierro»- que los gauchos más primarios, cuando ejercían la poesía, utilizaban palabras no habituales y extravagantes para referirse a lo que no entendían. O, como escribió Beatriz Sarlo de otra autora, la definición que le cabe a Urso es: «Más que un modo de saber, es un modo de decir».

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