DISCURSO DE DUHALDE EN CUMBRE DE MONTERREY (21/03/02)
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Argentina, mi país, está en crisis.
Argentina, mi país, ha decidido cambiar, crecer, y eso siempre significa crisis.
Estamos al el final de un ciclo, pero la historia nos demuestra que cuando algo termina se están sentando las bases de un orden nuevo.
Para cambiar, para empezar de nuevo, hemos decidido terminar con el desorden fiscal que asociado con un desafortunado régimen monetario y cambiario nos condujo a la más grande depresión de la que se tenga memoria y suplantarlo por un programa económico cuyas bases macroeconómicas son: en primer lugar, presupuesto público equilibrado; luego, moneda única y propia; tercero, tipo de cambio flotante; cuarto, la progresiva eliminación de las restricciones financieras y de pagos.
Aspiramos, por lo tanto, a construir una economía de mercado competitiva que nos permita retomar el sendero del crecimiento y una inserción exitosa en el mundo.
A partir de esos ejes nuestro programa busca reencontrar el camino perdido, el camino de la producción, la cultura del trabajo y la justicia social.
Sin embargo este cambio, esta transformación que estamos iniciando gracias al tremendo sacrificio de nuestro pueblo, necesita además de la comprensión y colaboración de la comunidad internacional.
Y lo hago en este ámbito porque considero que este consenso es el más serio intento de discusión de temas referidos al proceso de desarrollo que se ha producido en mucho tiempo.
La mayoría de los que aquí estamos coincidimos en que la libertad, la democracia, la cooperación, la economía de mercado y particularmente la distribución equitativa de la riqueza son las bases y a su vez los instrumentos desde los que debemos discutir los problemas del desarrollo.
La falta de un abordaje serio a estas cuestiones nos ha arrojado a un siglo XXI lleno de asimetrías, en lo que se refiere a la posibilidad de los países en desarrollo de obtener en condiciones equitativas aquellos recursos necesarios para garantizar su crecimiento económico y su paz social.
Las dificultades para acceder a los mercados, las políticas proteccionistas, la corrupción, el terrorismo, la escasez de fondos destinados a capacitación y la volatilidad de los capitales son factores que impiden que el mundo en su conjunto disfrute de los beneficios prometidos por la globalización.
De esta manera la brecha entre los países emergentes y los más avanzados no ha disminuido, por el contrario, pareciera profundizarse día a día. De no ser así esta reunión jamás habría llegado a realizarse.
Pero no venimos a pedir compasión, sino un nuevo contexto global. El mundo, según las palabras del presidente del Banco Mundial James D Wolfensohn, necesita de una nueva arquitectura de desarrollo y ésta no será posible si las grandes economías no reducen el proteccionismo en todas sus formas y eliminan sus efectos distorsivos.
Hace años, un economista argentino, el doctor Raúl Presbich, acuñó una frase que ciertamente sirve de antecedente al sentido y espíritu de esta conferencia: "comercio en lugar de ayuda".
Y con esto no quiero restar importancia a la asistencia para el desarrollo, siempre ésta es necesaria, pero es imposible pensar en su eficacia en un contexto de severas distorsiones al comercio, sobre todo en el sector agrícola.
En este sentido Argentina espera como seguramente lo esperan muchos de los países aquí representados- que la ronda de negociaciones lanzada en Doha sirva para mejorar la posición de las economías emergentes y facilite su acceso a los mercados que tienen mayor poder adquisitivo.
También es clara la necesidad de instrumentar cambios en el funcionamiento de los organismos multilaterales de crédito para que estos se adapten a las nuevas necesidades.
En este sentido la Argentina efectúa un llamado para que el FMI, el Banco Mundial y la OMC en su conjunto, colaboren en el diseño de políticas preventivas y anticíclicas donde se complete la atención de los sectores más perjudicados.
El desarrollo y la prosperidad no pueden ser una teorización abstracta ni un ensayo de prueba y error porque los resultados que se exponen en cifras y gráficos ocultan el rostro de millones de hombres, mujeres y niños que pagan el costo altísimo de ser expulsados del sistema.
En la batalla cotidiana entre los poderosos y los desposeídos, el no intervenir no significa ser neutral sino ponerse del lado de la opulencia.
Por eso mi último llamado en esta Conferencia es un llamado a la ilusión, a la esperanza de alcanzar un mayor equilibrio entre las naciones emergentes y los países más desarrollados.
Un mapa del mundo en el que no esté incluida la utopía, no vale la pena mirarlo. Muchísimas gracias.




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