22 de marzo 2002 - 00:00

DISCURSO DE JAMES WOLFENSOHN EN CUMBRE DE MONTERREY (21/03/02)

Damas y caballeros, estoy muy complacido de encontrarme en el Centro Internacional Woodrow Wilson haciendo uso de la palabra en este acontecimiento patrocinado en conjunto con el Comité de Bretton Woods.
Ochenta y cuatro años atrás en esta misma ciudad, Woodrow Wilson habló sobre la guerra y la paz durante una Sesión conjunta del Congreso. "Lo que pedimos", dijo, "es que el mundo sea un lugar seguro para todas las naciones que aman la paz y que, al igual que la nuestra, desean regir sus propios destinos, determinar sus propias instituciones, gozar de justicia y de un trato justo de parte de los demás pueblos del mundo. Todos los pueblos están unidos en torno a esta meta y nosotros tenemos muy claro que mientras no se haga justicia con otros no habrá justicia para nosotros."
En dos semanas más, las autoridades de todo el mundo se reunirán en Monterrey, México, para discutir sobre el Financiamiento para el desarrollo. En ese momento, todos debemos esperar que se recuerden las palabras del Presidente Wilson.

Raramente ha existido un tema que haya sido tan vital para la paz y la seguridad a largo plazo y a la vez tan marginado de la política interna en la mayor parte de los países del primer mundo.
Nuestro desafío camino a la Conferencia de Monterrey y después de ella es persuadir a los dirigentes políticos de la necesidad de terminar con esa marginación, de que debemos ser justos con los demás si queremos que sean justos con nosotros, de que "todos los pueblos están unidos en torno a esta meta."
Tal vez nunca ha habido una mayor posibilidad de actuar en forma concertada o una mayor recompensa por el esfuerzo que se invierta. Dado los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre, este es el momento de reflexionar sobre cómo hacer que el mundo sea un lugar mejor y más seguro. La comunidad internacional ya ha actuado con decisión enfrentando directamente el terrorismo y aumentando la seguridad. Pero esas acciones en sí no son suficientes. No crearemos un mundo mejor y más seguro sólo con bombas y brigadas. No lograremos la paz hasta que tengamos la prudencia, el coraje y la voluntad política de redefinir la guerra.
Debemos tener conciencia que mientras exista injusticia social a escala global, tanto entre los estados como en su interior, mientras la lucha contra la pobreza recién esté comenzando en muchas partes del mundo, mientras no se reconozca el vínculo entre el avance en el desarrollo y el avance hacia la paz, podremos ganar una batalla contra el terror, pero no lograremos terminar una guerra que nos dé una paz duradera.
La pobreza es nuestro principal desafío a largo plazo. La pobreza abrumadora que nubla la razón, que roba todas las esperanzas y oportunidades de los corazones y sueños de los jóvenes justo cuando deberían estar alzando el vuelo hacia nuevos horizontes.
La pobreza, que roba la promesa de toda una vida por delante y la convierte en una lucha por la supervivencia diaria.
La pobreza, que junto a su aliada, la desesperanza, puede llevar a la exclusión, la ira e incluso al conflicto.
La pobreza, que no necesariamente lleva por sí misma a la violencia, pero que puede convertirse en un terreno fértil para las ideas y acciones de aquellos que promueven el conflicto y el terror.
El 11 de septiembre, la crisis de Afganistán llegó a Wall Street, al Pentágono y a un campo en Pensilvana. Y el muro imaginario que dividía al primer mundo del tercer mundo se derrumbó estrepitosamente.
El creer en ese muro y en aquellos mundos distintos y separados nos ha hecho creer durante mucho tiempo que es normal un mundo donde menos del 20% por ciento de la población (los países ricos donde estamos hoy) domina las riquezas y los recursos de todo el mundo y se lleva el 80 por ciento de sus ingresos en divisas.
El creer en ese muro nos ha hecho creer durante mucho tiempo que un mundo donde cada minuto muere una mujer en el parto es algo normal.
El creer en ese muro nos ha permitido considerar durante mucho tiempo que la violencia, la privación de derechos y la desigualdad del mundo son problemas de los países pobres y débiles y no del nuestro.
No hay tal muro. No hay dos mundos. Sólo hay uno.
El proceso de globalización y la creciente interdependencia ha sido el resultado de milenios.
Como lo ha expresado mi amigo Amartya Sen, un milenio atrás fueron las ideas que llegaron de China, India y del mundo musulmán, no del Occidente, las que proporcionaron la base intelectual para gran parte de las ciencias, la impresión y las artes. Fue el Gran Emperador Mongol Akbar, un musulmán, el que pidió apertura y tolerancia religiosa en el siglo dieciséis.
No existe tal muro. Estamos vinculados por el comercio, la inversión, las finanzas, los viajes y las comunicaciones, por las enfermedades, los crímenes, las migraciones, la degradación ambiental, las drogas, las crisis financieras y el terror.
Sólo en nuestras mentes seguimos manteniendo ese muro. Estamos demasiado centrados en nuestras ideas, demasiado complacientes o aterrados para enfrentarnos a una realidad sin él.
Es tiempo de desmantelar ese muro, reconocer que en este mundo unificado la pobreza es nuestro enemigo común. La guerra por librar es contra la pobreza. Debemos combatirla, porque es repugnante en términos éticos y morales. Debemos combatirla, porque unirse a la lucha es en el propio interés de los ricos. Debemos combatirla, porque su existencia es como un cáncer que debilita todo el cuerpo y no sólo las partes a las que ataca directamente.
Y no necesitamos combatir a ciegas. Porque ya tenemos una visión acerca de lo que nos podría llevar a la victoria.
El año pasado durante la Cumbre de las Naciones Unidas, más de 140 líderes mundiales acordaron lanzar una campaña para luchar contra la pobreza en varios frentes. Juntos, acordamos apoyar los Objetivos de desarrollo del milenio. Según nuestro acuerdo, al 2015 deberíamos:
· Haber reducido a la mitad el porcentaje de personas que viven con menos de un dólar al día
· Haber asegurado que tanto niños como niñas completen su enseñanza primaria
· Haber eliminado las diferencias de género en todos los niveles de educación
· Haber reducido la mortalidad infantil en dos tercios
· Haber reducido la mortalidad materna en tres cuartos
· Haber hecho retroceder al VIH/SIDA, la malaria y otras enfermedades
· Haber reducido a la mitad el porcentaje de personas sin acceso a agua potable
· Y haber desarrollado una colaboración global para el desarrollo
¿Cómo podría alguien oponerse a estas metas? ¿Cómo podría alguien negarse a levantarse y decir, quiero un mundo mejor para mis hijos y los hijos de mis hijos?

Y aún así, hay algunos que legítimamente preguntan: ¿Podemos ganarle a la pobreza? Y si no estamos seguros, ¿debemos arriesgar nuestros recursos?

A estas personas yo les pregunto. ¿Podemos darnos el lujo de perder? ¿Cuánto estamos dispuestos a comprometernos para preservar el futuro de nuestros hijos? ¿Cuál es el precio que estamos dispuestos a pagar para avanzar durante nuestra generación hacia un mundo mejor?

Y a los que dudan, les digo: miren los hechos. Ya que los hechos demuestran que a pesar de las dificultades y retrocesos, hemos hecho avances importantes en el pasado y seguiremos avanzando en el futuro.

Durante los últimos 40 años, la expectativa de vida al nacer en los países en desarrollo aumentó en 20 años, casi tanto como lo que se logró en toda la historia de la humanidad antes de la mitad del siglo veinte.

Durante los últimos 30 años, el analfabetismo en los países en desarrollo disminuyó casi a la mitad, desde el 47% al 25% entre los adultos.

Durante los últimos 20 años, la cantidad absoluta de personas que vivía con menos de US$1 al día, después de aumentar a un ritmo estable durante los últimos 200 años, comenzó a disminuir por primera vez, incluso pese al aumento de la población mundial en 1,6 mil millones de personas.

Gran parte de estos avances se debe al mayor ritmo de crecimiento en el mundo en desarrollo, el que ha permitido más que duplicar el ingreso promedio en esos países durante los últimos 35 años.

Estas no son sólo estadísticas inútiles. Indican avances reales en las vidas de personas de carne y hueso:

En Vietnam, donde el número de personas pobres disminuyó a la mitad durante los últimos 15 años;

En China, donde los pobres rurales disminuyeron de 250 millones a 34 millones después de dos décadas de reformas.

En la India, donde la tasa de alfabetismo entre las mujeres aumentó de un 39% al 54% sólo en la década anterior.

En Uganda, donde se duplicó la cantidad de niños que asisten a la escuela primaria;

En Bangladesh, donde se han hecho esfuerzos notables para lograr que la educación primaria sea universal y donde la matrícula de las niñas en la educación secundaria aumentó hasta casi igualar la de los niños, en un entorno donde las niñas se enfrentan a enormes barreras desde hace mucho tiempo;

En Brasil, donde las muertes relacionadas con el SIDA disminuyeron en más de un tercio.

O en Etiopia, donde seis millones de etíopes se benefician actualmente de mejores servicios de salud y educación.

Estos avances no han sido fortuitos. Han resultado de la acción. En primer lugar, de la importante acción de los mismos países en desarrollo, pero también de la acción conjunta con el mundo desarrollado, las instituciones internacionales, la sociedad civil y el sector privado.

Pero algunos pueden decir, ¿debemos arriesgar nuestros recursos en un potencial éxito sabiendo que también ha habido fracasos?

Gran parte del crecimiento y de la reducción de la pobreza en todo el mundo durante los últimos veinte años se ha producido en los dos gigantes del mundo en desarrollo, China y la India, aparejado con avances en otras partes del este asiático y América Latina. Sin embargo, hay muchos que se han quedado a la zaga, especialmente en África al Sur del Sahara.

Hay demasiada desigualdad entre los países y al interior de éstos, demasiada exclusión, demasiadas guerras, demasiadas luchas internas, además del SIDA que ahora amenaza con revertir muchos de los avances logrados durante los últimos 40 años.

Y estos desafíos sólo aumentarán durante los siguientes 30 años mientras la población mundial se incremente en 2 mil millones hasta llegar a los 8 mil millones, con un crecimiento que se dará casi por entero en el mundo en desarrollo.

Cuando nosotros en la comunidad de desarrollo internacional (las instituciones internacionales y las agencias bilaterales, los gobiernos y las organizaciones no gubernamentales) examinamos los desafíos que nos esperan, también debemos mirar objetivamente hacia el pasado y hacerlo con humildad.

Para demasiadas personas, los años de la Guerra Fría fueron años en que el desarrollo se detuvo o incluso retrocedió, en que los líderes se enriquecieron a expensas de su pueblo, en que los recursos fueron utilizados para actividades políticas y no para el desarrollo.

Es verdad. Hemos visto fracasos y hemos visto los efectos de la politización de la ayuda. Entonces, no debemos olvidar nunca lo corrosivo de su efecto.

Hemos aprendido que las políticas impuestas desde Londres o Washington no funcionan. Los países deben estar a cargo de su propio desarrollo. Las políticas deben pertenecer a sus propios lugares y desarrollarse en ellos.

Hemos aprendido que cualquier esfuerzo por combatir la pobreza debe ser integral. No hay una varita mágica que por sí sola destruya la pobreza. Pero también sabemos que hay condiciones que promueven un desarrollo exitoso: programas de educación y salud para aumentar la capacidad humana de un país, gobiernos transparentes y eficientes, un sistema legal y de justicia que sea eficaz y un sistema financiero bien organizado y supervisado.

Hemos aprendido que la corrupción, las políticas erradas y una deficiente gobernabilidad hacen que la ayuda sea ineficaz, pero que los programas conducidos por los propios países para combatir la corrupción pueden tener éxito.

Hemos aprendido que la disminución de la deuda externa es un elemento clave para que los países pobres más fuertemente endeudados se vuelvan a poner de pie y que los fondos liberados se pueden usar de manera efectiva en programas contra la pobreza.

Hemos aprendido que debemos centrarnos en las condiciones para la inversión y la creación de empresas, particularmente para las empresas pequeñas y el sector agrícola. Pero que eso no es suficiente para lograr un crecimiento que favorezca a los pobres. También debemos promover la inversión en las personas, otorgándoles poder para que tomen sus propias decisiones.

Hemos aprendido que el desarrollo es un trabajo de largo aliento que trasciende los ciclos políticos y las soluciones parche, puesto que la base más sólida para lograr un cambio permanente es el consenso social para la acción a largo plazo.

Estas lecciones y principios nos deben alentar, porque ahora más que nunca antes los donantes bilaterales y multilaterales, los gobiernos y la sociedad civil se están uniendo para respaldar un conjunto de principios comunes.

Ahora más que nunca antes soplan en el mundo nuevos vientos que transforman en realidad nuestro potencial para el desarrollo.

En este nuevo mundo, el desarrollo no está relacionado con la dependencia de la ayuda. El desarrollo significa una oportunidad para que los países en desarrollo implementen políticas que permitan que sus economías crezcan, que atraigan inversión privada y que sus gobiernos puedan invertir en su pueblo, promoviendo con ello la independencia de la ayuda.

Tiene que ver con tratar a los pobres no como objetos de caridad, si no como activos con los que podemos construir un mundo mejor y más seguro. Tiene que ver con el escalamiento: ir desde los proyectos individuales a los programas, basándose y luego replicando, por ejemplo, el éxito logrado por el desarrollo impulsado por la comunidad y el micro-crédito, donde los pobres constituyen el centro de la solución, no el final de la cadena de reparto. Tiene que ver con forjar una Nueva colaboración entre ricos y pobres, basada en el interés y el apoyo mutuo.

Y son los países en desarrollo los que llevan la delantera. Escuchen la voz de los líderes africanos en la Nueva colaboración para el desarrollo africano.

"En todo el continente, los africanos declaramos que ya no permitiremos quedar condicionados por las circunstancias. Determinaremos nuestro propio destino y hacemos un llamado al resto del mundo para que apoye nuestros esfuerzos".

Estos líderes, y otros líderes y pueblos como ellos en gran parte del mundo en desarrollo, están tomando conciencia respecto a lo que hay que hacer para permitir el desarrollo de sus países.

Están comprometiéndose con la gobernabilidad, con mejorar el clima de inversiones, con invertir en su pueblo. Y el notable mejoramiento de las políticas en gran parte del mundo en desarrollo desde la década de los ochenta es una demostración de su seriedad. Y sus efectos son evidentes.

En algunos países, estas mejoras normativas y de gobernabilidad han generado un crecimiento liderado por el sector privado que también involucra a los pobres. Al crear un entorno más favorable para la productividad y el desarrollo, se están creando puestos de trabajo, se está incentivando el crecimiento de los ahorros y la inversión interna y al mismo tiempo se están estimulando mayores flujos de inversión externa directa.

No se quedan sentados esperando que el desarrollo les llegue. Están ayudando a financiar su propio desarrollo. Y tienen conciencia de la vital importancia de crear capital humano dentro de sus países.

Pero no pueden hacerlo solos.

He hablado de una cara de la nueva colaboración, los líderes del mundo en desarrollo. Pero también se necesita un liderazgo en el mundo desarrollado, el que debe aprovechar la oportunidad que se presenta en Monterrey para dar el siguiente paso importante para crear ese mundo más estable y pacífico.

¿Qué deben hacer los líderes de los países ricos?

En primer lugar, deben ayudar a los países en desarrollo a construir sus propias capacidades en el gobierno, el mundo de los negocios y en sus comunidades en general. Y al hacerlo, deben escuchar las necesidades que manifiesten los países en desarrollo, para que puedan ayudarlos a implementar proyectos específicos que sean pertinentes y puedan realmente generar un cambio. No es un trabajo pro-forma. Es una tarea que requiere verdadera pasión y compromiso.

En segundo lugar, deben avanzar en el tema de la apertura comercial, reconociendo que sin un acceso a los mercados, los países pobres no pueden satisfacer su potencial, no importa cuán efectivas sean sus políticas. Otros países ricos deben seguir ahora los ejemplos de la Unión Europea con su Acuerdo sobre Todo Menos Armas y la Ley de Oportunidades y Desarrollo para África de Estados Unidos, ampliando sus beneficios a todos los países de bajo ingreso y así terminar con las barreras al comercio que perjudican a las naciones y trabajadores más pobres. Esta acción no necesita esperar un acuerdo de la OMC (Organización Mundial del Comercio).

Aún cuando existan grupos políticos influyentes que se opondrán a cualquier acción de esa naturaleza . Pero los líderes políticos tienen la obligación de recordarles a los electores que el disminuir las barreras al comercio no tendrá en general costo alguno para los países ricos. Las ganancias que genera un comercio más libre en estas áreas son muy superiores a cualquier costo de ajuste en el corto plazo. No es necesario hacer ningún sacrificio y no hay ninguna excusa para no tomar una medida que mejorará la situación de todos los países.

En tercer lugar, las naciones ricas también deben tomar medidas para disminuir sus subsidios agrícolas, subsidios que dejan a los países pobres desprovistos de mercados para sus productos. El apoyo a la agricultura va dirigido a un número relativamente pequeño de agroindustrias, muchas de las cuales son enormes empresas. Y sin embargo, esos subsidios por US$350 mil millones al año son seis veces más que la ayuda externa que los países ricos entregan a un mundo en desarrollo de aproximadamente 5 mil millones de personas.

Aunque también hay existen grupos políticos poderosos que se oponen a esta medida contra esta medida. Lo cierto es que los subsidios agrícolas constituyen una pesada carga para los ciudadanos de los países desarrollados y una barrera a los productores de productos básicos en el mundo en desarrollo. Un liderazgo político hábil permitiría disminuirlos. Pero nos hace falta ese liderazgo. Y el reducir estos subsidios tendría el beneficio adicional de generar ahorros considerables en el presupuesto fiscal de los países ricos. Ahorros muy superiores a los necesarios para aumentar considerablemente la ayuda externa, además de cualquier compensación interna que fuera necesaria.

En cuarto lugar, los países ricos deben tomar conciencia que incluso con medidas en materia de comercio o de subsidios agrícolas, de todos modos es absolutamente necesario aumentar los recursos destinados a los países en desarrollo. Según nuestras estimaciones, se requiere un monto adicional de aproximadamente US$40 a US$60 mil millones al año (casi el doble del actual flujo de ayuda) para lograr los Objetivos de desarrollo del milenio de alrededor del 0,5% del PIB, aún bastante por debajo del objetivo de 0,7% acordado por los líderes mundiales hace algunos años.

Podría ser imposible duplicar la ayuda de la noche a la mañana debido a las realidades presupuestarias. Pero si queremos que esta "Nueva colaboración" funcione, debemos comprometernos a igualar paso a paso los esfuerzos de los países en desarrollo con un incremento gradual de la ayuda. Una cifra realista sería de US$10 mil millones anuales durante los próximos 5 años, llegando hasta uno US$50 mil millones adicionales en el quinto año.

Como parte de esta ayuda, los donantes también deben completar un acuerdo para el financiamiento de la AIF durante los próximos 3 años. Este programa, que ofrece apoyo a largo plazo a los países con ingresos per cápita de menos de US$2 al día, es crucial para aquellos que viven en condiciones de pobreza desesperada. Creo que estamos cerca de alcanzar un acuerdo en este vital programa y ha llegado la hora de hacerlo efectivo. No podemos pedirle a los pobres que esperen más.

¿Cree alguien realmente que no vale la pena invertir en la meta de reducir la pobreza absoluta a la mitad hasta el año 2015?

Una ayuda adicional de US$50 mil millones sólo costaría un quinto del 1% del ingreso de los países ricos.

Una ayuda adicional de US$50 mil millones revertiría la disminución como proporción del PIB que ha venido teniendo lugar durante los últimos 15 años.

Comparen eso con el hecho de que hoy, las naciones industriales líderes son responsables de casi el 90% del valor del multimillonario comercio de armas del mundo. Las armas que están contribuyendo a los mismos conflictos que todos nosotros decimos condenar y en cuya eliminación debemos gastar más dinero.

Lo voy a repetir:

Debemos hacerlo, porque es éticamente correcto.

Debemos hacerlo, porque el mundo será mejor, más acogedor, dinámico y, por cierto, más próspero para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.

Debemos hacerlo, porque aumentará la seguridad de todos nosotros, tanto ricos como pobres.

Sabemos que las enfermedades, el medio ambiente, las crisis financieras e incluso el terror no reconocen fronteras nacionales.

Sabemos que los muros imaginarios no nos protegerán.

Si queremos construir una paz duradera, si queremos estabilidad para nuestras economías, si queremos oportunidades de crecimiento en los años venideros, si queremos construir ese mundo mejor y más seguro, el combatir la pobreza debe ser parte de la seguridad nacional e internacional. Yo no subestimo el desafío de asignar US$50 mil millones adicionales para el desarrollo. Pero sé, como también lo saben muchos otros, que hacia ahí debemos orientar nuestro dinero. La derrota de la pobreza es ciertamente la búsqueda de la paz.

No debemos dejar que nuestra misión se vea enturbiada por los debates en los que no hay nada que discutir. La discusión es: seamos eficientes, seamos productivos, garanticemos que el dinero se gaste bien, aseguremos que no haya corrupción en los proyectos y programas, garanticemos a las mujeres un lugar importante en el proceso de desarrollo, aseguremos la autoría local de los temas, usemos todos los instrumentos a nuestro alcance, donaciones, préstamos y garantías. Estos no son temas que estén sujetos a discusión. Son temas cuyos principios todos apoyamos. No son temas para detener la acción. Son temas en torno a los cuales todos podemos cerrar filas y avanzar.

El tiempo no está de nuestra parte. Pero tal vez por primera vez, la opinión pública sí.

Hay algunos que dicen que nunca obtendremos apoyo para la ayuda externa en un clima de recesión económica y recortes presupuestarios. Nunca podrán persuadir a la gente que mire más allá de su cuenta bancaria. Yo por primera vez no creo eso. He visto lo mejor de cada persona, su actitud menos egoísta en tiempos difíciles.

Y creo que sí hay un cambio a partir del 11 de septiembre. En todas partes la gente está empezando a tomar conciencia:

que las soluciones militares contra el terror no son suficientes. . .

que la gente necesita esperanzas . . .

que debemos crear una comunidad global que incluya a todos. . .

que debemos hacer que la globalización represente a una humanidad común, no a marcas comerciales o ventajas competitivas.

Esta conciencia está creciendo. Tres meses atrás, una encuesta realizada entre 23.000 personas de 25 países mostró un apoyo abrumador a la idea de luchar contra la pobreza y acortar la brecha entre los ricos y los pobres como la primera prioridad de la agenda internacional.

Amigos míos:

Durante siglos nos hemos enfocado en los temas de la guerra y la paz. Hemos creado ejércitos y perfeccionado estrategias. Hoy libramos una guerra diferente en un mundo diferente.

Un mundo donde la violencia no se detiene en las fronteras; un mundo donde las comunicaciones ayudan a dejar al descubierto las desigualdades globales:

Donde lo que pasa en un lugar del mundo afecta a los demás.

Inclusión, un sentido de equidad, empoderamiento, anti-corrupción, deberán ser nuestras armas del futuro.

Creo que hoy quizás tenemos más posibilidades que en cualquier otro momento de los últimos 50 años de ganar esta guerra y de crear una nueva colaboración para la paz.

Juntos debemos promover la idea de que las políticas ya no pueden estar ordenadas en cajas rotuladas como interna y externa; para casa y para afuera sacando a hurtadillas un 0,1% o un 0,24% del producto interno bruto a la ayuda. Juntos debemos persuadir a los ministros de economía y finanzas que cuando discutan sus presupuestos, deben darle la misma importancia al gasto internacional que al gasto en defensa y al gasto nacional


Pero debemos ir más allá. Debemos cambiar las mentalidades que crean los muros.

En todo el mundo, debemos educar a nuestros hijos para que sean ciudadanos globales, con responsabilidades globales. Debemos celebrar la diversidad, no temerle. Debemos crear planes y programas de estudio que hablen de comprensión, no de sospecha, en torno a la inclusión y no al odio. Debemos decirles a nuestros hijos que se atrevan a ser diferentes: internacionales, interculturales, interactivos, globales.

La próxima generación debe hacerlo mejor que la nuestra.

Permítanme terminar como comencé, con las palabras de Woodrow Wilson, palabras que trascienden las divisiones culturales y nacionales.

"No están aquí simplemente para ganarse la vida. Están aquí para permitir que el mundo viva mejor, con mayor visión, con un espíritu más elevado de esperanza y logros. Están aquí para enriquecer al mundo, Ustedes se empobrecerán si olvidan este deber.

Gracias.

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