El ARI de Elisa Carrió corre peligro de seguir fisurándose, en medio de una fuerte polémica interna que allegados a Lilita intentan disimular. Tras la deserción de Jorge Giles (secretario parlamentario del bloque arista) hace un mes, se multiplicaron las quejas por la deficiente performance electoral y política de la fuerza progresista en los principales distritos del país.
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Hay que recordar, entre las disidencias recientes, la fuga de Mario Cafiero, que está pergeñando un nuevo bloque desde diciembre con el electo Miguel Bonasso, más el ex zamorista José «Mudo» Roselli y el metalúrgico Francisco «Barba» Gutiérrez, hoy cercanos a la transversalidad de Néstor Kirchner y cada día más lejos de las cargas de Carrió contra el gobierno.
A fin de año, quedarán en el Congreso sólo 8 aristas puros de los 11 con mandato actual. Sin entenderse con aquellos y otros transversales y progresistas, será imposible que Carrió aspire a la vice 3ª de Diputados que parecen próximos a retener los provinciales del Interbloque Federal que fundaron Carlos Balter (PD-Mendoza), Alberto Natale (PDP), Ricardo Gómez Diez (PR-Salta) y Pedro Salvatori (MPN-Neuquén).
• Desafío
En ese contexto de migraciones y protestas, sectores sociales del lilismo refirmaron su identidad y reclamaron abrir el debate doméstico, en abierto desafío a la propia líder espiritual. Lucy de Cornelis, del movimiento Mujeres Agropecuarias en Lucha, y el empresario Roberto Tortosa (Pymes del ARI) amagaron con una fuerte crítica por escrito y propusieron un encuentro nacional para renovar el partido. Fijaron una cita para el domingo 9 de noviembre.
En tren de contrarrestar esta movida, el entorno de Carrió, que asume en la intimidad ser objeto de 99% de las críticas, trató de ponerle sordina al pataleo de Cornelis, Tortosa y compañía. Eduardo Macaluse, Elsa Quiroz y Fernando Melillo programaron, curiosamente, un congreso nacional del ARI para el día anterior: el sábado 8. A cambio, los díscolos pospusieron su deliberación propia hasta fines del mes que viene.
El trío Macaluse-Quiroz-Melillo se enfrenta ahora a una serie de posibles conflictos. Por un lado, expone a la misma Lilita a un cónclave -el primero con peligro de escándalo- que puede ponerla en una situación más que desagradable: escuchar acusaciones de tono subido sobre los errores tácticos de la campaña y hasta de la distancia que tomó Carrió de Néstor Kirchner pero, fundamentalmente, de Aníbal Ibarra, a quien el arismo ayudó orgánicamente a conseguir la reelección en la Jefatura de Gobierno.
Por si fuera poco, aquella troika puede también convertirse en centro del escarnio, en el supuesto de que trataran de silenciar a Cornelis y Tortosa, impidiéndoles exponer sus puntos o ingresar al recinto de discusión, todavía no definido (una demostración del apuro de los lilistas íntimos).
«La obsecuencia -le reprocharon al terceto Cornelis y Tortosa- no permite escuchar al resto. Si lo escucha, deberá transmitir las objeciones... Todo conductor tiende generalmente a consultar al más cercano. Si ese pequeño grupo manipula el pensamiento general, lo más probable es que ese espacio se pierda inexorablemente en el tiempo», reflexionaron en formato de reproche y calificaron a los íntimos de Carrió de «soberbia elite sumisa por conveniencia».
En Capital Federal, Carrió acaba de sufrir un desaire de sus seguidores. Tras reclamarles que sacaran un comunicado declarándose autónomos del ibarrismo, Eduardo Jozami y Delia Bisutti apenas se pronunciaron independientes de Néstor Kirchner, conscientes de que -por más lealtad que tengan hacia «Lilita»- les resulta imprescindible conseguir un conchavo en el gobierno ibarrista, con cuyo mantenimiento colaboraron.
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