Se podía detectar anoche, en el círculo más estrecho de Néstor Kirchner, otra contradicción, pequeña: el mensaje que el Presidente dirigirá hoy a la Asamblea Legislativa era guardado bajo siete llaves pero, al mismo tiempo, se aseguraba que no habrá sorpresas en ese discurso. Hay que esperar poco, hasta las 11 de hoy, para saber si detrás del secreto se escondía una bomba verbal o si se trató de una práctica corriente en un planeta tan disciplinado con la información como el que encabeza Kirchner (que lo diga, si no, Felisa Miceli).
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Aún en la planicie de esa falta de novedades será posible, sin embargo, distinguir algún significado especial. Como siempre sucede, el texto definitivo no estará listo hasta la mañana. Carlos Zannini es, como siempre, el encargado de detectar cuáles son las melodías que más agradan a su jefe y agregarles un poco de pólvora. Como viejo «chino», sabe que toda revolución comienza por la retórica. Algunas, además, terminan en ella.
Entre esos párrafos a los que los informados les prestaban anoche mayor atención habrá uno sobre la lucha contra la inflación. Tal vez sea el más relevante, si se tiene en cuenta que es la saga más importante en la que se siente involucrado el orador. Nadie debe esperar, sin embargo, demasiados detalles técnicos. Mucho menos monetarios. Kirchner suele confesarse en estos términos: «Para mí la inflación se debe 20% a la política monetaria y 80% a las expectativas. La política monetaria no la voy a tocar así que me voy a dedicar a lo que conozco, que es trabajar sobre las expectativas». Por eso hoy las palabras del Presidente, prometían sus amigos, tendrán el grado de voluntarismo habitual.
De los problemas de inestabilidad de precios se pasará, de manera casi imperceptible, a lo que el gobierno espera de los empresarios. Aquí Kirchner caminará sobre una cuerda delgada. Sabe que el programa que él conduce requiere de niveles de inversión superiores a los actuales. Pero nadie le quitará el placer de montar ese aparato retórico que tanto resultado le ha dado a lo largo de su carrera política. En el tablero mental del Presidente figuran, para este drama, tres actores. Basta prestar alguna atención a los discursos que repite a diario en el Salón Blanco para encontrarlos. Ellos son «las hermanas y hermanos de mi Patria», acosados siempre por la codicia por «la rentabilidad» de los «señores empresarios» (Lorenzo Miguel apelaba a la misma retórica para mencionar a los malos de la película). Entre unos y otros, él mismo, Kirchner, dispuesto a defender a sus «hermanas y hermanos» de los avarientos hombres de negocios, que no tienen siquiera la categoría de primos segundos. «Los empresarios se llevarán su rentabilidad pero sólo la que les corresponde» termina siempre esa parte de la canción. No es necesario -o tal vez sí- exhumar la cantidad de supuestos que cobija este montaje verbal y, sobre todo, las hipótesis morales y políticas que encierra respecto de la creación de riqueza y la función de la iniciativa privada en ese proceso.
• Mirada al futuro
Si alguien espera que haya, como solía haber en el pasado, un pasaje de exigencias similares para los gremialistas y sus presiones salariales, quedará en ascuas. Pero eso no debe llevar a confusión: Carlos Tomada ya les está diciendo a los gremialistas más cercanos que no homologará convenios laborales con aumentos superiores a 15%. Es todo lo que puede dar Kirchner. El resto depende de la habilidad de Hugo Moyano y sus hombres para conseguir aumentos en especies, tipo vales de consumo. Vieja tradición de la casa, dicen en Trabajo.
En materia de imperativos sociales, la mirada se pondrá en el futuro. Lo que allí se prefigura está determinado. La marcha de la economía facilitará la creación de empleo, sobre todo si los «señores empresarios» se sensibilizan en esta dirección. Anoche no estaba del todo despejada una incógnita menor: ¿dirá o no el Presidente que está dispuesto a terminar el año con la desocupación en un dígito?
Hay que esperar, es lógico, que «con la humildad de un hombre común que necesita que lo ayuden», Kirchner enumere los logros de sus casi tres años de gestión. En estas autocelebraciones el santacruceño repetirá a sus antecesores, desde Cornelio Saavedra hasta «Menem lo hizo».
Aunque nadie tan dotado como él para recordar cifras y repetirlas de memoria, con el entusiasmo de los grandes vendedores. Claro, tampoco hubo muchos presidentes con tan buenas cifras para recitar. Tal vez hoy haga una demostración de esa destreza. Entre las cumbres que señalará el Presidente con su dedo estará, seguramente, «el desendeudamiento». Otro enigma: ¿habrá algún recuerdo grato para Roberto Lavagna? ¿O el ex ministro deberá emitir un nuevo comunicado para que no se apague su memoria?
Quienes tengan alguna curiosidad sobre cómo seguirán las malas relaciones con Uruguay, tal vez deban esperar a otro mensaje. En cambio la audiencia tendrá asegurada una nueva versión de uno de los grandes hits del Presidente: el ataque a «las corporaciones». Anoche se esperaba que sirva acariciar con un elogio al Congreso por la votación de la reforma al Consejo de la Magistratura (el fervor es tanto que tal vez designen como «22 de Febrero» a una calle porteña). ¿Se extenderá esa diatriba contra el poder corporativo hacia los medios de comunicación y algunos diarios? Se apagaban las luces sobre los papeles de Zannini, anoche, y todavía había un párrafo para esos malvados.
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