Fue mordaz y por momentos duro el senador pampeano Carlos Verna, ayer, en su exposición delante de la Comisión de Asuntos Constitucionales del Senado, donde se siguen utilizando energías y recursos públicos para hablar de coimas que nadie denuncia con nombre y apellido. Aportó un dato ácido: la comida que compartió con Roberto Lavagna la pidió el ministro, quien tenía contratado al consultor Carlos Bercún en su cartera. Y, al parecer, no fue para hablar del «corralito» y los bonos ni del sistema financiero en general. Verna sugirió que el objetivo principal del encuentro habría sido, para el ministro, inducir al Senado para que rechace el pliego de Aldo Pignanelli. «No me lo pidió porque no corresponde ni yo se lo hubiera permitido. Pero no me cabe la menor duda de que si el ministro formara parte de la Comisión de Acuerdos no hubiera aprobado el pliego de Pignanelli por los argumentos que dio esa noche.»
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Seguramente Verna no quiso ir más allá, pero, cuando lo indagaron sobre las razones últimas del escándalo, afirmó: «Todo el mundo sabe que existe una pelea entre el Ministerio de Economía y el Banco Central, que no se ponen de acuerdo siquiera sobre lo que hay que hacer con los bancos en problemas. El Senado es víctima de esa interna para la que está siendo utilizado».
Además de irritar la herida, pública, entre Lavagna y Pignanelli, Verna planteó otra sospecha. Fue cuando Jorge Capitanich le preguntó por qué si la nota del «Financial Times» que habló de sobornos se refería a «legisladores», todas las miradas se circunscriben al Senado. «Supongo que es por la herencia recibida, el problema de imagen que tiene esta institución desde el tratamiento de la ley laboral del año 2000», contestó el pampeano. Detrás de él, circularon sonrisas, y un colaborador del bloque peronista comentó: «Lo que Capitanich preguntó, elegantemente, es por qué no se indaga la conducta de los diputados, muchos de los cuales están sentados hace meses sobre leyes que afectan intereses de los bancos».
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