18 de julio 2003 - 00:00

El pasado condena a más de un peronista

País esquizofrénico: para ingresar a la Corte Suprema, el candidato (Raúl Zaffaroni) debe soportar un bombardeo devastador, comparable al de Saddam y, para salir de la Corte Suprema, el candidato (Eduardo Moliné O'Connor) debe padecer una ofensiva semejante. A su vez, un funcionario como el procurador debió dejar el cargo porque se divulgó el nombre de uno de sus defendidos, mientras el eventual sucesor de Julio Nazareno quiere acceder a su puesto sin que se revelen quiénes han sido sus defendidos. Más allá de justificativos, las comparaciones retratan un dislate. Como el caso del titular de Migraciones, Jorge Rampoldi, funcionario elegido por Néstor Kirchner (quien, siempre se dijo, les hace radiografías y análisis de sangre a sus designados), preferido y recomendado de Eduardo Duhalde (alguna vez hasta fue postulante a la cartera laboral), hombre del peronismo, quien seguramente será relevado de sus funciones -se sabe que presentó la renuncia-, por el propio peronismo.

¿Diferencias internas por llegada o partida de extranjeros, conflictos en el área ( Interior), intereses por radicaciones? Ninguna de esas causas se atienden para la remoción: el origen de la crisis, nunca advertida antes con el personaje (Rampoldi ya pasó por varios niveles secundarios de la administración pública a lo largo de los años), pasa por su presunta actuación política en los años '70. No es que haya sido militar o sirviera al régimen de esa década, sin por haber estado o colaborado con la administración de Perón y su bendita sucesora y esposa. Más bien, por esa discusión que protagonizaban los peronistas (antes, inclusive, del llamado Proceso) donde los hombres de un mismo partido no se tiraban precisamente con libros. A Rampoldi ahora le reprochan haber merodeado el justicialismo en el poder (cuando el propio Perón gobernaba), cercano al ala más nacionalista, a la desviación de su querido y confidente José López Rega, con una asesoría profesional en gremios donde hubo numerosos desaparecidos. Sencillamente lo acusan de soplón, calificativo que como se sabe -en libertad, en prisión o en el exilio-para los militantes de ese partido casi es una condición necesaria.

• Recuerdos

Por supuesto que Rampoldi niega las imputaciones, los testimonios de quienes lo acusan, la aproximación en suma a episodios de violencia o complicidad con atroces represiones, mucho más su vinculación con un grupo (Comando de Organización) tan tenebroso a la hora de matar gente como los Montoneros (se hace necesario recordar de la época, la estupidez plagiaria y la vocación castrense de estas fracciones que todas se titulaban comandos y, en cuanta oportunidad tenían de crecimiento, hasta adquirían y se concedían falsos grados militares). Entonces, cada grupo --para justificar sus pasiones violentas poseía una carta o texto del libro gordo del general que los habilitaba para decirse unos de derecha y otros de izquierda, cuando de esa división política carecían hasta del conocimiento de la asamblea francesa y, apenas, unos pocos interesados hablaban como si supieran por haber ojeado a un pensador doméstico como Hernández Arregui.

Todos ellos, a su modo, se fueron reciclando en la vida política, sea con Alfonsín, con Menem, Duhalde o Kirchner. Los que se decían de derecha y los que se decían de izquierda. El poder, como peronistas confesos, los acercaba a la paz. Rampoldi quizás sea uno de esos modélicos hombres que, en la provincia de Buenos Aires, integran una lista interminable donde unos se cuentan los balazos que se cruzaron con otros (inclusive, hasta muestran evidencias de esos intercambios). Así han vivido y, como diría Alfonsín, bien gorditos. El episodio con el titular de Migraciones, en esta ocasión, sólo despierta la fotografía de entonces, brutal, esperpéntica, nefasta, cometida en general por dos bandos de una minoría del peronismo que pudo enajenar a todo el país. Kirchner, hoy en su regreso, determinará no sólo el despido de Rampoldi.

Dejá tu comentario

Te puede interesar