11 de diciembre 2003 - 00:00

Final para la guerra de despachos

La Cámara de Diputados vivió ayer un día de guerra interna por la distribución de despachos para los legisladores, en la primera jornada de la nueva Cámara.

No todas las oficinas son iguales -por ejemplo, las de las esquinas del anexo son doblemente grandes-y algunas tienen mal aire acondicionado, lo que los hace inhabitables en verano cuando el sol golpea la ineficiente estructura de oficinas.

Pero la pelea a matar o morir se dio por el control de los pocos despachos que hay en el Palacio del Congreso, donde sólo pueden residir las autoridades, aunque con excepciones como la de Hilda González de Duhalde, que encontró su lugar bajo la suntuosa cúpula.

Hubo tal nivel de peleas ayer y tal apuro en debutar como diputados, que los pocos que quisieron presentar su primer proyecto tuvieron que ir a redactarlos a los ciberbares de la zona, esquivando las protestas de piqueteros que habían ido a repudiar la asunción de los nuevos legisladores. Se salvaron porque por nuevos, los manifestantes no les conocían la cara.

Los problemas con la distribución de despachos comenzaron ayer por los kirchneristas. Inspirados por la conmemoración de los 20 años de democracia, Rubén Daza, Osvaldo Nemirovsci, Hugo Perié, José Mongelo, Juan Manuel Irrazábal, Gerónimo Vargas Aignasse y otros, quisieron presentar un proyecto de adhesión a la fecha, el primero de su carrera legislativa. Pero no tenían dónde redactarlo porque no les habían asignado aún sus despachos. Finalmente se reunieron en un ciber-café a cien metros del Congreso y desde allí realizaron la tarea.

Pero para hacerlo tuvieron que esquivar la protesta de los piqueteros que se había convocado alrededor del Palacio legislativo. Esa marcha estuvo convocada para repudiar la asunción de Carlos Ruckauf y otros notables como nuevos diputados, pero terminó convirtiéndose en una protesta general contra los 130 legisladores que empezaban su mandato.

Pocos estuvieron allí porque estaban en sus distritos acompañando asunciones de autoridades. De todas formas el cerco cerrado por los piqueteros alrededor del Congreso tuvo poco efecto.
Ayer no estaba previsto ningún acto especial ya que los diputados habían jurado hace una semana, por lo tanto había pocos legisladores a quienes escrachar y, en realidad, a los que estaban no los conocía nadie. El anonimato les sirvió, entonces, para salir sin problemas.

Otros diputados, más afortunados, pudieron hacerse de sus despachos más temprano.
Carlos Alesandri, que hace seis meses es ministro en el gobierno de Córdoba, terminó su mandato y su licencia ayer y le entregó llave en mano su cotizada oficina en el Palacio a Jorge Montoya, que llegó desde el Senado y espera lugar en la mesa de conducción del bloque peronista.

Esos despachos son los más solicitados, porque en el ala de Diputados viejo edificio del Congreso, sólo tienen sus oficinas las autoridades de la Cámara y los bloques.
El resto de los legisladores está en minúsculos despachos en el edificio Anexo, esa caja de cristal de la esquina de Rivadavia y Riobamba tan incómoda, fría en invierno, caliente en verano y plagada de insectos, que pasó a denominarse el «Albergue Warnes».

Pero a pesar de las incomodidades, algunos tienen lugar para la caballerosidad. El fueguino Omar Becerra, ya le entregó el martes pasado a los colaboradores de Hilda «Chiche» Duhalde la oficina que ocupaba en el Palacio, otro de los tesoros buscado por todos.

También cerca de la cúpula,
Jorge Obeid -asume hoy la gobernación de Santa Fe-le dejó sus oficinas palaciegas a su coterráneo Julio Gutiérrez, que va a la mesa de conducción de la bancada PJ. La que Obeid tiene en el anexo quedó para otro santafesino, el hasta ayer senador Oscar Lamberto.

• Oficinas fijas

Sin tanta sorpresa, ya que son oficinas fijas, Oraldo Britos le entregó ayer a Eduardo Arnold los despachos del vicepresidente primero de la Cámara de Diputados. Por el contrario la caballerosidad se agotó en otros casos. Por ejemplo, Pablo Fondevila mantuvo hasta última hora sus pertenencias en el despacho que le tocó hasta ayer, pese a que la Cámara, a pedido de Jorge Argüello, heredero del cubículo, hizo sellar con faja protectora y dispuso una guardia de seguridad en la entrada. Además de eso, Argüello quedó perplejo ayer cuando ingresó a esas oficinas. Ni bien abrió la puerta gritó: «Esto es un asco, no limpiaron en cuatro años» y enseguida llamó a su pintor de confianza para una lavada de cara.

Hubo otros episodios dignos de una comedia de enredos.
Inés Pérez Suárez, que consume tantos despachos como mandatos simultáneos, le prometió un oscuro despacho en el 10 piso al empresario santiagueño José María Cantos, un típico recién llegado que se arregla con cualquier ubicación. La porteña le llegó incluso a entregar las llaves de esa oficina que ella dejaba, pero al anochecer del mismo día se arrepintió. Pérez Suárez envió entonces nuevamente a sus asesores a que ocuparan su antiguo despacho. Pero la abarcadora diputada fue notificada inmediatamente que los asesores de un legislador no pueden usar un despacho destinado a diputados. Algo que Pérez Suárez sabía, pero en estos casos siempre viene bien un intento. Sólo gracias a eso Cantos salvó el despacho que Pérez Suárez le había regalado y birlado, todo en menos de 24 horas.

Los tres diputados electos en Córdoba por la lista de
Luis Juez, un neotransversal, lograron ubicarse todos juntos en el séptimo piso en oficinas vecinas. Ana Richter, la única profesora de educación física que ocupa una banca, fue la mas inteligente. Logró lo que ni siquiera pudo Eduardo Macaluse, nuevo jefe del bloque ARI: quedarse con la oficina de Elisa Carrió, una de las mejores del piso.

Enterado de la novedad su compañero juecista
Gumersindo Alonso le propuso a Richter hacer un sorteo, que ella aceptó gustosa. Ganó el sorteo Alonso, pero debió resignarse a que Richter mantuviera el sancta santorum de Carrió: la diputada ya había hecho el trámite de asignación e identificación del mobiliario de la oficina a su nombre muchas horas antes y ese trámite no podía volverse atrás.

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