20 de junio 2001 - 00:00

Gallo, nervioso al perder un saco que lleva premio

El encuentro de Fernando de la Rúa con los integrantes del grupo Retiro (una broma consignaba esa noche que no se sabía quién merecía más ese apelativo, si los visitantes o los funcionarios) tal vez pase al olvido para la mayoría de los presentes en un par de días. Pero para Nicolás Gallo será inolvidable. Sucede que esa noche perdió su saco. Alguien lo llevó por error y le dejó el suyo, imposible de identificar hasta ahora salvo por el detalle de que «se trataba de alguien alto» (un experto en inteligencia detectó, después de un análisis minucioso, que no era del Presidente).

Gallo estuvo inquieto, como si entre las pertenencias que perdió con la prenda hubiera alguna que pudiera servir para indiscreciones. Claro, a nadie le gusta que le revisen los bolsillos, sobre todo si lo hace alguien cuya identidad se desconoce. Entre sus amigos del Socorro, sin embargo, ayer corrían risas y bromas. «Eso a Nicolás le pasó por populista, ¿qué es eso de sacarse el saco para comer?» preguntó un señor de edad en el Jockey, cuando promediaba la tarde.

La peripecia del secretario general se suma a un largo anecdotario de abrigos y chaquetas. Se puede comenzar por un episodio que Bernardo Neustadt cuenta en sus memorias: fue cuando, después de una tensa visita a Raúl Alfonsín, olvidó su sobretodo en el chalet de Olivos. La charla había sido tan llena de controversias que, cuando volvió a reclamarlo, Alfonsín le tiró el abrigo encima quejándose, cascarrabias como siempre, de «que piense que soy ladrón de sobretodos».

La reina Sofía de España, en cambio, le fue fácil recuperar la capa que perdió (o le robaron) en un cóctel del Concejo Deliberante. Siempre se le atribuyó el extravío a la distracción de una Beccar Varela.

Unos años antes, exactamente el 23 de marzo de 1976, otro famoso perdió su saco: Lorenzo Miguel participaba de una reunión en la Casa Rosada y alguien avisó que el golpe militar se produciría en minutos. Tal fue la desesperación del metalúrgico que dejó olvidada la ropa en el respaldo de la silla en que se encontraba.

Sobran historias de abrigos extraviados o expropiados, como saben también algunos jueces de la provincia de Buenos Aires. Aunque ninguna tenga la jerarquía literaria del sobretodo que Rubén Darío compró en Valparaíso, abrigó después a Alejandro Sawa quien se lo regaló a Enrique Gómez Carrillo. Terminó, finalmente, en manos de Verlaine. «¡Dichoso sobretodo!» dice Darío cuando recuerda su historia. Gallo es, además de ingeniero, un pintor todavía ignoto. Pero nadie puede asegurar que quien se llevó su saco no agradezca, con el tiempo, al error cometido en Olivos.

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