Francia envió una delegación de muy alto nivel a las ceremonias de investidura de Cristina de Kirchner, como que la presidía el jefe de Gobierno de ese país, el primer ministro François Fillon. Excluyendo a las naciones sudamericanas, fue la representación más importante. La finalidad no era tanto honrar a la nueva presidente sino instituir definitivamente a su propio jefe de Estado, Nicolas Sarkozy, como rescatista de todos los rehenes del mundo.
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Después de lograr en Libia la liberación de cinco enfermeras búlgaras condenadas a muerte por supuesta mala praxis, voló al rescate de cuatro azafatas españolas implicadas en un supuesto tráfico de niños en Chad. Inmediatamente después, Sarkozy relanzó la campaña por Betancourt, escribiendo a varios jefes de Estado latinoamericanos para solicitar su ayuda.
El resultado fue que, mientras la flamante primeramandataria argentina se tomaba muy en serio el pedido de Francia y ponía a Betancourt en el centro de sus discursos, los medios franceses pasaron a un rotundo segundo plano la jura de Cristina: «Operación Ingrid Betancourt para François Fillon en Buenos Aires», tituló el diario «Le Monde»; «Fillon aboga por Betancourt en Buenos Aires» («Le Nouvel Observateur»); «Fillon evocará a Betancourt en la Argentina» («Le Figaro»), etc. etc. La única referencia a la ceremonia que tenía lugar en Buenos Aires, eran meras aposiciones, que en modo alguno desviaban la atención del tema principal.
Los franceses acabaron tomándose el pelo a sí mismos por su propia desmesura. El semanario de actualidad cultural «Télérama» escribió: «Por poco se creería que todos los presidentes sudamericanos se reunieron en Buenos Aires para discutir con François Fillon sobre la suerte de Ingrid Betancourt».
Las dos principales cadenas de televisión abiertade aquel país, France 2 y TF1 no mencionaron en sus noticieros de esos días otros motivos para el viaje del jefe de Gobierno. «Télérama» recurrió a la ironía para explicar estas omisiones: «No había por qué hacer bandera con un país que ni siquiera tiene rehenes o petróleo que vender, ni central nuclear o avión de combate Rafale que comprar. No había tiempo para la Argentina, tenemos una rehén que liberar nosotros».
Hubo otro tema en el cual Francia invirtió algo de tiempo. No será un avión de combate, pero no por eso es menos interesante el negocio que espera hacer en nuestro país con el proyectado tren bala cuya construcción ha sido adjudicada al único oferente, la empresa francesa de electricidad y energía Alstom. El costo total de la obra superaría los 3.600 millones de dólares, que deben ser financiados por el Estado argentino y la empresa. Un proyecto de esta envergadura sólo es rentable en países europeos o en Japón, donde la elevada densidad de la población garantiza un tráfico de pasajeros lo suficientemente denso como para justificar semejante lujo. No sucederá lo mismo en la Argentina y el futuro de esta obra será el subsidio estatal, es decir, más carga para las arcas públicas.
Existen además otras urgencias en materia de transporte -ampliar corredores viales o mejorar la infraestructura ferroviaria suburbana-como para que se justifique la millonaria inversión en este «chiche», despropósito equivalente a que una persona sin techo propio decida construirse una piscina.
Aprovechando el escenario facilitado por el traspaso de mando presidencial, Fillon vino de compras a Buenos Aires y se fue con el changuito lleno, que incluyó designación del nuevo embajador argentino en aquel país, el ex directivo de una importante automotriz francesa radicada en nuestro país.
Tres días después de la asunción de Cristina de Kirchner, los veintisiete jefes de Estado de la Unión Europea suscribían un nuevo tratado de integración en el cual se incluía a las Malvinas como parte del territorio británico.
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