1 de septiembre 2005 - 00:00

Kirchner baja tono: cree que ya marcó diferencias con Duhalde

Néstor Kirchner completó ayer 48 horas sin estridencias. Apenas una semana atrás era impensable pero ayer, en Azul -al igual que el martes en Lomas de Zamora- suprimió de sus shows de tribuna electoral las embestidas feroces contra sus rivales políticos.

Un miércoles atrás, en Bahía Blanca, Kirchner había vociferado la denuncia del «complot» contra su gobierno. Aquella tarde, por primera vez desde que se derrumbó la chance de un pacto con el PJ, ubicó con nombre y apellido a Eduardo Duhalde entre los «malditos».

Pero desde anteayer, curiosamente desde la tierra que cobijó al caudillo bonaerense, el patagónico aplacó sus ímpetus y se abrazó a un libreto ostensiblemente menos arrebatado e hiriente que, menos callejero, también venía desplegando su esposa/candidata Cristina Fernández.

En la extensa gira -más de 10 horas- que realizó al interior provincial, visitando Azul y Tres Arroyos, Kirchner encajonó las críticas para pedir «grandeza y solidaridad» con su gobierno y pidió que «dejen de poner trabas que dificultan la gobernabilidad».

• ¿Reconciliación?

Esos reproches, tibios si se los compara con acusaciones de días pasados, fueron los únicos que pronunció el Presidente. A tal punto llegó el cambio de clima que José Pampuro se animó ayer a no descartar la posibilidad de una reconciliación entre Kirchner y Duhalde después del 23 de octubre.

Anoche, en el gobierno ensayaban argumentos -distintos pero no antagónicos- para explicar el cambio de conducta de
Kirchner:

1-
Terminó, decían unos, la «etapa de diferenciación». Es decir: luego de haber intentado hasta último momento un acuerdo con Duhalde para compartir boletas, Kirchner encaró un proceso para separarse definitivamente del ex presidente. Por eso, machacó con su visión maniquea del mapa político: allí, en el duhaldismo: los malos; aquí, el gobierno y sus aliados, los buenos. En teoría, según esta lectura, «se dejó en claro que Kirchner y Duhalde son distintos». Entonces, en adelante, el Presidente -y su esposa- apuntalarán su discurso de campaña sobre las bondades del gobierno. El planteo hace agua porque, un mes atrás, Kirchner hizo exactamente lo mismo: bajó el tono y cuando los medios reflejaron ese cambio de discurso, retomó el tono de beligerancia.

2-
El viraje en el discurso oficial, explican otros, es producto de que el duhaldismo morigeró sus críticas. Esos voceros sostienen que la virulencia de Kirchner fue para «marcarle la cancha» a Duhalde y para «avisar» que ante cualquier amenaza duhaldista estaría dispuesto a deboblar su apuesta.

Completan el argumento diciendo que como
Chiche y los demás candidatos del PJ bajaron el tono de sus críticas, el Presidente decidió actuar del mismo modo. El argumento naufraga porque salvo algún estallido de Eduardo Camaño -a quien le dieron la tarea de quejoso oficial- e inmanejables atropelladas de Daniel «Chicho» Basile y Mabel Müller el duhaldismo mostró una moderación inusitada. Sin embargo, nadie admite -en público- lo que parece una obviedad: que la confrontación permanente empezó a resentir las posibilidades electorales del gobierno. Hasta los kirchneristas más extremos reconocen que Chiche Duhalde llegó a 20%, cifra que un mes atrás consideran imposible.

Los duhaldistas lo reconocen: la mejoría de la ex primera dama es consecuencia del diseño de
una campaña ordenado y eficaz pero la virulencia de los Kirchner, más aportes invalorables como los dichos de Luis D'Elía, fueron ayudas adicionales e inesperadas.

Pero queda latente, todavía, una pregunta:
¿Kirchner continuará con esta línea menos trágica o, de un momento a otro volverá, brusco, a maltratar a sus ex socios?

«Todo depende de cómo se comporte el duhaldismo. Si mañana, Chiche sale a decir una barbaridad, él le va a responder»,
decían anoche en la Casa Rosada para avisar que, hoy mismo, Kirchner podría calzarse el casco de combate y zambullirse, otra vez, en la trinchera.

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