12 de agosto 2004 - 00:00

Kirchner a dos puntas

Algunos se sorprenden, pero la dualidad es característica de este gobierno, fruto quizá de la inmadurez política que muchos le reprochan. Lo del Fondo -ya lo expresó ayer este diario- puede ser parte de un plan maquiavélico del ministro Roberto Lavagna para ver si hechos electorales próximos en Latinoamérica afectan a Estados Unidos y le hacen bajar la guardia dentro del organismo financiero internacional. Lo de la Iglesia es una estrategia hábil, componedora, sin riesgos políticos y para tantear la posibilidad del diálogo institucional del que se duda.

• Positivo: abrirá hoy el diálogo institucional al visitar Episcopado

Una veintena de obispos, que constituye la Comisión Permanente del Episcopado argentino, se preparaba anoche para recibir hoy la visita de Néstor Kirchner a su sede de la calle Suipacha, en la Capital Federal. Para los prelados, el anuncio, casi secreto, de que el Presidente los visitaría fue auspicioso: piensan reclamarle por una situación muy ajustada por la que están pasando los colegios católicos y esperan un alivio del Estado.

Como señal del gobierno, el acercamiento de Kirchner a la Curia es positivo: revela a una administración menos encapsulada, que depone rencores, dispuesta a dialogar y a escuchar luego de las pasadas disputas con la Iglesia por cuestiones sensibles como la integración de la Corte Suprema.

• Negativo: se sumó a su esposa y Lavagna en la escalada contra FMI

El Presidente coronó ayer, en una tribuna de la localidad de San Martín, una semana en que el discurso anti-Fondo mantuvo una curva ascendente en el gabinete y aun en boca de la primera dama Cristina Kirchner.

Dijo el primer mandatario que no aceptará «caprichos» de los organismos internacionales y aseguró que no está «dispuesto a regalar» los recursos del país. Siguió la línea de su esposa, que el martes recomendó -en un poco oportuno auditorio empresario-«no hacerle caso al FMI», una filosofía que mantuvieron espadas del gobierno como Roberto Lavagna y Rafael Bielsa.

Se trata de un discurso peligroso si se quiere mantener, al menos de forma, una buena relación con el mundo.

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