22 de agosto 2007 - 00:00

¿Kirchner gobernador, o complicaría más?

Néstor Kirchner
Néstor Kirchner
Néstor Kirchner suponía que para esta altura de su mandato, cuando está a punto de entregar el cargo, los numerosos conflictos del país estarían cerrados o, al menos, su poder de fuego habría disminuido.

No esperaba encontrarse el Presidente con que la realidad es mucho menos afectuosa de lo que dicen sus funcionarios o de lo que él mismo anuncia en cada acto proselitista en el que prefiere no disponer de intermediarios para hacer llegar su mensaje al pueblo.

Los corsets con los que intenta domesticar la realidad no alcanzan, y algunos están a punto de estallar, como la situación en el INDEC, y otros ya lo hicieron, como la extraña relación con Venezuela.

Pero hay lugares en donde la situación se desmadró de tal modo que hace posar las miradas en un conflicto que en cualquier otra provincia no pasaría de un par de marchas perdidas en algún rincón de los diarios nacionales.

El anonimato que Santa Cruz poseía cuando él era gobernador ha trocado por una provincia de condiciones inflamables que amenaza con nuevos estallidos. El año pasado fue el asesinato del policía Jorge Sayago a manos, literalmente, de una turba enardecida. Este, la agresión a la ministra de Desarrollo Social de la Nación, Alicia Kirchner, castigada por maestros furibundos por el solo hecho de portar el mismo apellido que el Presidente.

La crisis se llevó dos gobernadores, Sergio Acevedo y Carlos Sancho, a los que el gobierno nacional decidió no apoyar.

Tras los tirones de pelo y la enharinada sobre el rostro de la hermana ministra, Kirchner, su mujer, Cristina, y Alberto Fernández pensaron seriamente en apoyar a Daniel Peralta como candidato a permanecer -vía el voto de octubre- en la gobernación pingüina. El funcionario, de semblante componedor e historia sindical, había logrado calmar los ánimos de los díscolos maestros. Pero se encontró con la barbarie de los pesqueros de Puerto Deseado que en un episodio digno de pertenecer a la Revolución Francesa, se dedicaron a incendiar las empresas para las que trabajaban.

El viernes, cuando el matrimonio pretendía ungir a Peralta como su candidato a gobernador, un ex funcionario nacional y provincial atropellaba a casi una veintena de manifestantes con su cuatro por cuatro.

El kirchnerismo se queda, después de ese «accidente», sin candidato a gobernador en la provincia desde donde Kirchner aprendió a ejercer el poder. Ni Peralta ni Alicia le ofrecen a Cristina de Kirchner la posibilidad de que Santa Cruz no se vuelva a incendiar ni la tiente a emplear a la Gendarmería y a enviar a un interventor.

En el final del feriado, con la quinta de Olivos vacía, el Presidente y la candidata a sucederlo pensaron en lo mismo: que el próximo gobernador de Santa Cruz podría ser, incluso, el propio Néstor.

«Si Kirchner hiciera lo que Carlos Menem no hizo en el 99 de volver a ser gobernador aprovechando el saldo de la gestión presidencial, entonces tendría el camino hallado hacia 2011», leyó un analista de la política local.

El viernes, el cortejo oficial que trasladó a Kirchner y a su esposa desde el aeropuerto internacional hacia la residencia oficial no exigió ni por asomo de aquellas cuatro horas que en su primer viaje a Río Gallegos como presidente había tardado para recorrer apenas 10 kilómetros. Debió agazaparse como un fugitivo en la tierra que antes dominó con mano de hierro y, también, con el afecto de la mayoría de sus comprovincianos.

Con la plaza electoral de Río Gallegos perdida de antemano (representa 40% de los votos), el gobierno planea un andamiaje para octubre con la mirada puesta en el interior provincial, donde anida el voto cautivo que todavía reporta ciertos galanteos a la familia presidencial. Y que bajo el inmenso poder de la actividad petrolera en la economía de los hogares más humildes (y de los no tanto también) aporta cierta dosis de optimismo a las fórmulas que por estos días pergeña la Casa Rosada. Ensayos que, aunque oscilantes, vuelven a incluir a Alicia Kirchner en la lista de nominados.

Otra cosa es cierta: tanta agua revuelta no hace más que profundizar las heridas internas del Frente para la Victoria. Por un lado, los hombres de Julio De Vido se relamen tempranamente ante la posibilidad de que Peralta retenga la gobernación; por el otro, los sectores que responden a Alberto Fernández todavía cinchan con indómita manía por imponer la figura de Alicia.

En la vereda de enfrente, agazapada, espera la oposición para saltar con saña sobre el ¿invencible? kirchnerismo aglutinando en un megafrente a propios y ajenos. Es decir, a dirigentes radicales, como el actual candidato a gobernador, el influyente empresario supermercadista Eduardo Costa, y a Sergio Acevedo, un incondicional del Presidente hasta 2006, cuando la revuelta de Las Heras lo expulsó de la gobernación.

Por ahora nadie en el oficialismo nacional entró en pánico. Pero en el aire de Balcarce 50 se reconoce cierta preocupación. Habrá que ver.

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