14 de septiembre 2005 - 00:00

Kirchner: su visión de negociación de deuda

El presidente argentino expondrá hoy ante la Asamblea General de la ONU, momento central de su visita a aquel país. Según lo que ha trascendido defenderá como un logro -lo es aunque en otras cifras a las oficiales- la refinanciación de la deuda que concretó la Argentina. No es un tema llamativo porque ya pasó mucho tiempo. Además criticaría con dureza al Fondo Monetario (el mayor crítico Joseph Stiglitz ayer imprevistamente no concurrió a una exposición de Cristina Kirchner). Si le paga y no piensa renovar préstamos tampoco se entiende esto, excepto por el hecho de que el Fondo hoy lo obliga -salvo que cumpla racionalidades económicasa cancelar créditos a tasa muy barata, lo que obliga al gobierno argentino a tomar dinero a tasas altísimas para poder seguir su política de distribución de fondos públicos. Puede haber «toques» sorpresivos en el discurso de Néstor Kirchner. Quizá un ataque a Brasil. Se cuidará de no ahuyentar inversiones, el mayor drama actual de la economía argentina.

Nueva York - Con la clase de filosofía capitalista que ensayó Julio De Vido ante inversores en el Council of the Americas y Néstor Kirchner en el besamanos de anoche con George W. Bush, toda la confianza para compensar estaba puesta en la cumbre que tenía prevista Cristina de Kirchner con el economista y Premio Nobel Joseph Stiglitz. Pero éste nunca apareció por el Tishman Auditorium de The New School, una universidad empapada de pensamiento liberal con sede en el corazón del Village, como tampoco el brasileño José Serra, otro de los disertantes.

Tampoco se sabrá jamás qué pasó. Los funcionarios argentinos dijeron que como Cristina había dicho que sólo participaría con una charla, pero no estaría en el cierre en que debía aparecer con Stiglitz, éste se había disculpado. Los organizadores locales fueron igualmente elusivos, pero admitieron: Stiglitz no está en Nueva York, estaba anunciado y se disculpó. Con ese esquinazo, el seminario sobre «Etica y deuda, reflexiones sobre la experiencia argentina» fue limitado. Hubo una presentación de Michael Cohen, responsable del Argentina Observatory (un ente dedicado a conversar sobre nuestro país que no sería extraño que se alimentara, como los trenes y los colectivos de la patria, con un subsidio del Tesoro nacional), un discurso encendido de Cristina de Kirchner sobre lo bien que gobierna su esposo y un final, con alguna gracia pero también sin excesos de reflexión a cargo del cultural secretario José Nun.

Espectadores del show abreviado fueron el canciller Rafael Bielsa, algunos diplomáticos y cerca de 400 alumnos y profesores de la New School, calcados todos sobre la caricatura del intelectual neoyorquino que consagró Woody Allen. «Todos parecen Ikonicoff», bromeó un guardaespaldas con buen ojo para el retrato. A diferencia de los solemnes comensales del almuerzo de De Vido, que llegaban en limusinas o autos con solemnidad funcionarial, todos vestidos con el «dress code» de Park Avenue o la 5ª Avenida, oliendo a So Pink o fragancias igualmente dulces, los 400 que atendieron a Cristina vestían bermudas, algunos lucían cabelleras a lo Larry de Los Tres Chiflados o copiados del retrato típico de Albert Einstein. ¿Se entiende, no? Un auditorio de progresía. Lo más lejano imaginable a la formalidad del peronismo de Estado que encarnan los Kirchner y que busca, tras los votos, identificarse con los modos rústicos del conurbano.

Cristina
, sin reparar en quién escuchaba, improvisó con esa concentración admirable para hablar en público que tiene en la banca, una historia argentina desde 1975 que ya todos le conocen. Cómo con el golpe del '76 cayó la democracia, vino el terrorismo y la quiebra del Estado benefactor -que llamó modelo ejemplar de acumulación con protección y sustitución de importaciones-, que distribuía entre los asalariados el 48% del PBI.

• Plagio

Esa Argentina angelical entró en torbellino hasta la implosión -palabra que le ha copiado a Elisa Carrió- de 2001 y el acceso de Néstor Kirchner. «Este hombre» -lo llamó- que cree ha cambiado la Argentina porque restauró aquel modelo y busca una nueva representación política donde, dijo, la gente sepa que cuando dice algo lo va a cumplir (sonrisas en el público, criollo, claro).

Algunos sobreentendidos fueron también para sus acompañantes, como declararse antirrivadaviana. «Habrán escuchado hablar de un hombre, Bernardino Rivadavia, que algunos admiran», y lo castigó por el empréstito de la Baring Brothers, un dato erudito para los hippies viejos que la escuchaban y que nunca volverán a oír hablar de esta marca de cuadernos.

• Claves

En un rapto de reminiscencia, reveló las claves de su personalidad: «Hubo un gran escritor, y cuando digo gran escritor no hablo de si han escrito muchos libros -nervios en Bielsa y Nun, que tienen decenas de publicaciones-sino de lo que aportan a la cultura. Ese hombre se llamó Arturo Jauretche y a mí me abrió la cabeza». Agitación en la casilla de las traductoras simultáneas,responsables de trasladarles a quienes escuchaban qué quería decir «abrir la cabeza». ¿Lo lograrían? Nunca se sabrá.

En una pieza sostenida por algunas frases recurrentes («Yo siempre digo...»; «articular esto con aquello», en la prosa de Cristina todo siempre se « articula»), avanzó sobre el auditorio con consignas de campaña que se dieron de patadas con el clima del público, académicos, intelectuales, hombres de la duda más que de la convicción indiscutible. Por ejemplo, cuando dijo que la experiencia de los gobiernos anteriores, apadrinados por el FMI, se demostraba por sus efectos, que habían sido desastrosos para el país.
«Así y todo hay en la Argentina gente que sostiene esas ideas». Frente a ellas, proclamó: «Los gobiernos deben ser inflexibles, esto es una política de Estado», con lo cual, exageró, le endilgó el programa del gobierno a toda la Argentina. Y frente a quien no piense igual, dijo, el gobierno va a ser inflexible.

Embalada por sus propias palabras -y gracias a que el público de la New School está lejos de la amenaza de padecer los gobiernos de la Argentinahasta jugueteó con lo que no debería, como su domicilio electoral. Al criticar las políticas de los noventa -de las que despejó cualquier responsabilidaddescribió los problemas en las provincias.
«Porque yo soy del interior -dijo-, no como el canciller Bielsa, que es de la Capital...». Esta santacruceña a la que le cuestionan ser candidata en Buenos Aires gozó la chanza y se dirigió a Bielsa: «Ningún problema con usted, señor Canciller». La gente -salvo los custodios, funcionarios y algunos periodistas-ya no entendía nada.

Menos debió entender cuando toda la crítica a la economía de los años '90 la hizo describiendo
«la ficción de que un dólar valía tres pesos». La primera vez que lo dijo, fue un furcio, la segunda, un error. ¿Hablaría de la convertibilidad virtual de hoy que critican algunos? Pero ya la tercera vez que lo dijo fue una muestra de la ausencia de ese ingrediente que ella -en lugar de dar un discurso de campaña-le debió poner al seminario: reflexión.

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