Como si la trama de los acontecimientos cobijara una lógica casi geométrica, durante esta semana se produjeron dos hechos que, yuxtapuestos, exhiben el principal problema del gobierno de Néstor Kirchner. En la superficie, ambos episodios sólo se conectan porque ocurrieron el mismo día: por un lado, el Presidente le prometió a Horst Köhler que se empeñará para sellar un acuerdo de tres años con el Fondo Monetario Internacional, lo que supone un formidable esfuerzo fiscal; por otro lado, el PJ objetó por primera vez su estrategia electoral en la Ciudad de Buenos Aires, donde la dirigencia partidaria piensa en respaldar a Mauricio Macri y la Casa Rosada se asocia con Aníbal Ibarra. En profundidad, ambos episodios sintetizan la principal contradicción del gobierno de Kirchner en esta instancia inaugural.
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Desde que Carlos Menem perdió las elecciones de 1997, el poder circula en la Argentina entre tres actores principales: la Presidencia de la Nación, la dirigencia bonaerense y la «liga de gobernadores». La toma de decisiones se volvió colegiada, en parte por el eclipse de un liderazgo de alcance nacional como el que ejerció Menem entre 1989 y 1997 y en parte porque, con el establecimiento del sistema de dos senadores por la mayoría, el peronismo de las provincias controla una masa de poder tan importante en el Senado que se convirtió en la última instancia de cualquier reforma importante en el país. No debería hacer falta enumerar las intervenciones de los gobernadores desde aquel año de la primera derrota electoral del menemismo para advertir su poder de veto: impidieron la segunda reelección del riojano, administraron el poder de Fernando de la Rúa hasta su caída (que estuvo técnicamente decidida el día en que desoyeron su convocatoria y se abroquelaron en San Luis, dos días antes del final), encaramaron en el gobierno y defenestraron una semana después a Adolfo Rodríguez Saá, vetaron las ínfulas heterodoxas (control de cambios, ruptura con el Fondo, etc.) de Duhalde con los «14 puntos» redactados por Juan Carlos Romero y movieron la balanza en favor de la Casa Rosada para que, en sucesivos congresos partidarios, el jefe bonaerense pudiera suspender la interna, dividir al PJ y provocar por esa vía la derrota de Menem.
Kirchner se comportó siempre como un disidente dentro de esa liga de mandatarios. Antes y después de su llegada al poder, quiso expresar dentro de ella una agenda que se elaboraba fuera del PJ: desde el borde del partido, se sintió llamado a presionar hacia la interna con los argumentos y los temas que agitaban ante la opinión pública de clase media urbana el Frepaso de Chacho Alvarez o el ARI de Elisa Carrió.
Basta historiar el comportamiento y las afinidades de Cristina Fernández de Kirchner en el Congreso para advertir cómo el matrimonio se ubicó siempre en los bordes del PJ, disintiendo u oponiéndose a él desde una plataforma «progre» que seduce a un electorado que en su mayoría es no-peronista. Esos sectores sociales tuvieron su primera frustración con la renuncia de Chacho Alvarez a la Presidencia y con el desdén de Elisa Carrió para armar un partido y elaborar un programa. En la Argentina quedó planteada, a partir de esas experiencias, una dicotomía dramática: los intentos de reformar la política (basados en la agitación mediática de banderas como la anticorrupción, el saneamiento del PAMI, la reforma de los partidos, la depuración de la Justicia y el Congreso) se mostraron inexpertos para garantizar una gobernabilidad cuyos resortes principales están en manos del PJ tradicional. Por eso, dicho sea de paso, resulta tan inquietante y digno de atención el experimento de Lula Da Silva para montar un esquema de gobierno desde una fuerza de centroizquierda, aun cuando el contexto brasileño ofrezca tantas diferencias con el local que esa operación se vuelve casi incomparable.
Kirchner se ha propuesto, en el comienzo de su gestión, retomar el «sueño trunco» de Chacho Alvarez y la Alianza: desde la embestida contra la Corte hasta la incursión en el PAMI, pasando por el rigor contra el sindicalismo tradicional y la «sequía» financiera del Congreso, se reanudaron películas que estaban en pausa. Pero fue más allá: a diferencia de Chacho, que terminó en la red de la UCR, o de Carrió, que recién ahora advierte que para tener autonomía en relación con el poder hay que tener un partido o algo que se le parezca, Kirchner amaga con crear su propia fuerza federal y parlamentaria desde el gobierno. A diferencia de sus precursores y como buen gobernador de provincia, desconfía de la capacidad que otorga la prensa adicta y la opinión pública fluctuante en los primeros tramos de una gestión. Por eso anda en busca, en cada provincia, de un oficialismo propio que en muchos distritos no se le ofrece desde el «pejotismo», como él llama al PJ oficial. Nada más peronista que esa empresa: finalmente, el PJ nació en las oficinas de la Secretaría de Trabajo y Previsión, ocupadas por un coronel que llegó al gobierno como partícipe de un golpe de Estado. • Contradicciones
En Río Negro, creyó encontrar este oficialismo «progre» en Eduardo Rosso en contra del PJ de Carlos Soria. En Neuquén, en la figura de Oscar Parrilli, para castigar al senador Sergio Gallia. En el Norte, la operación sube de tono: en Misiones se alienta a Carlos Rovira en una alianza con el radical Mario Losada para debilitar al PJ de Ramón Puerta y en Salta se busca el extremo de Ricardo Gómez Diez para enfrentar a Romero. Sin embargo, donde la contradicción con el PJ se vuelve más espectacular, por la índole de los personajes y la dimensión del distrito es en la Ciudad de Buenos Aires. Kirchner piensa conquistar allí el primer distrito populoso, capaz de compensar la frustración del ballottage y la escasa base demográfica de su jefatura santacruceña. Quiere también, naturalmente, eliminar de la carrera a un competidor peligroso para 2007, que no es exactamente Aníbal Ibarra.
Toma un riesgo enorme, porque no sólo puede perder, sino que, además, la Capital fue elegida por el resto del peronismo para señalar al Presidente el primer límite a su operatoria política. Todo el PJ federal se inclina por Macri, más por razones preventivas ante desembarcos en los propios distritos que por una pasión irrefrenable por el presidente de Boca. Aunque Macri quede involuntariamente convertido en emblema de la resistencia subliminal del PJ ante la vocación de Kirchner por enfrentar dos de aquellos tres factores que modelaron el poder en la Argentina reciente: la Presidencia y los caudillismos provinciales. Con una novedad más que es la aproximación, de dos actores que habitualmente estuvieron enfrentados como son el interior del país y el duhaldismo bonaerense. Esas dos alas están unidas en el bloque del PJ de Diputados, donde regresó el menemismo, y también en la Comisión de Acción Política, que fue activada cuando el gobierno todavía no tenía un mes de gestión. En este contexto, Duhalde está a punto de obtener en el llano lo que no consiguió en el gobierno: el reconocimiento de un liderazgo nacional capaz de estabilizar al peronismo disperso bajo una jefatura prudente.
La operación de Kirchner, su sueño de iniciar una nueva etapa en la configuración política del país con una polarización clásica izquierda/derecha, puede tener más o menos éxito. Lo que resulta indudable es que no facilita, sino que bloquea el otro objetivo: acordar con el Fondo un programa de mediano plazo. Para eso, el Presidente deberá pedir los votos de aquellos a los que hoy enfrenta en las provincias y también en Buenos Aires.
Si se recorre el peronismo parlamentario con cierta discreción, se advertirá que sus diputados y senadores están rogando que la dureza del Fondo acerque el momento en que Kirchner deba convocar a Olivos a un asado «federal» para reclamar la indispensable colaboración. La compensación a los bancos con un bono, la reforma en la Ley de Quiebras, el ajuste tarifario, la reforma a la Carta Orgánica del Banco Central, la creación de una comisión de seguimiento de la deuda, entre otras iniciativas, requieren un grado de consenso imposible de alcanzar con las solas fuerzas del «progresismo».
Kirchner podrá apelar a las cámaras de TV, como en el caso Nazareno, para enfrentar a los parlamentarios con el alto índice de popularidad que registra su figura. Pero ese recurso es efímero, como el propio Presidente sabe. Por eso se advierte que las dos fotos de esta semana, la de Kirchner con Köhler y la del PJ con Macri, sugieren una contradicción inquietante entre la política electoral y la política económica del gobierno. Dividido por la estrategia que aplicó Duhalde para impedir la llegada de Menem al poder, el PJ se reúne más rápido de lo previsto ante la estrategia de poder que aplica la Casa Rosada. Nadie puede saber todavía si la masa que se forma irá a favor o en contra de las necesidades administrativas del gobierno. Por ser tan temprano, con el interrogante basta.
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