La caída de Ibarra es un calco casi del final de Grosso en 1992
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Aníbal Ibarra y el fantasma de Carlos Grosso.
Tampoco Ibarra mostró una conducta eficiente ante la tragedia. Hoy es fácil decir que se equivocó, pero era difícil en diciembre pasado elegir un camino que no sólo le salvase el pellejo al jefe de Gobierno; también un camino que ayudase a los familiares de las víctimas a superar un drama irremediable. La ausencia de Ibarra, como la de su padrino hasta ayer Néstor Kirchner en los días que siguieron a la tragedia, fue un síntoma de la parálisis que alcanzó a estos dirigentes, que desde entonces no dejaron de equivocarse.
¿O acaso el llamado de un absurdo plebiscito para la revocatoria de mandato que hizo el jefe de Gobierno es mejor que la oferta del ministro Aníbal Fernández de pagar los abogados de los familiares con dinero del Estado, convertido así en accionante contra sí mismo? ¿Le evitó eso a Kirchner los cantos de «Kirchner ladrón, vendiste Cromañón» o «Kirchner compadre...» con los cuales los familiares saludaron al Presidente, de nuevo refugiado de una crisis en El Calafate, la madrugada del viernes?
Quienes miran la política desde el método de las vidas paralelas encontrarán con fruición un apasionante parecido con el final de Carlos Grosso en el mismo cargo en 1992, víctima de un embate judicial del propio Ibarra. Este cae, en efecto, víctima de la bronca pública, abandonado por el poder nacional que lo ayudó a llegar y permanecer en el cargo, y empujado por un arco de adversarios igualmente amplio como heterogéneo por una multitud igualmente variada de motivaciones. Veamos:
• Como Grosso, Ibarra cae empujado por acusaciones de presuntos delitos en el manejo de la administración municipal. En el caso de Grosso se trataba de las concesiones del Golf y la escuela-shopping, dos causas que lo tuvieron a Ibarra como promotor mediático. Ninguno de los dos caminó en la Justicia; en el caso Golf -una concesión presuntamente irregular a una empresa vinculada a funcionarios del menemismo- fue sobreseído. La escuela-shopping la intentó reflotar hace algunos meses la Procuración de la Ciudad por orden de Ibarra, pero no ha avanzado nada en más de una década. Pero la salida de Grosso tuvo esas acusaciones como contexto, pero el «casus belli» fue otro, la acusación al secretario Saúl Bouer por el manejo de las cuentas y de los proveedores.
• Un factor que gatilla este final es el resultado electoral del 23 de octubre. La derrota del oficialismo de Kirchner-Ibarra por 13 puntos en manos de Mauricio Macri dejó debilitada políticamente la gestión del Presidente y jefe de Gobierno en el principal distrito del país. No tener poder en una democracia como la argentina es quedar desprotegido un mandatario en la Comisión de Juicio Político. Tan sencillo como eso, y lo han sabido todos los presidentes, que buscaron asegurar las comisiones respectivas en el Congreso. Eso, y no otra cosa, explica, por caso, que Cristina de Kirchner sea presidente de Asuntos Constitucionales en el Senado. Lo supo también Grosso, que cayó el 26 de octubre de 1992, luego de que Fernando de la Rúa ganase la banca de senador nacional en las elecciones del 28 de junio de ese año. Fue una derrota aplastante 49,93% a 31,70% de los votos sobre el candidato del oficialismo, Avelino Porto, de quien Grosso quiso apartarse como este año Ibarra de Rafael Bielsa. ¿Qué pedía en aquellos días el radicalismo triunfante antes de que De la Rúa asumiese la banca? Que se le iniciase un juicio político a Grosso, quien no aguantó las consecuencias de una larga interpelación en la tercera semana de aquel mes de octubre de 1992. El juicio a Ibarra navegaba sin luces hasta las últimas elecciones; el resultado precipitó un final que con otros números el oficialismo hubiera podido prolongar sine die.
• El gobierno nacional procuró protegerlo a Ibarra todo lo que pudo, pero el escenario de la madrugada del viernes lo convenció al Presidente de que los costos ya eran impagables. Desde el día de la tragedia el Presidente se manejó con la hipótesis de que el público lo identificaba a él con Ibarra y que una caída de éste lo arrastraría al gobierno nacional por lo menos a una situación de deterioro inconveniente con el proyecto presidencial. La ambición de un Alberto Fernández por dominar el distrito a través de un Ibarra cada día más débil le evitaba a Kirchner el escenario de que asumiera un hombre teñido de duhaldismo como Jorge Telerman, otro de los espejismos que cegó al Presidente. La idea de que podrían hombres del gobierno nacional ocupar cargos en la administración de la Ciudad era una tentación irresistible. Sin esa embriaguez de poder no se entiende que el despacho presidencial haya sido escenario apenas hace una semana del triple salto mortal de Eduardo Borocotó. ¿Ignoró de nuevo Kirchner el mensaje de las urnas, que en Capital Federal respaldaban con la mayoría de los votos a un dirigente de signo contrario al de él y al de Ibarra? Como Menem con Grosso, Kirchner se pegó hasta el final a Ibarra. «Por ahora sí lo respaldo a Grosso», decía el riojano el 26 de octubre de 1992, el mismo día cuando renunciaba. Pocos días antes, el 12 de octubre, los dos habían sido silbados por el público en el acto inaugural de la muestra América 92 en puerto Madero. Ninguno escuchó la señal.
• En estas crisis las víctimas pagan también lo que son: Ibarra ha sido un político de escenario, que armó una biografía sobre imagen del fiscal a quien le bastaba el alimento y la adrenalina de la acusación, acompañando a Carlos Chacho Alvarez, otro pasajero de la política. Fue el rostro del naciente Frente Grande que reconoció que había llegado al poder en 1999 sin otro recurso -necesario, insuficiente- que el No a Menem, pero sin otra herramienta que le permitiera gobernar. Las llamas de Cromañón hicieron cenizas su escenario; sin partido, sin legisladores, sin aliados ni territorios propios era imposible que sobreviviese. Le faltaron seguramente los recursos que tienen los políticos profesionales: el olfato para percibir lo que necesitaba el público, más allá de los alardes de plebiscitos quiméricos o de las chequeras de Aníbal Fernández. También paga la insolidaridad hacia la propia gente: es reconocida la frialdad en el trato de la propia tropa, la mezquindad a la hora de reconocer méritos entre sus coroneles, la competencia por figurar por encima de sus propios funcionarios, la negativa a preparar un sucesor en un cargo en el que no puede repetir. Se quedó sólo como Grosso a la hora de la renuncia, rechazando con gesto olímpico las últimas ofertas de ayuda, a las que consideró por debajo de sus merecimientos.




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