21 de mayo 2003 - 00:00

Lavagna, para ajustar, y los Kirchner, para gastar

Como todo equipo de gobierno, el que acaba de organizar Néstor Kirchner puede ser intepretado según distintos criterios. Es decir, ser susceptible de diversas clasificaciones internas. Por proponer algunas obvias, hay en él kirchneristas y duhaldistas. O santacruceños y metropolitanos, por no simplificar en «bonaerenses». Otra manera de dividir a los colaboradores del nuevo presidente es trazando una línea entre los que tienen experiencia en la tarea que les fue encomendada y los que estrenan el cargo envueltos como si fuera el primer día de clase. También están los frívolos que prestan atención a otras trivialidades: separan a la mayoría de los que usan barba o bigotes de los pocos que se afeitan por completo todas las mañanas.

Sí aparece otra divisoria de aguas, más nítida, que tal vez tenga consecuencias políticas en poco tiempo. Hay un ala del nuevo gobierno que estará dedicada a cumplir con la áspera tarea de ajustar, restringir, pagar.Y otra que sueña con expandir, donar y, dicho en términos políticos, cobrar. La primera tiene una cabeza identificable: Roberto Lavagna. La otra, también: el propio Kirchner.

Si se sigue con la vista la frontera trazada por el nuevo presidente en las funciones del Estado y las formas de atribuirlas dentro de su team se advertirá que las áreas más simpáticas de la gestión, si es que existen, estarán identificadas con él o con su gente. La acción social, por ejemplo, llevará su marca hasta por el apellido de la ministra, Alicia Kirchner. Si lo dejaran, el canciller Bielsa diría que hasta el parecido físico entre estos parientes es una forma de «apropiación simbólica» del capital político que se acumula distribuyendo comida, ropa, asistencia.

•Hombre clave

El Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios, encargado a Julio de Vido, es otra demostración de que en Kirchner predominó esa lógica. De Vido es el hombre clave del entorno que acompaña al nuevo nresidente desde hace dos décadas. Y es la figura central de la administración santacruceña, encargado de negociar con todo el arco de prestadores y empresarios con intereses en la provincia. Ahora pasará a la pantalla grande para hacer lo mismo: garantizarle a Kirchner el control minucioso y obsesivo de todo lo que signifiquen contratos e inversiones. En este sentido, la nueva organización burocrática recorta las atribuciones de Lavagna como ya se anticipó en este diario ayer, aunque el ministro jure que todo ha sido negociado. Pero esta nueva cartera, aun más ambiciosa que la que Fernando de la Rúa había dedicado a «su De Vido» (Nicolás Gallo), ofrece otro encanto: el de inaugurar una etapa de keynesianismo oficial con planes de obra pública, construcción de viviendas, tendido de rutas, todo insuflado de ese espíritu fundacional que los patagónicos trasladan, y es comprensible, a casi todo lo que hacen. En otras palabras, en manos de alguien tan identificado con su propia jefatura como De Vido puso Kirchner el proyecto (o la fantasía) de una reanimación económica por vía de la intervención «planificadora» (reapareció esta palabra en la nomenclatura oficial) del Estado. Empleo, reactivación, crecimiento, el acceso a estos objetivos también se los reservó para sí el presidente electo.

•A la derecha

Esta manera de clasificar las funciones dentro del Gabinete deja casi por inercia en el otro casillero (el de la austeridad y el ajuste) a Lavagna. El ministro deberá aceptar, si todavía no lo hizo, ser el rostro del aumento de tarifas, el pago de la deuda externa, la contención presupuestaria para los planes asistenciales, la compensación a los bancos por la pesificación asimétrica, la reestructuración del sistema financiero, entre otras tareas que sólo resultan simpáticas para esas «corporaciones» a las que el gobernador de Santa Cruz quiere ver lejos. En los bares soñadores de Palermo Viejo, allí donde Kirchner pretende ser un mandatario seductor, a Lavagna le habrían dejado «la derecha» del gobierno.

El cuidado por diferenciar así los roles, encomendando a un Ministerio de Economía reducido las labores menos rentables en el campo electoral, no responde solamente a una hipótesis mezquina de crecimiento político. Es también la consecuencia de una presunción que anida en Kirchner: desde el verano él cree que Lavagna sueña con ser presidente y que en ese empeño hasta conspiró contra las aspiraciones de quien ahora es su jefe, alentado por Carlos Ruckauf. Cuánto permanece, pasada la campaña y alcanzado el triunfo, de esos recelos, es un interrogante insondable. Pero sólo si se lo tiene en cuenta se termina de comprender por qué es como es el Gabinete que Kirchner le propuso ayer al país.

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